La historia secreta detrás del «sí» que Uruguay le dio al Sahara Occidental hace veinte años
Hace veinte años, un gobierno uruguayo tomó una decisión que pocos recuerdan, pero que ningún gobierno posterior se animó a revertir del todo: reconocer a la República Árabe Saharaui Democrática, un Estado que casi nadie reconoce.

Hay una curiosidad diplomática que muy pocos uruguayos conocen y que, sin embargo, lleva veinte años instalada en la política exterior del país: Uruguay reconoce oficialmente a un Estado que la mayoría de las potencias del mundo prefiere no reconocer. Se llama República Árabe Saharaui Democrática (RASD), reclama un pedazo de desierto en el noroeste de África y su sola existencia sigue generando roces diplomáticos con un país mucho más poderoso: Marruecos.
La historia empieza lejos, en 1975, cuando España se retiró de su antigua colonia del Sahara Occidental y el territorio quedó repartido, de hecho, entre Marruecos y Mauritania. El movimiento independentista saharaui, el Frente Polisario, no aceptó ese reparto y, apenas unos días después de la salida española, proclamó su propio Estado en pleno desierto, en un lugar llamado Bir Lehlu.
Desde entonces, la RASD existe en una zona excepcional del derecho internacional: tiene gobierno, tiene territorio (aunque en gran parte controlado por Marruecos), tiene embajadas en decenas de países, pero no está sentada en la mesa de la ONU como miembro pleno, y buena parte del mundo simplemente actúa como si no existiera.
Ahí es donde entra la diplomacia uruguaya
El 26 de diciembre de 2005, el primer gobierno de Tabaré Vázquez —el primero de izquierda en la historia del país— resolvió reconocer oficialmente a la RASD y establecer relaciones diplomáticas. La decisión venía siendo trabajada desde la Cancillería, entonces a cargo de Reinaldo Gargano, y había sido impulsada durante años por la Asociación Uruguaya de Amistad con el Pueblo Saharaui, una organización civil que durante mucho tiempo hizo de bisagra entre Montevideo y el Polisario.
¿Por qué lo hizo Uruguay? La explicación que dieron en su momento quienes empujaron la medida fue, esencialmente, ideológica: no había ni intereses comerciales ni acuerdos económicos de por medio, sino una lectura de la historia saharaui en clave de descolonización pendiente y derecho a la autodeterminación, los mismos principios que esa Cancillería venía invocando para otras causas de la época, como el restablecimiento de relaciones con Cuba.
Uruguay se sumaba, así, a un grupo de países de África y América Latina —entre ellos México, Venezuela, Nicaragua y Cuba— que ya reconocían a la RASD.
La respuesta de Rabat fue inmediata y dura
La cancillería de Marruecos calificó la decisión uruguaya como un acto hostil, y acusó a Montevideo de renegar de sus compromisos previos de trabajar por una salida negociada dentro de la ONU. Es el mismo libreto que Marruecos repite cada vez que un país reconoce a la RASD: llamados a consulta de embajadores, presión diplomática y, en los últimos años, ofertas concretas de cooperación comercial a cambio de que los países den marcha atrás.
Y ahí está lo más llamativo de esta historia: a diferencia de otros países latinoamericanos que fueron y vinieron con el tema —Perú lo reconoció, lo retiró, lo restableció y lo volvió a retirar; Panamá hizo lo mismo dos veces; El Salvador rompió relaciones bajo Nayib Bukele—, Uruguay sostuvo su posición durante veinte años, incluso cuando cambió el color político del gobierno.
En 2014, ya con Luis Almagro como canciller, Uruguay y la RASD firmaron un acuerdo marco de cooperación. Años más tarde, bajo la presidencia del centroderechista Luis Lacalle Pou, hubo un momento de tensión real: en diciembre de 2022 trascendió que el gobierno uruguayo evaluaba congelar el vínculo con el Polisario para profundizar la relación comercial con Marruecos. La medida nunca se concretó del todo, y la relación sobrevivió.
La escena que mejor resume esta continuidad ocurrió el 1° de marzo de 2025, en la asunción presidencial de Yamandú Orsi. Entre los representantes internacionales que llegaron a Montevideo, uno llamó especialmente la atención por su vestimenta tradicional: era un enviado de la RASD, y su presencia fue leída como una reafirmación silenciosa —pero visible— de que Uruguay seguía sosteniendo aquel compromiso de 2005.
En diciembre de 2025, cuando se cumplieron veinte años exactos de la decisión, la Asociación Uruguaya de Amistad con la República Saharaui lo recordó con una declaración pública, justo cuando el mundo se acercaba también al 50° aniversario de la proclamación de la RASD, en febrero de 2026.
Es, en definitiva, una de esas historias que conectan la vida cotidiana de un país pequeño con conflictos que parecen lejanísimos. Un compromiso que nació con un color político definido, atravesó gobiernos de todo signo, y que —para bien o para mal— convirtió a Uruguay en uno de los sostenes más constantes de una causa que muy pocos en el mundo se animan a defender sin condiciones.
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