Racismo y xenofobia: 42% de uruguayos creen que la inmigración es perjudicial

El 60% de los uruguayos con primaria ve la inmigración como una amenaza, pero lo que salta realmente a la vista del estudio es un miedo a otra cosa: al inmigrante pobre.

No es la inmigración, es la pobreza: lo que realmente rechazan los uruguayos
No es la inmigración, es la pobreza: lo que realmente rechazan los uruguayos

Los uruguayos no logran ponerse de acuerdo sobre si la inmigración beneficia o perjudica al país. Según la encuesta de Equipos Consultores, correspondiente a la medición de noviembre de 2025, un 37% considera que la llegada de extranjeros favorece a Uruguay, mientras que un 42% cree lo contrario.

Un 16% se ubica en una posición intermedia y un 5% no tiene una opinión formada. El resultado arroja un saldo levemente negativo de cinco puntos porcentuales, lejos de un rechazo masivo, pero también lejos de un consenso favorable.

El relevamiento, realizado con metodología presencial entre el 18 de noviembre y el 2 de diciembre del año pasado, formó parte del proyecto GRIT de la Asociación Mundial de Investigadores de Opinión Pública (WAPOR), que reunió datos comparables en 74 países. Los resultados fueron ajustados por sexo, edad, zona, nivel educativo, ocupación, tipo de vivienda y voto anterior de los encuestados.

A menor educación, más xenofobia

La variable que más incide en la percepción no es la edad ni la región, aunque ambas pesan, sino la educación. Entre quienes solo cursaron primaria, apenas 2 de cada 10 creen que la inmigración beneficia al país, frente a 6 de cada 10 que la considera perjudicial: un saldo de 40 puntos negativos.

Esa brecha se achica en la educación secundaria, donde el balance queda en apenas 7 puntos negativos, y se revierte por completo entre quienes alcanzaron estudios terciarios, donde más de la mitad ve un beneficio y solo un 27% percibe un perjuicio.

La geografía también marca diferencias notorias. En Montevideo, las visiones favorables superan a las críticas por 11 puntos, mientras que en el interior del país el panorama se invierte con un saldo negativo de 18 puntos. La edad, por su parte, muestra que solo los jóvenes de entre 18 y 29 años tienen un balance positivo, mientras que a partir de los 50 años predominan las miradas críticas.

Cuando el problema no es el extranjero, sino la pobreza

Detrás de estos números hay una pregunta que la encuesta no formula directamente, pero que investigadores en sociología y ciencia política vienen señalando desde hace años: ¿a qué inmigrante rechaza realmente las sociedades modernas?

La evidencia comparada sobre actitudes migratorias, tanto en Uruguay como en el resto del mundo, muestra un patrón consistente: el rechazo no se distribuye igual entre todos los extranjeros.

Un profesional europeo o norteamericano que se instala en Montevideo rara vez despierta las mismas suspicacias que un migrante venezolano, cubano o haitiano de bajos recursos.

El fenómeno tiene nombre propio en la filosofía y la sociología contemporáneas: aporofobia, un concepto acuñado por la filósofa española Adela Cortina para nombrar el rechazo específico al pobre, distinto de la xenofobia como rechazo genérico al extranjero.

“La correlación que muestra la propia encuesta entre nivel educativo y rechazo a la inmigración es, en ese sentido, reveladora. No es solo que las personas con menos estudios compitan más directamente por empleos precarios con la población migrante reciente, mayoritariamente latinoamericana y con menor capital económico”, explicó a LARED21 Roberto Chacón, psicólogo y analista social.

“Es también que el imaginario social asocia la inmigración indeseada con determinado perfil: el que llega sin recursos, el que se percibe como culturalmente distante, el que en muchos casos no es blanco”, agregó.

Aporofobia y racismo enquistados en Uruguay

Investigaciones previas de la Universidad de la República ya habían detectado este patrón en 2017, cuando un estudio sobre actitudes hacia la inmigración encontró que la sociedad uruguaya estaba dividida casi en partes iguales entre quienes apoyaban y quienes rechazaban la llegada de inmigrantes latinoamericanos recientes.

La discusión pública, sin embargo, rara vez distingue entre el rechazo a la migración como fenómeno y el rechazo puntual a determinados orígenes o condiciones socioeconómicas, lo que dificulta diseñar políticas de integración que aborden la causa real del conflicto: no es la nacionalidad del que llega, sino su vulnerabilidad económica y, en muchos casos, su color de piel.

Distinguir entre xenofobia y aporofobia no es un ejercicio semántico. Tiene consecuencias directas sobre qué tipo de políticas públicas resultan eficaces: campañas de sensibilización cultural difícilmente modifiquen actitudes que en realidad están ancladas en la competencia por recursos escasos, vivienda accesible o empleo formal. El desafío, entonces, no es solo integrar al extranjero, sino desarmar la asociación automática entre pobreza, origen migrante y amenaza.

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