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Brasil jugó su peor Mundial en 36 años y expone una crisis futbolística que mezcla política y religión

La derrota ante Noruega, con un penal fallado y un Neymar fuera de forma, dejó a Brasil eliminado en la fase más temprana desde 1990. Analistas y exjugadores apuntan a la exportación precoz de talentos, el debilitamiento de la samba y el auge de las iglesias evangélicas como causas estructurales del declive.

Foto: Selección Brasileña de Fütbol
Foto: Selección Brasileña de Fütbol

Brasil quedó eliminado del Mundial 2026 en su fase más temprana en 36 años, tras caer 2 a 0 ante Noruega en un partido marcado por un penal errado y una decisión táctica que terminó de sepultar las esperanzas de la Canarinha. La última vez que la selección había salido tan temprano de una Copa del Mundo fue en 1990, cuando un integrante del cuerpo técnico argentino le suministró al defensor Branco agua con sedantes antes de un partido clave, según se supo posteriormente.

El resultado de 2026 reavivó un debate que atraviesa al fútbol brasileño desde hace más de una década: la pérdida progresiva de los llamados «craques», esos jugadores capaces de aportar magia e imprevisibilidad al juego.

El partido ante Noruega se definió en detalles concretos. Brasil obtuvo un penal en el primer tiempo, pero el entrenador italiano Carlo Ancelotti eligió a Bruno Guimarães por sobre Vinícius Júnior para ejecutarlo. El disparo, débil y visiblemente afectado por los nervios, fue contenido sin mayores dificultades por el arquero noruego Ørjan Nyland. Trascendió después que la decisión se basó en un cálculo estadístico sobre apenas tres remates históricos de Guimarães con la selección.

El segundo error, según reconstruyeron cronistas deportivos brasileños, fue el ingreso de Neymar con el marcador en cero, en un momento en que el delantero no atravesaba un buen presente futbolístico desde hacía cuatro años. Su entrada desplazó hacia los costados a Endrick y Vinícius Júnior, las dos principales referencias ofensivas del equipo. Noruega aprovechó el reacomodamiento y estiró la ventaja a 2 a 0 poco después.

La eliminación no fue un hecho aislado. El historiador peruano del fútbol Jaime Pulgar Vidal escribió, al día siguiente de la caída, que «Brasil ha pasado años intentando superar un supuesto complejo de inferioridad con Europa intentando europeizar su fútbol» y que ese proceso llevó al equipo a perder «su identidad, su esencia» al copiar una lógica táctica europea que no puede replicar con la misma eficacia que sus creadores.

Ese diagnóstico no es nuevo. Ya en 2011, tras la eliminación de Brasil en el Mundial de Sudáfrica, el excampeón mundial de 1970 y fisiólogo deportivo Tostão sostenía que Brasil «ya no produce craques». Definía a estas figuras como jugadores que combinan excelencia técnica con un componente creativo que desafía la lógica del juego, en la línea de Manuel «Garrincha» Francisco dos Santos, a quien los médicos le habían diagnosticado que no podría jugar por una pierna parcialmente incapacitada y que, sin embargo, realizó cuatro de los cinco mejores promedios de regates por partido en la historia de los Mundiales, incluido su debut ante la Unión Soviética en 1958. Según Tostão, incluso jugadores dominantes en su posición, como Cafu, no alcanzaban la categoría de craque por carecer de ciertos recursos técnicos determinantes, como el pase largo con efecto.

Ronaldinho Gaucho lideró sesiones de jam de samba entre partidos durante el Mundial de 2002. Hoy, los jugadores escucha música evangélica
Ronaldinho Gaucho lideró sesiones de jam de samba entre partidos durante el Mundial de 2002. Hoy, los jugadores escucha música evangélica

Una de las causas más citadas por especialistas es la exportación cada vez más temprana de jugadores. Durante los años 90, la primera división neerlandesa funcionó como puente formativo: Romário y Ronaldo Nazário pasaron por el PSV Eindhoven antes de firmar contratos superiores en la Liga española.

Con el correr de los años, sin embargo, los clubes europeos comenzaron a importar futbolistas cada vez más jóvenes y directamente desde Brasil. Philippe Coutinho fue transferido al Inter de Milán a los 16 años tras apenas algunos partidos con el Vasco da Gama, mientras que Alexandre Pato dejó el Internacional de Porto Alegre a la misma edad después de un solo encuentro profesional.

No todos esos traspasos terminaron bien. Robinho, considerado en su momento el extremo derecho más talentoso de Brasil y comparado por periodistas locales con Garrincha, firmó contrato con el Real Madrid, pero encontró en el plantel a un jugador superior en su posición: Cristiano Ronaldo.

Reconvertido a delantero centro, Robinho nunca terminó de explotar su potencial por carecer de definición de gol. Casos como el suyo llevaron al gobierno federal a aprobar una ley que prohíbe a los futbolistas menores de 18 años firmar contratos profesionales en Europa, motivo por el cual Vinícius Júnior, pese a haber firmado con el Barcelona a los 16 años, recién pudo mudarse al cumplir la mayoría de edad.

El propio presidente Luiz Inácio Lula da Silva, jugador amateur en su juventud y amigo cercano del histórico capitán Sócrates, cuestionó en 2023 la contratación de Ancelotti como primer entrenador extranjero en la historia de la selección brasileña. «Si es un entrenador tan grande, ¿por qué nunca ha podido arreglar a Italia? Es fácil entrenar a un equipo cuando tienes 11 titulares que juegan todos en sus selecciones nacionales», planteó Lula, remarcando que dirigir una selección exige un liderazgo distinto al de un club, con mucho menos tiempo de entrenamiento disponible.

Esa carencia de liderazgo cultural contrasta con antecedentes como el de Carlos Alberto Parreira en 1994, quien incorporó al histórico Mário Zagallo como coordinador técnico, o el de Luiz Felipe Scolari en 2002, recordado por adoptar un rol paternal con sus jugadores.

A la dimensión táctica se suma una lectura cultural. El auge de iglesias evangélicas de la prosperidad entre futbolistas brasileños, un fenómeno que comenzó con Kaká y Robinho y se profundizó con Neymar, es señalado por cronistas locales como un factor que erosionó valores colectivos ligados históricamente al fútbol brasileño.

Un exlíder del Comando Vermelho llegó a explicar, en una entrevista periodística previa, que para el evangelismo de la prosperidad «el funk es aceptable porque representa al diablo, algo de lo que puedes arrepentirte», mientras que tradiciones afrobrasileñas como la samba, el jongo y la capoeira eran vistas como sistemas de creencias rivales a erradicar.

En paralelo, el debilitamiento de la samba como banda sonora del fútbol brasileño es interpretado por algunos observadores como un símbolo del divorcio entre el «pie de samba», asociado al regate creativo de jugadores como Garrincha o Ronaldinho Gaúcho —quien lideraba sesiones de samba entre partidos durante el Mundial 2002—, y el estilo más atlético y estandarizado de las nuevas generaciones, criadas entre el pagode romántico paulista, el funk y el sertanejo.

Brasil no careció de entrenadores talentosos, según remarcan los análisis surgidos tras la eliminación de 2026. El problema, sostienen, es estructural y anterior a cualquier nombre en el banco: la desconexión entre los mejores talentos del país y su propia base futbolística, producto de un modelo que prioriza la venta temprana de jóvenes promesas por sobre la formación de identidad futbolística a largo plazo.

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