noam y pepe

Chomsky y Mujica, dos pensadores de distintos mundos que convergieron en Uruguay

José Mujica no entendía nada de inglés y Noam Chomsky tampoco habla español. Con traductores de por medio, estos dos históricos pensadores contemporáneos se encontraron en 2017 en Uruguay para su sentido encuentro en el que dejaron grandes ideas para la posteridad.

Hasta siempre, Pepe. Tu semilla ya es bosque.
Hasta siempre, Pepe. Tu semilla ya es bosque.

El 13 de mayo de 2025, el mundo perdió a uno de sus faros más luminosos. José “Pepe” Mujica, el expresidente uruguayo que desafió las lógicas del poder con su humildad revolucionaria, partió físicamente, pero su legado —como semilla plantada en tierra fértil— sigue germinando en millones de corazones.

Hoy, mientras el cielo del sur parece más estrellado, recordamos no solo al hombre que donó su sueldo, vivió en una granja sobria y legalizó el amor en todas sus formas, sino al filósofo de la tierra, al guerrillero que cambió las armas por palabras y al campesino que nos enseñó que la riqueza está en la libertad de vivir sin cadenas materiales.

Entre los tesoros que dejó, hay uno que brilla con luz propia: su encuentro con Noam Chomsky en Montevideo, en 2017. Aquel diálogo, filmado en la intimidad de su hogar rural, fue un abrazo entre dos mundos: el pensamiento crítico de Chomsky, tallado en las aulas del MIT, y la sabiduría terrenal de Mujica, forjada en la clandestinidad, la cárcel y la lucha política.

Dos lenguas distintas —inglés y español—, dos historias divergentes, pero un mismo mensaje: la humanidad está en crisis, y solo la solidaridad podrá salvarla.

El encuentro: Cuando las ideas se hicieron fuego

Era un atardecer otoñal en la chacra de Rincón del Cerro. Las paredes de ladrillo, testigos mudos de tantas batallas, vieron llegar a Chomsky, entonces con 88 años, acompañado de su esposa Valeria. Mujica, con su boina y sonrisa serena, lo recibió como a un viejo compañero.

No hubo protocolos ni discursos preparados: solo dos hombres, un traductor y un activista y documentalista mexicano —Saúl Alvídrez— capturando la chispa de un diálogo que trascendería fronteras.

«Usted es un sobreviviente», le dijo Chomsky, reconociendo en Mujica a un resiliente: el ex-guerrillero tupamaro que sobrevivió a seis balazos, a años de aislamiento carcelario y a la tortura, y que emergió sin rencor. «Sobreviví para entender que la vida no es acumular, sino compartir», respondió Pepe, mientras servía mate con sus manos callosas. Esa frase, simple y profunda, resumía su filosofía: un llamado a despertar del sueño del consumismo y abrazar la «revolución de las pequeñas cosas».

Durante horas, hablaron de los peligros del capitalismo desbocado, de la urgencia ecológica y de cómo los medios de comunicación nos hipnotizan con espejismos de felicidad.

«Nos han hecho creer que ser libres es comprar», reflexionó Mujica, mientras señalaba el huerto que cultivaba con Lucía Topolansky, su compañera de vida y de lucha.

Chomsky, con su mirada lúcida, añadió: «El poder no quiere ciudadanos pensantes, sino consumidores obedientes». Era un duelo de verdades, pero también un acto de complicidad: dos sabios advirtiendo que el reloj de la humanidad se agota.

La tierra como testigo: Humildad frente a la fama

Lo más conmovedor de aquel encuentro no fueron los conceptos académicos, sino la humanidad que desbordaba. Mujica, vestido con su jersey gastado, hablaba de la muerte con la naturalidad de quien ha cavado zanjas y plantado semillas: «Al final, solo somos polvo… pero polvo que puede sembrar algo bueno».

Chomsky, acostumbrado a los auditorios universitarios, se conmovió ante la sencillez del uruguayo: «Usted encarna lo que muchos teorizamos: la coherencia entre el decir y el hacer».

En un momento íntimo, mientras paseaban entre árboles frutales, Mujica confesó: «A veces pienso que fracasamos… que el mundo sigue dominado por los mismos de siempre».

Chomsky, con una sonrisa melancólica, le respondió: «Los imperios caen, Pepe. Las ideas honestas… esas sobreviven». Esa tarde, bajo un cielo teñido de naranja, no hubo presidente ni profesor: solo dos ancianos sabiendo que, pese a todo, valió la pena luchar.

El legado: Semillas en el desierto

Mujica partió, pero su voz sigue resonando en cada joven que elige la bicicleta sobre el auto lujoso, en cada comunidad que planta huertos urbanos, en cada país que debate la legalización del cannabis o el matrimonio igualitario. Su muerte nos duele, pero su vida nos enseña que la esperanza no es un discurso, sino una acción cotidiana.

El documental Chomsky & Mujica (2020) y el libro Surviving the 21st Century (2025) son ventanas a ese legado. En ellos, Pepe no es un santo ni un político: es un hombre que eligió vivir con lo esencial para ser libre, y que nos retó a preguntarnos: ¿Realmente necesitamos tanto para ser felices?

Hoy, al recordar su adiós, volvemos a sus palabras en aquel encuentro: «No me llamen pobre… pobre es quien necesita demasiado para vivir». En un mundo obsesionado con el crecimiento infinito, Mujica fue un poeta de la austeridad, un profeta que caminó contra la corriente y nos mostró que otra forma de existir es posible.

Desde Uruguay hasta las trincheras anónimas de la resistencia global, su espíritu persiste. Como él mismo dijo: «La muerte no es más que un cambio de trinchera». Y en esa nueva trinchera, Pepe sigue plantando ideas, regando sueños y recordándonos que el verdadero desarrollo no está en el PIB, sino en la capacidad de amar sin miedo y de vivir sin sojuzgar.

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