Marca indeleble. El músico asegura que el trabajo tiene la impronta de Los Jaivas

El Pájaro Canzani editó en París "Transamérica", su nuevo disco

En 1973 el Pájaro tomó el vuelo que había dejado El Kinto y, de repente, pasó a integrar lo que la historia reconoce como la Generación del 73.

Estaban Jaime Roos, Jorge Galemire, Jorge Trasante, Carlos Da Silveira, Jorge Lazzaroff… Un seleccionado juvenil con destino de mayor. Con ellos armó Aguaragua y editó dos discos: el homónimo y «Algún día». «Son la fotografía de una época de ruptura», dice hoy, instalado en París, donde acaba de editar «Transamericana».

Entre «Aguaragua» y «Transamericana» corre un caudaloso río de haceres. Tras ganar, a los 17, el premio Candombe Beat en Salto, cruzó el charco y se integró como bajista a Los Jaivas. Era 1975 y había que escapar de las dictaduras. El, de la uruguaya, y ellos, de Pinochet. «Vivíamos una situación de emergencia excepcional, donde no había tiempo para mediocridad ni mediastintas. Buenos Aires era una caldera cultural impresionante, el último refugio libertario del continente», dice. Con ellos registró «Canción del sur», vivió en comunidad, viajó a París cuando las cosas se pusieron turbias y en 1979 le dejó el lugar a Mario Mutis.

«Nos vinimos a París con la tribu jaiva directamente a grabar en los estudios EMI. En la máquina de café nos cruzábamos con Jagger y Richards, luego con Ringo Starr… Parecía que «Submarino Amarillo» seguía en rodaje», se ríe.

El último gran capítulo, junto a los chilenos, sería mediando los 80 ­graba «Si tú no estás»­ y, luego, apariciones espontáneas. Llegan el dúo con el ugandés Geoffrey Oryema, que participa en el compilado «Voices of the real world»; los hits «Chibidón» y «Todos goleando», canción oficial de la Copa América 1995, y dos discos de acento latino: «Trip de Capricornio» y «La fuerza aérea». «La Transamericana es un lugar ideal, una ruta a través de las venas de América acarreando nuestra savia. Las fronteras dividen, todo lo demás nos une», afirma Canzani.

­¿Qué hay de la impronta Jaiva en el trabajo?

­Fui Jaiva. Algo de ello siempre queda y sigo siéndolo. Aunque en este momento no estemos tocando juntos, las puertas están siempre abiertas. Somos lo que nos alimenta, por lo tanto hay reflejos en el agua de todo lo que he manyado por la vida. Las cosas que nos unieron y compartimos están siempre vivas.

­Es elocuente la cantidad de ritmos y géneros que fusiona. ¿Por qué tanta inquietud?

­Es producto de mi formación musical. En mi casa se oía todo tipo de música, desde la rumba cubana a Hendrix, de Atahualpa a Joao Gilberto; por la ventana entraban los ritmos de murga y candombe, en el conservatorio estudiaba piano, Bach, Chopin, luego hice Bartok en guitarra. Viajar y encontrarse con músicos de distintos universos musicales abre la cabeza y el espíritu.

­¿Escuchó Viglietti su versión de «A desalambrar»? ¿Dijo algo?

­Con Daniel nos conocemos desde que lo vi cantar en el liceo de Fray Bentos. Verlo a él solo con su guitarra fue un hermoso shock en una época en que yo moría por Woodstock. Me hubiera pasado lo mismo si hubieran sido Dylan o Lennon. Es una de mis influencias, claro. Le dije que mi versión era la lectura que yo podía hacer de esa canción, que es un monumento. Lo máximo que me puede decir Viglietti, desde su sublime humildad, es una sonrisa.

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