Arte

Cuatro escultores, cuatro pintores

La instalación de Guinovart está referida a la peleada situación internacional del río Uruguay donde Todo tiene un límite y El Uruguay no es un río, frases que figuran al principio y al fin del catálogo, sin prólogo introductorio o explicativo ni curador a la vista. Esas dos frases tienen la suficiente ambigüedad semántica como para aludir, sesgadamente, al conflicto de las papeleras o pasteras, mejor. Cartografías ribereñas, barcas que atraviesan la sala, botellas de agua de diferentes orillas del río, ritmos y senderos que orientan la mirada y el desplazamiento hasta encontrar papeletas de votación que tiene el sí y el no estampados en la misma hoja. Con una economía de medios utilizados, el escultor Guinovart vuelve a la consideración pública con una impecable, ascética, profunda visión de una golpeante realidad diaria llevada al extremo de histerismo político, evitando toda actitud panfletaria o retórica discursiva y sin alimentar situaciones controversiales, quedando como testigo implacable de un incidente histórico y dejar en libertad al receptor de formular sus propios juicios. Y el todo envuelto en una conseguida poética de inusual convicción estética.

Tres jóvenes escultores se hospedan en la Sala Carlos F. Sáez. Juan Carlos García (San Carlos, 1976) deja atrás las incertidumbres y los tanteos para ubicarse en una sólida posición: un tríptico monumental hecho de chatarra y tirantes de piso, corroídos, exaltados en su condición de deterioro, chapas clavadas, madera pulida, en composición frontal de bajo relieve en oposición e interacción permanente, entre lo liso y lo rugoso, lo cóncavo y lo convexo, lo brillante y lo opaco, ensamblados con energía vital. Andrés Barboza (San José, 1975), recorrió varios talleres y disciplinas ante de situarse como escultor. Estructuras de madera usada, recortada y ensamblada, más construidas o más libres, con ligeras pincelas de color que por momentos obstruyen la limpieza del soporte original, son indicativas de un talento que tantea un camino. Fabio Servetti se dio a conocer en 2002 en la desaparecida Galería Frida con una cantidad de objetos artesanales no siempre conseguidos o que no trascendieron la mera habilidad manual. Cuatro años después, encuentra un sendero fértil en el calado, y por momentos afiligranado, de chapas de metal a las que otorga una síntesis formal y temática con buenos recursos operativos, unas veces incorporando la madera e integrándola a la composición. Tres escultores que, junto al catálogo y los textos de María Yuguero, parecen indicar una nueva orientación.

Los pintores no tienen las mismas virtudes. Martín Silva (Durazno, 1960), ocupa los pasillos del Discount Bank y hace una curiosa suerte de retrospectiva. En sus trabajos del ochenta demuestra una imaginería (Serpiente marina, Gato y perra) crispada y de atractivos efectos narrativos para en la década siguiente transitar por el simbolismo y recalar finalmente en el nuevo milenio en una geometrización figurativa elemental. El atractivo epidérmico de Gastón Izaguirre (Mercedes, 1974) se basa en la confección de seres y rostros monstruosos, gritantes y exaltados, a mitad de camino entre el dibujo infantil y los oficiantes del Art Brut. Cuando afloja la temperatura cromática y se atiene a la sobriedad del blanco y negro o la paleta baja es más eficaz, aunque todavía le falta un buen trecho para recorrer.

Jugando con fuego es el título de Cecilia Mattos a su exposición en el Museo Zorrilla. Y el título se refiere al empleo de cajas de fósforos como soporte de la pintura. Las menos, tres o cuatro, son auténticas y es donde consigue una interesante formulación plástica. Las demás, tienen el formato parecido pero de tamaño enorme. Y es donde la autora, que el año pasado hizo acuarelas de incursión poética y transparente, solidifica las formas con relieves y una pintura espesa, sobrecargada, barroca hasta el empalago, a la manera de sus retablos figarianos que no fueron, por cierto, nada felices. Una obra, un avioncito bombardeando con fósforos, es lo único rescatable de una muestra que se quiso ambiciosa como el desmesurado catálogo y apenas logra, a pesar del cuidado montaje, un rápido olvido. *

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