LIBROS

Bar del infierno

Sin embargo, la ficción no siempre está subordinada al mero pasatiempo, ya que suele capturar y condensar fragmentos de la realidad, en un ejercicio que es necesariamente reflexivo.

En «Bar del infierno», el escritor y exitoso conductor radial argentino Alejandro Dolina -conocido por su programa «La venganza será terrible»- construye un lúcido pero desenfadado catálogo de narraciones de sesgo tan despiadado como irónico, que incursionan en la historia, la fábula y el mito.

Fiel a un estilo que sin dudas le identifica, el autor nos convoca a ingresar en un bar muy peculiar, que tiene la particularidad -en términos naturalmente metafóricos-de ser, simultáneamente, el principio y el fin de todas las cosas.

Obviamente, este ámbito tan particular que excede a lo meramente físico, tiene un sentido claramente simbólico, porque sintetiza el espíritu de la comedia humana, con sus más agudos contrastes.

El «Bar del infierno» nacido de la pluma del escritor, que fue un exitoso ciclo televisivo hace apenas dos años, es la vida misma, esa calesita de angustias y desencantos. Allí, en ese ámbito tan particular del cual no es posible huir sencillamente porque fuera de él nada existe, un narrador -que es obviamente el propio Dolina- inicia su prolongada cabalgata por los siempre tortuosos territorios de la imaginación.

Abundan, como es habitual, los relatos ambientados en lejanos países del Lejano Oriente como China o India, que recogen añosas tradiciones y creencias ancestrales, las que son adaptadas por el autor en clave casi teatral.

En ese contexto, hay historias de encuentros y desencuentros, de partidas definitivas o transitorias y regresos inesperados. Son cuentos chinos que recrean episodios de tiempos indefinidos.

Alejandro Dolina desarrolla una fábula en cinco actos que transcurre presuntamente en Nepal, en un paraje cuyos habitantes discurren entre el odio, el espiritualismo, el consumismo y la competencia de intereses. El relator atribuye muchas de estas compulsiones a un contagio procedente de Occidente.

Paseándose imaginariamente por el mapa, Dolina regresa con frecuencia a su Argentina, particularmente al barrio Flores, donde, durante el carnaval, las máscaras alegóricas se mezclan con las máscaras de la vida, la muerte y el destino.

Paseando su pluma entre la Europa de otros tiempos y la América aún subordinada a otras culturas, el narrador reflexiona sobre ateos y creyentes, ignorantes, mitómanos y supersticiosos.

Alejandro Dolina no soslaya ingresar en el controvertido territorio de los placeres carnales, que desarrolla en seis actos que cuentan otras tantas historias de orgías, desprejuicios y rituales libertinos.

Sin embargo, para que el lector no baje la guardia, irrumpe con historias de mitos y muertos ambientadas en la oscurantista Edad Media y hasta con una ácida crítica a los mentirosos y los «payadores» del presente.

También identifica a estos falsarios en el pasado y hasta en las más brillantes culturas de la antigüedad, en la figura de augures que consultaban cotidianamente a sus oráculos. Eran visionarios personajes con eventuales poderes anticipatorios o meros charlatanes y mentirosos, muy similares a los mercaderes de paraísos artificiales que padecemos en tiempos contemporáneos.

Mientras despliega toda su frondosa imaginación y no cede en su tentación de mofarse de todo y de todos, Dolina se torna más complejo e intrincado, cuando alude metafóricamente a los trenes, que simbolizan el ideal o la oportunidad que escapa y no regresa.

Hay incluso relatos futuristas de sesgo surrealista, como el de los ferrocarriles subterráneos, que quizás sugieren, subliminalmente, las grandes crisis, las tragedias colectivas, la devastación y la búsqueda de apócrifos refugios en mundos paralelos.

El autor siempre alterna sus imaginativos relatos reflexivos con apelaciones a lo mitológico, aunque, en sus libres adaptaciones, nunca olvida las indispensables moralejas.

Uno de los cuentos sin dudas más oscuro pero no menos cotidiano, es la tormentosa existencia de un mirón, que observa a una vecina bañándose, a través de la grieta de una pared lindera.

Es la crónica de una pasión reprimida y compulsiva que dura toda la vida, un patético arquetipo de la frustración individual en un mundo de persistentes represiones morales.

Alejandro Dolina se pasea despreocupadamente por otros territorios ficticios pero no menos íntimos, como el mundo de las apariencias y el amor espontáneo, que no requiere de fórmulas mágicas.

Abundan obviamente las fábulas sobre el poder, representado por genios mitológicos y príncipes, cuyas desmesurada soberbia pretende comprar incluso lo incomprable.

Un buen ejemplo de las líneas reflexivas que desarrolla el autor, es la fábula de Erisictón, un personaje mítico que desafió incluso a los dioses y que fue condenado a padecer un apetito insaciable hasta morir.

Dolina no teme ingresar osadamente en los territorios bíblicos, para evocar el mito de la Torre de Babel, la soberbia de Nimrod y el presunto nacimiento de las lenguas por la ira divina.

Corroborando que los textos sagrados son una fuente inagotable de materia literaria, el autor devuelve el protagonismo nada menos que a Adán y Eva, un mito que ya no resiste el menor análisis, a excepción del propósito claramente aleccionante y moralizante que se alimenta de la ignorancia de muchos en beneficio de unos pocos.

Actualmente, todo se limita a una mera reflexión acerca de la rebeldía, la desobediencia y el pecado original que sería el responsable de todos los males de la humanidad.

También en este relato hay una apelación a las creencias y a la presunta utopía del hombre que compite con el creador, con un desenlace que tiene mucho de catecismo moralizante.

La torre nunca alcanza el cielo, lo que sugiere que el ser humano, por sus supuestos pecados o transgresiones, está cada vez más lejos del perdón.

Revelando permanentemente su fascinación por las creencias populares que suelen retratar a las culturas, Alejandro Dolina no resiste la tentación de narrar cuentos de médiums, espíritus y espiritistas, «muertos vivos» y vivezas criollas muy características de estos lares. Hay irónicas críticas a los ignorantes, a los embusteros de siempre y a los vendedores de quimeras.

A medida que va transitando los distintos espacios imaginarios de este bar que representa todos y cada uno de los rostros de la vida y la historia, el narrador reflexiona sobre el infierno tan temido, que está aquí y ahora.

En esta obra plenamente disfrutable, el escritor y conductor argentino no soslaya ningún rasgo ni situación inherente a la condición humana, como la relación entre los vegetales y los humores, la frivolidad, los suicidios y hasta la nefasta influencia de la sífilis en las poderosas cortes europeas en tiempos de la conquista de América.

Revelando sus indudables cualidades de empedernido contador de cuentos, Alejandro Dolina alude al poder de los milagros en las siempre enigmáticas culturas orientales y a la actitud de creer, observando siempre un cuidado respeto todas las convicciones que, aunque puedan no ser compartidas, revelan siempre intransferibles signos de identidad.

Otro fenómeno que cae bajo la lupa del autor conductor es la eventual interpretación simbólica de las sombras, que, en este caso, no guarda ninguna relación con la alegoría de la caverna del filósofo griego Platón. En cambio, la lucubración del escritor refiere a la eventual duplicación del ser, con sus venturas y desventuras.

El autor narra varios episodios de supuestos fenómenos de levitación (flotación de cuerpos originado por la influencia de poderes paranorm
ales o presuntos actos de magia), algunos de ellos explicados por groseros fraudes y otros aún rodeados por una enigmática aureola de inextricable misterio.

En medio de una alocada parafernalia de situaciones, el creador argentino incursiona en territorios no menos extraños a la interpretación humana, como el lenguaje de los ruidos, las máscaras que ocultan las identidades o los mellizos que sienten y a menudo experimentan mutuas experiencias.

Este prolongado periplo por el «Bar del infierno» es un viaje literario rumbo a los territorios de la imaginación, lo racional, lo irracional y hasta lo surrealista.

Alejandro Dolina revela toda su profusa creatividad, que mixtura con la historia, el mito y las leyendas, en un ejercicio intelectual que siempre rescata culturas e identidades.

El libro está narrado con la fina ironía que caracteriza a su autor, quien interpreta cabalmente que el humor está presente aún en las situaciones más dramáticas y en las experiencias más traumáticas.

(Editorial Planeta)

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