SADE, EL DIVINO MARQUES..., EN TEATRO AGADU

Sade sin Sade

Los látigos, los cortaplumas y los bombones tóxicos del marqués han sido largamente superados por el submarino y la picana eléctrica; instrumentos que, como Sade, han sido objeto de una apasionada defensa. Claro está que, a diferencia del marqués, que pasó treinta años de su vida en la cárcel por consecuencia con sus vicios o sus principios, sus practicantes no llegaron siquiera al umbral de la Justicia.

Caro Berta recurre a los mismos argumentos de Lély para minimizar las fechorías que llevaron reiteradamente a Sade, pese a la protección de la monarquía, a la cárcel. Como el marqués en las actas judiciales, Lély, Heine y Caro Berta sostienen que las víctimas eran prostitutas contratadas para placeres que sabían dolorosos. Habían aceptado los castigos y cobrado el precio: los bombones tóxicos tenían apenas unas pequeñas dosis de cantáridas, pero accidentalmente una de las muchachas comió algunos de más. Los testigos eran las prostitutas por un lado y algunas vecinas pudibundas por el otro; y si en las obras de Sade aparece la justificación del crimen y el elogio de la crueldad, ello es pura ficción, como que aparece en novelas escritas para ganarse la vida.

Nos permitimos disentir. El marqués confesó haber flagelado a sus víctimas varias veces y no negó los graves desarreglos gástricos que sucedieron en lo que Lély llama modestamente el episodio de los «bombones con cantáridas», cuya finalidad no fue, como veremos más adelante, el de la excitación erótica sino el de provocar los desarreglos digestivos que sucedieron de inmediato. Estos hechos, perfectamente documentados, podrían pasarse por alto si su masiva producción literaria, unos dieciséis volúmenes, no estuviera allí para señalar, con una llaneza que no deja lugar a dudas, sus ideas y predilecciones.

Quienes hayan leído su obra más conocida, «La filosofía en el tocador» no dudarán de su sinceridad. Si el lector logra superar la mezcla de repugnancia y tedio que producen los cuatro primeros diálogos, si logra pasar por alto los alardes de Dolmancé de haber desvirgado a niños de ocho años y las extravagantes combinaciones de unos ejercicios de sexo grupal que rayan en la imposibilidad física, encontrará unas sesenta y seis páginas donde; bajo el título «Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos», Dolmancé diserta, inteligente y erudito, sobre sociología, política historia y religión, con tanta elocuencia y hasta fervor lírico que es imposible no atribuir sus ideas al mismo Sade; y más de una página de este fragmento podría incluirse sin desmedro en los no menos sinceros «Ensayos» de Michel de Montaigne. En ese largo fragmento se encuentran ideas tan atinadas como bien desarrolladas, junto a otras que parecen el producto de un delirio lúcido. En ocasiones llega a inquietar (cosa bastante frecuente en la lectura de este autor), porque Sade, cuyo poder de seducción es indudable, puede ser a la vez delirante y convincente. El momento supremo de «Franceses, un esfuerzo más…» es la tesis, expuesta con asombrosa coherencia y seriedad, de que todo hombre tiene derecho a poseer a cualquier mujer que se le ocurra, sin que importe su consentimiento; pieza tan radical y solemne que Edmund Wilson la bautizó como la Declaración de Derechos del Erotismo.

Caro Berta, que presenta a Sade como un común y corriente adicto al sexo anal molestado por unas prostitutas, no sólo pasa por alto al sadismo, sino que omite cuidadosamente la afición más insistente, y por descontado más molesta, que aparece en los escritos del marqués: la coprofagia, a la que se añaden, por supuesto, las hermanas menores de la coprolalia y la coprofilia. Creemos que alcanza con la lectura de alguno de los «120 días de Sodoma» para verificarlo; y esta afición explica la utilización de los «bombones con cantáridas». El fin de Sade no era excitar a las jovencitas (uno de los principios del erotismo del marqués es que los sujetos pasivos no deben gozar), sino deleitarse con una rápida y abundante dosis de materia fecal. Por supuesto, esta minoritaria afición es la principal razón por la que, pese a que Sade derrota ampliamente como pornógrafo a cualquier otro escritor, ya sea del siglo XVIII o del siglo XX, su lectura ocupa la vida de muy pocas personas, en general eruditos o profesores de literatura. Pero no sólo desde este punto de vista la versión de Caro Berta es parcial e incompleta. Sade fue, por decisión propia, un escritor, no alguien que se ganaba la vida escribiendo. La destreza con el idioma y los dieciséis volúmenes editados por Lély lo demuestran; la incumplida orden del marqués, al que no se le puede negar un sentido feroz de autocrítica, de que se destruyera toda su obra, fue la lúcida confesión de un fracaso como artista; en particular su fracaso en la comparación con su contemporáneo, el virtuoso coronel de artillería Choderlos de Laclos, tan impío y tan anticatólico como él, pero mucho más diestro y logrado como escritor. La ausencia del Sade escritor en esta pieza nos pone nuevamente ante un fenómeno curiosísimo de nuestro teatro: se pone en escena la vida de un escritor, se escrutan sus amores, sus desventuras económicas, sus enfermedades y sus mudanzas; se prescinde de sus obras. No concebiríamos ver en las tablas o en el cine la vida de Maradona o de Pelé sin el fútbol; pero últimamente hemos visto en nuestros escenarios a George Sand sin sus novelas (pero con Chopin y su música) y a Emily Dickinson, sin su poesía. La vida de los escritores es su obra: pero no sólo no hay nada del Sade escritor en esta pieza, sino que Caro Berta no se atreve a juzgarlo, no ya desde el punto de vista de su conducta, sino tampoco desde el punto de vista literario. Es exactamente eso, sin embargo, lo que debe hacer el teatro. Sófocles enjuicia a Edipo, a Antígona y a Creón; Shakespeare deja buen espacio (que más tarde ocupará Cavafis) para enjuiciar a Hamlet. Casi no es concebible el examen del pasado, como en este caos, sin que aparezca el necesario espíritu crítico y más aún la puesta al día de una obra o de una vida. De este juicio crítico tampoco debieron salvarse ni George Sand, un caso patético del «escritor profesional», o sea de alguien que «vive de la literatura», ni Emily Dickinson, la arrogante «emperatriz del Calvario».

«Sade, el divino marqués…» no tiene plan, y el final, tan desafiante como estéril, donde Sade parece emular a Ricardo III, lo demuestra retrospectivamente.

«Sade el divino marqués…» tiene el mérito, ya muy raro en el teatro uruguayo de hoy, donde la vulgaridad de las ideas, la deliberada grosería del lenguaje y los atentados contra la sintaxis gozan de especial favor, de estar correctamente escrita. Walter Rey interpreta con dedicación ejemplar a su personaje, y es convincente. Pero no es Sade, sino alguien que ha tomado su nombre. *

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