Matilde, la mujer de Batlle
Hace más de medio siglo, en su emblemática novela «1984» que fue adaptada al cine, el escritor británico George Orwell construyó una sociedad devastada por el despotismo, en la que un Estado juez y gendarme imponía su omnímodo poder sobre la voluntad humana.
Los críticos y analistas de la época asociaron ese apocalíptico retrato de la realidad a los modelos totalitarios del nazismo, el fascismo y el estalinismo.
La desencantada visión orweliana, que tenía ciertamente poco de ficticia, concebía un gobierno autoritario que conculcaba los derechos y libertades más elementales del individuo y pretendía abolir la historia. Incluso, se imponía un nuevo diccionario oficial, del cual habían sido erradicados todos los vocablos considerados peligrosos y las referencias a pasados acontecimientos que resultaban inconvenientes.
El «gran hermano» de este libro, que ninguna relación tenía con el frívolo programa televisivo argentino que suele colarse en nuestros hogares, era realmente una suerte de holograma virtual, un dios de credo laico y obligatorio.
Quienes se oponían a las imposiciones de este personaje de dudosa existencia, padecían incalificables torturas hasta que abdicaban de sus convicciones y sucumbían sumisamente a la despiadada maquinaria de la opresión.
Contemporáneamente, el mayor riesgo sigue siendo el olvido y la amnesia que suelen padecer los pueblos luego de una turbulenta tempestad histórica.
Cuando el miedo se transforma en aliado del silencio, la erosión del tiempo fractura la memoria. En ese desnaturalizado paisaje prevalece la falacia, la mentira y el discurso unívoco que reescribe la historia hasta transformarla una suerte de inconmovible axioma.
Sin embargo, la experiencia corrobora que algunas heridas inferidas a la conciencia colectiva nunca abandonan el espacio que les asigna el imaginario, perdurando a través de las generaciones.
No es extraño que hoy, pese a los denodados esfuerzos de los profetas del desastre que proclaman la muerte de las utopías y nos bombardean cotidianamente con su artillería de frivolidad y conformismo, buena parte de nuestra juventud observe hoy la realidad con una visión crítica.
Evidentemente, la paciente operación de demolición practicada por la parafernalia mediática gobernada por los monopolios empresariales o los nuevos modelos educativos domesticadores, han fracasado rotundamente.
Los vanos intentos por desterrar definitivamente el disenso, el espíritu crítico, la creatividad, la rebeldía y la imaginación colisionaron contra un inconmovible código de valores intrínsecos a nuestra identidad.
Aunque el diálogo intergeneracional pueda asumir frecuentemente rasgos conflictivos, el espíritu humanista no sucumbió ante las fuerzas oscurantistas que pretendieron transformar a la sociedad uruguaya en una comunidad acrítica.
Esta tesis está sustentada por ejemplo en las recientes movilizaciones que jalonaron la evocación de los mártires estudiantiles, asesinados en 1968 en medio de una espiral de violencia que culminó en la dictadura.
Treinta y cinco años después de esos luctuosos acontecimientos, las nuevas generaciones tomaron las mismas banderas de dignidad que otrora enarbolaron otros uruguayos inflamados por la misma pasión.
Las impunidades y caducidades promovidas por el autoritarismo y sus secuaces devenidos en «demócratas» que siguen ofendiendo la conciencia nacional, no pudieron conculcar la memoria de un pueblo que reclama urgentemente su legítimo derecho a recuperar lo perdido.
Evidentemente, aunque laceró dramáticamente las células del tejido social, el bisturí de los vernáculos «cirujanos» de la historia no logró extirpar la esencia de nuestra idiosincrasia.
Actualmente, nuestro país ha sido despojado de buena parte de su identidad. La pobreza, la miseria y la exclusión social conforman un rostro grotesco que contrasta con un pasado de dignidad, hoy barrido por la crisis, la sumisión y la dependencia.
Sin embargo, ni los más jóvenes ignoran que Uruguay fue otrora un país próspero y paradigmático, cuya avanzada legislación laboral y conquistas sociales constituían un ejemplo incluso por las naciones más ricas y desarrolladas del mundo.
Todo ello comenzó a marchitarse hace cuatro decenios, cuando se inició el proceso de demolición del mito de la Suiza de América que restituyó a nuestro país al mapa real de América Latina.
En «Matilde, la mujer de Batlle», la escritora Mercedes Vigil reconstruye la biografía de una mujer sin dudas emblemática, cuya azarosa vida transcurrió al lado de unos de los arquitectos del Uruguay moderno.
Ratificando su predilección por la novela histórica ya insinuada en «El alquimista de la Rambla Wilson» y «Máximo Santos: el coronel sin espejos», la narradora se interna en el pasado de un personaje femenino singularmente fascinante.
Obviamente, la autora asume cabalmente que recrear la historia de Matilde Pacheco es evocar simultáneamente la figura de José Batlle y Ordóñez, ambos protagonistas de una época de fuertes tempestades políticas y radicales cambios sociales y económicos.
Recurriendo a una técnica habitual en el cine y también en la literatura, la investigadora inicia su relato por el final, cuando en 1926 transcurría el sepelio de Matilde. La minuciosa descripción exhibe a un Batlle ya anciana y agobiado por el dolor de la irreparable pérdida, que despide en el cementerio a la fiel compañera con la que compartió más de la mitad de su vida.
La pluma de Mercedes Vigil retrocede luego en el tiempo para reconstruir la infancia y adolescencia de esta mujer nacida en Argentina, que transcurrió en pleno siglo XIX.
La escritora incorpora inicialmente a su obra permanentes referencias históricas de cruciales acontecimientos, como la vergonzosa aventura militar de la Guerra de la Triple Alianza y la sangrienta Guerra Grande.
Mientras revela minucias de la peripecia personal de Matilde, la autora se interna en los turbulentos paisajes de una época de violencia política, previa al nacimiento del denominado Uruguay moderno. El nuestro era un país agitado por enconadas pasiones y conflictos de intereses.
En ese escenario sin dudas singular, en 1872 Matilde Pacheco contrajo matrimonio con Ruperto Michaelsson Batlle, primo del por entonces joven, romántico e impetuoso José Batlle y Ordóñez.
Reproduciendo incluso el árbol genealógico de dos familias que con el tiempo se fusionarían en una sola, la narradora evoca el final de la presidencia de Lorenzo Batlle, aportando elocuentes imágenes de sus ancestros españoles, el crecimiento de su prestigio junto a Fructuoso Rivera y su luego exitosa carrera política.
Este personaje resultó determinante en la futura unión entre Matilde Pacheco y José Batlle y Ordóñez.
Trabajando adecuadamente los tiempos narrativos, la escritora describe la personalidad del joven «Pepe» Batlle, un universitario estudioso y combativo, que pese a su pasión por la cosmografía y otras ciencias ya se insinuaba como un «animal» político.
Desde la prensa, su pluma ya comenzaba a «lastimar» al poder, al asumir una acérrima oposición al dictador Lorenzo Latorre y a los atropellos de su mano derecha Máximo Santos.
Mercedes Vigil construye su relato en varios escenarios espaciales, al recordar el viaje del joven Batlle a París y los padecimientos de Matilde, abandonada junto a sus hijos por su marido, un hombre inmaduro, derrochón y consuetudinario amante de la vida licenciosa. Allí comenzaban los padecimientos de esta dama de espíritu estoico e indomeñable, que jamás sucumbió ante la adversidad.
La autora encarna en
Matilde a la mujer de la época, desprotegida por la legislación imperante, privada de sus derechos ciudadanos elementales y víctima propiciatoria de un modelo patriarcal opresivo.
La obra describe el romance inicialmente clandestino entre José Batlle y Ordóñez y su futura compañera que, pese a la partida definitiva de su marido, no puede legalizar su nueva relación porque en esos tiempos no existía el divorcio.
Esa suerte de concubinato la expuso al escarnio público, el rechazo, el aislamiento y el desprecio de una sociedad pacata e intolerante.
La narradora alterna esta historia de amor con el trasfondo de un Uruguay en estado de sublevación contra el nuevo tirano Máximo Santos, el transitorio exilio en Buenos Aires, la prisión de Batlle y la sangrienta pero fracasada revolución del Quebracho.
Con lenguaje elocuente y minucioso, el relato transita por los nuevos tiempos de lucha ideológica, la primera fundación del diario «El Día», el atentado contra la vida del megalómano Santos que Vigil describe con singular rigor en «El coronel sin espejos» y la «caza de los doctores» ordenada por el tirano.
La autora describe todas las sensaciones que va experimentando Matilde, ante los acontecimientos que sacuden al país y amenazan la vida de su temerario amado.
Sin embargo, acentúa permanentemente el protagonismo de Batlle y Ordóñez, que en 1889 reabre el diario «El Día» como tribuna de lucha política y tras la partida de Máximo Santos adhiere con reservas a la candidatura presidencial de Julio Herrera y Obes.
Uno de los momentos más cruciales de la historia se registra en 1894, cuando, fallecido el esposo de Matilde, ésta contrae finalmente enlace con José Batlle y Ordóñez, tras diez años de criticada unión libre.
Mercedes Vigil evoca naturalmente la turbulenta presidencia del asesinado Juan Idiarte Borda, la aguda crisis económica que agobiaba al país y el nacimiento del siglo XX con dos gobiernos paralelos: el de Juan Lindolfo Cuestas en Montevideo y el del caudillo blanco Aparicio Saravia en la estancia «El Cordobés», en el departamento de Cerro Largo. El país estaba fracturado por la guerra de divisas.
Esta situación no pudo ser conjurada al comienzo de la primera presidencial de José Batlle y Ordóñez, que asumió en 1903. Los cruentos enfrentamientos culminaron con la traumática muerte de Aparicio, en Masoller.
Narrando varias historias paralelas, la novelista intercala los traumáticos momentos que padecía nuestro Uruguay con las angustias de Matilde, una mujer signada por la tragedia que experimentó el irreparable dolor de la pérdida de tres de sus diez hijos.
Sin abandonar el itinerario emocional y afectivo de sus personajes, Mercedes Vigil evoca la segunda presidencia de Batlle, el duelo fatal en el que perdió la vida el dirigente nacionalista Washington Beltrán, las reformas laborales y sociales del batllismo, la ley de ocho horas de trabajo, el descanso pago, el proyecto de colegiado y la legalización del divorcio, entre otros hitos característicos del nacimiento del Uruguay moderno.
Mientras nuestro país se enfrascaba en intensos debates procurando dotar a su democracia liberal de la indispensable justicia social, Europa se desangraba en el primer gran conflicto bélico del siglo XX y la revolución bolchevique inauguraba su experiencia socialista en la lejana Rusia.
«Matilde, la mujer de Batlle», es una novela biográfica, que recrea la historia de personajes sin dudas emblemáticos, ya definitivamente incorporados al imaginario colectivo uruguayo.
En su relato, la autora entreteje minuciosamente múltiples hilos narrativos, mediante los cuales reconstruye un conjunto de acontecimientos cruciales en el proceso de fundación del Uruguay de la modernidad.
Sin embargo, Vigil no se limita a la mera crónica histórica, sino que penetra en la epidermis y la intimidad de sus personajes, para explorar los escenarios cotidianos de sus amores, sus pasiones y naturalmente sus tragedias.
La escritora ensaya, asimismo, una aguda radiografía de una época de violencia, guerras fratricidas, confrontación, intolerancia y doble moral, en un país que recién comenzaba a desperezarse de su prolongado sueño conservador.
La autora recurre a una escritura que mixtura el lenguaje poético con el realismo a menudo descarnado, para describir con trazo elocuente la peripecia de sus personajes reales.
Como en obras anteriores de su ya importante producción literaria, Mercedes Vigil revela su oficio para explorar psicologías humanas, analizar conductas individuales y colectivas y reconstruir prolijamente escenarios históricos de nuestro pasado. *
(Editorial Planeta)
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