LIBROS

Memorias de Enrique Gorriarán Merlo

Los discursos contemporáneos  cada vez más falaces y vacíos de contenido  se han apropiado de la conciencia colectiva mediante la burda patraña, la mentira, el subterfugio y el engaño.

Evidentemente, los falsarios no parecen advertir que los pueblos tienen memoria y que la contumacia parece ser ya una práctica definitivamente sepultada en el pasado.

Actualmente, a poco más de un año de la convocatoria a las urnas para elegir a las nuevas autoridades de gobierno que regirán los destinos del país en el próximo quinquenio, se reproducen nuevamente las grotescas estrategias que siempre han tergiversado la verdad.

Asumiendo que el país está ingresando en un punto de inflexión que seguramente nos conducirá hacia un indispensable tiempo de cambio, recrudece la virulenta ofensiva de los defensores del statu quo.

Para capitalizar la voluntad colectiva a favor de sus intereses corporativos, los profetas del desastre vuelven a agitar los mismos fantasmas del pasado que tanto daño han inferido al cuerpo social.

La historia ha demostrado que los pronunciamientos que hemos escuchado en estos días y seguramente seguiremos escuchando hasta octubre del año próximo, se han transformando en meros clichés y consignas oportunistas.

Acorralada y desbordada por la crisis más severa de nuestra existencia como nación, la derecha vernácula se debate en un océano de contradicciones y desnuda que en su seno aún subyacen autoritarismos residuales. Incluso, algunos ejemplos del recrudecimiento de patologías que razonablemente creíamos finadas están claramente a la vista.

La semana pasada, las fuerzas conservadoras representadas en el parlamento, cerraron filas para sancionar una ley que penalizará a los denominados «escarches».

Si se confirma la aprobación de esa norma, los uruguayos asistirán a un auténtico abuso de poder, que limitará seriamente sus legítimas posibilidades de protestar pacíficamente, formular reclamos o censurar públicamente a delincuentes bien identificados que jamás han comparecido ante un estrado judicial.

La situación no deja de ser inquietante y debería convocarnos a una profunda reflexión en torno a sus reales alcances, en la medida que puede estarse vulnerando libertades públicas consagradas por la Constitución.

No es casualidad que la limitación para promover manifestaciones de repudio contra personajes habitualmente indeseables, coincida con la demostración de condena convocada hace unos días contra el ex dictador Juan María Bordaberry.

Este patético personaje está acusado de ser el coautor intelectual de múltiples crímenes   algunos de ellos cometidos antes del golpe de Estado  que naturalmente no están amparados por la inconstitucional Ley de Caducidad.

Incluso, existe el razonable riesgo de que una distorsionada interpretación de la futura legislación conspire contra la libertad de expresarse de los uruguayos, lo que equivaldría  en algún sentido  a regresar a las oscuras épocas en que se gobernaba bajo medidas prontas de seguridad y suspensión de garantías individuales.

Parece sugestiva la coincidencia entre los redivivos espasmos autoritarios de algunos que se autoproclaman como devotos «demócratas» y el advenimiento de los tiempos electorales.

Los uruguayos bien sabemos a qué conducen estos procesos de recorte de las libertades públicas iniciados en la década del sesenta con el gobierno de ex mandatario Jorge Pacheco Areco, que últimamente  aunque pueda parecer insólito  ha sido recordado con apologéticos discursos y elocuentes ditirambos.

En las últimas horas, trascendió también que las autoridades de gobierno estarían estudiando estrategias para prevenir eventuales ocupaciones de centros educativos por parte de estudiantes, práctica que ha sido habitual durante los meses de agosto. Nadie descarta  a la luz de los últimos acontecimientos  que se proponga alguna norma represiva para aventar los temores y aplacar las obsesiones del sistema.

Otra señal negativa que sigue recorriendo a nuestra sociedad es el intento de bajar de cartel al filme testimonial «Aparte», que denuncia  con discurso mesurado y carente de todo propósito panfletario  la angustia que padecen miles de compatriotas condenados a la pobreza, la humillante mendicidad y la marginalidad.

Todas estas son  sin dudas  graves amenazas contra la mentada estabilidad democrática que tanta sangre y sacrificio costó reconquistar durante la dictadura, al igual que los groseramente conculcados derechos de miles de compatriotas que carecen de trabajo, vivienda, atención sanitaria y educación.

Los uruguayos que realmente aman la libertad deberán permanecer atentos, a los efectos de abortar toda eventual aventura autoritaria que atente contra la voluntad de las mayorías.

En «Memorias de Enrique Gorriarán Merlo», el ex guerrillero argentino reconstruye su itinerario de lucha de más de treinta años, en una minuciosa y reveladora crónica que arroja luz sobre muchos acontecimientos del pasado reciente de su país y del espacio geográfico que también compartimos los uruguayos.

Asumiendo su relato con perspectiva histórica, el autor evoca su adolescencia a fines de la década del cincuenta, en tiempos en que el peronismo estaba proscripto y las libertades seriamente limitadas.

Gorriarán evoca sus primeros contactos con la realidad, lo que califica de «cantos de sirena» del ex presidente Arturo Frondizi, el incumplimiento del pacto con Perón, la pulseada por la defensa de la educación pública, la ocupación de colegios y la represión contra la clase obrera en huelga.

En ese clima de tensión se registró el cuartelazo que depuso al mandatario, inaugurando una de las tantas dictaduras que debió padecer el pueblo argentino en el decurso de su historia contemporánea.

Para situar al lector en el contexto de ese tiempo, el ex guerrillero evoca acontecimientos cruciales como la revolución cubana, la frustrada invasión contrarrevolucionaria a la isla caribeña, el nunca esclarecido asesinato del presidente norteamericano John Kennedy y la invasión de marines norteamericanos a Santo Domingo a mediados de la década del sesenta.

El escritor recuerda la frustración de las fuerzas progresistas, cuando un nuevo golpe de Estado depuso al presidente Arturo Illia e instaló la tiranía encabezada por Juan Carlos Onganía.

En medio de todos esos acontecimientos, nació el Partido Revolucionario de los Trabajadores, como vanguardia y baluarte de resistencia de las recurrentemente atomizadas fuerzas populares.

Por entonces, una catarata de dictaduras promovida desde la Casa Blanca y el Pentágono anegaba a América Latina, tras el reemplazo de la estrategia de la Alianza para el Progreso por la naciente doctrina de la seguridad nacional.

Con la experiencia de lucha de Ernesto «Che» Guevara como paradigma, Argentina vivía el auge de las organizaciones revolucionarias, como los montoneros de inspiración peronista y otras fuerzas filomarxistas. Todas, de un modo u otro, enfrentaban al autoritarismo castrense que detentaba el poder y ya comenzaba a aplicar modelos neoliberales y entreguistas.

Mientras se casaba y nacían sus primeros hijos, el joven Gorriarán Merlo hizo su aprendizaje de militancia en contacto con la clase obrera, a los efectos de fortalecer su cada vez más firme convicción revolucionaria.

El libro evoca la fundación del Ejército Revolucionario del Pueblo como vanguardia armada de las clases populares, en medio de un clima de efervescencia latinoamericana y de agresión imperialista.

Varios acontecimientos abonaban la tesis de la acción revolucionaria que nucleaba a marxistas, maoístas, gu
evaristas y nacionalistas: el triunfo de sendos alzamientos militares populistas en Perú y Bolivia y, a comienzos de la década del setenta, la elección del socialista Salvador Allende como presidente constitucional chileno.

El incipiente programa de gobierno del ERP proclamaba la necesidad de una reforma agraria, la nacionalización de la banca y el ahorro, la cogestión obrero estatal y la lucha antiimperialismo.

Sin embargo, los movimientos guerrilleros argentinos no siempre alcanzaban consensos en torno a estrategias comunes para combatir exitosamente a la dictadura gorila.

Gorriarán recuerda que fue detenido por primera vez en 1971, recluido y torturado en el penal de Rawson.

Mientras varios integrantes de la organización permanecían cautivos, recrudecían los asaltos para financiar la revolución, los secuestros para canjear por prisioneros, las fugas y el trabajo legal de base.

Uno de los acontecimientos cruciales evocados por el autor es la masacre de Trelew, que fue uno de los episodios más trágicos y conmovedores de la lucha por la liberación.

Sin abandonar la contextualización histórica de las situaciones, el ex guerrillero recuerda su huida al Chile gobernado por Allende, su primera visita a Cuba y el regreso clandestino a la Argentina, cuando el dictador Lanusse se aprestaba a convocar a elecciones.

Gorriarán Merlo afirma que el efímero gobierno del justicialista Cámpora fue una suerte de «primavera democrática» en medio del autoritarismo, criticando ácidamente el interinato de Lastiri.

A su juicio, la masacre de Ezeiza al registrarse el regreso de Juan Domingo Perón de su exilio español, fue un síntoma de la escalada autoritaria de ultraderecha que luego lideró la tenebrosa Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) y promovió el «Brujo» José López Rega.

El «romance» entre las organizaciones guerrilleras y Perón  que ganó las elecciones por abrumadora mayoría  fue realmente muy fugaz. El autor responsabiliza al veterano líder justicialista  luego fallecido en medio de su mandato  de tolerar la acción de los grupos paramilitares de ultraderecha que operaban en el país.

El ex guerrillero evoca los turbulentos paisajes de la década del setenta, como el frustrado ataque guerrillero al regimiento de Azul, algunas exitosas acciones armadas, el «Rodrigazo» y la catástrofe del fracasado copamiento al cuartel de Monte Chingolo.

En el contexto regional la situación no era favorable, porque había dictaduras en nuestro Uruguay, Brasil, Bolivia, Paraguay y un golpe de Estado había sepultado el sueño socialista de Salvador Allende en Chile.

El derrocamiento de Isabel Perón en 1976  que había asumido la presidencia por la muerte de Juan Domingo Perón  inauguró la peor pesadilla genocida padecida por la Argentina en toda su historia.

Gorriarán Merlo recuerda la frustración del ERP y otras organizaciones guerrilleras por la falta de respuesta y movilización de la población para resistir el alzamiento militar, la muerte de «Roby» Santucho en una digitada ratonera originada en la traición, la «caza de brujas» y el frustrado atentado contra la vida del dictador Jorge Rafael Videla.

El autor no soslaya su exilio europeo en busca de apoyo a la resistencia, su contacto con la España posfranquista, la efímera Revolución de los Claveles en Portugal, el apoyo de Cuba a la causa de su país y la postura ambigua de la URSS, que tenía excelentes relaciones comerciales con los dictadores argentinos.

Otros acontecimientos cruciales en la vida del guerrillero argentino contenidos en este libro, son su integración a la revolución sandinista en Nicaragua, su capital participación en el atentado que terminó con la vida del depuesto dictador Anastasio Somoza y  durante la inconclusa presidencia del radical Raúl Alfonsín  el sangriento ataque al cuartel de La Tablada donde se preparaba un nuevo alzamiento militar carapintada.

Enrique Gorriarán Merlo dedica parte de sus memorias a su azarosa vida familiar, un recuerdo entrañable para sus entrañables compañeros de lucha y una referencia especial para su amigo Raúl Sendic.

Este libro excede los meros parámetros de la autobiografía, para instalarse en los territorios de uno de los tiempos históricos más turbulentos de la Argentina y toda América Latina.

Contrariamente a lo que podría presumirse, Enrique Gorriarán Merlo no se limita a reivindicar todos los hitos de su épica combatiente, sino que ensaya una severa autocrítica por los errores cometidos, las traiciones no prevenidas y la falta de unidad de los movimientos guerrilleros de su país.

Sin embargo, reafirma su tesis de relanzar la utopía transformadora que elimine la injusticia social y el flagelo de la pobreza y recupere la dignidad de los pueblos humillados por la recurrente ofensiva neoliberal e imperialista.

(Editorial Planeta)

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