Vuelve la BCG: "Fueron los momentos más felices de mi vida"
E n el carnaval vos fuiste un tipo anarquista. Ya el nombre de tu murga, «la Antimurga BCG», lo dice todo. Y los espectáculos que dabas no estaban dentro de las reglas generales del resto de las murgas.
-Es una cosa que surge naturalmente. La BCG surge como un espectáculo teatral y con una visión teatral del carnaval y del fenómeno murga. Ese fue su origen. Yo estaba estudiando el teatro popular español, el entorno y sus antecedentes, y comencé a ver similitudes de esa forma de interpretar con el carnaval uruguayo y los personajes de las murgas.
El primer contacto que tuve de chico con el arte fue con el carnaval, sobre todo la murga. No entendía mucho, pero me gustaba verlas porque para mí los murguistas eran como niños grandes. Y conjugué todo eso, mi niñez y el teatro popular español, y surgió así la antimurga en 1982 , con un espectáculo que se llamaba: «Sonríe, BCG te ama». Los personajes eran una mezcla de murguistas, de Abrojo Cadenas, con lo que podía ser el saltimbanqui de la Commedia dell’Arte. Estaban también el borracho, el bobo, el pícaro, el doctor del teatro popular español. Era una especie de híbrido, y salieron un poco a hacer su historia. Por eso los textos nunca fueron los tradicionales de murga.
-¿Pensaste que la BCG pudo haber llegado a forjar un cambio de categoría, como Rebelión en los 90? Incluso algunas críticas dicen que las murgas jóvenes tienen muchas cosas de la BCG.
-Cuando empezamos en el carnaval, en 1985, ya me di cuenta de que nuestra estancia en él iba a ser complicada. Me acuerdo de que cuando hicimos la prueba de admisión en el Teatro de Verano había tres jurados, y la prueba la pasamos raspando tres a uno. Estuvimos a un voto de no existir en carnaval. Como yo no tenía mucha participación en la prueba, porque no canto ni toco ningún instrumento, sólo estoy para la guarangada, aproveché para sentarme en la platea y ver de ahí lo que hacían, al lado de otros grupos.
Cuando arranca la BCG yo escuché que todos decían: «¿Y esto?». Arrancamos con la quinta de Beethoven, que decía que nos encantaba que a ustedes les fuera mal. La gente pensaba «Estos tipos están locos». Lo nuestro era todo negativo, y todos pensaban que no íbamos a pasar la prueba. Terminó y uno de los jurados le dice a un compañero: «¿Y el bombo y el redoblante para cuándo?». Al rato tocamos un poco para que no se enojaran. Pasamos la prueba raspando y ahí me di cuenta de que nuestra estancia iba a ser muy corta.
Ese año la BCG era distinta al resto por lo que hacía, por los textos, máxime por la salida de la dictadura. Todo por ese entonces era el mazo y la porra. Y nuestra conjunto iba por otros carriles. Me acuerdo de que hicimos un tablado en la Curva de Maroñas y pensé que nos mataban; era un reducto tradicional de la Murga de la Unión y de la Teja. Hacíamos una parodia de Nicaragua y Estados Unidos, y nos querían matar. Llegó a tal punto que fuimos rodeados por un cordón policial. Llegó el momento de la retirada y nosotros le cantábamos a la caca. En un tablado en que todos querían matarnos, cantar haciendo referencia a la caca era salado. Cuando dije: «A la caca», algunos pocos se rieron. Dije de nuevo «caca» y otros más se empezaron a reír. Terminamos siendo aplaudidos de pie por todos. Cuando nos fuimos sentimos que el tipo que no nos quería pagar y traer más decía: «Se va la revelación del carnaval, mañana estarán de vuelta» (risas). Al otro día fuimos y otra vez nos aplaudieron a rabiar. Ahí nos dimos cuenta de que algo le estaba pasando a la gente con la BCG. El cambio no lo provocamos nosotros, sino la misma gente. Ese año, como nos íbamos del tablado bailando, a veces no podíamos salir. La gente nos paraba y armaba como una especie de farándula; demorábamos horas en irnos.
«Los mayores puntajes de hoy serían las sanciones que tuvimos»
-A mitad de los noventa hubo un año en que se restringió el uso de instrumentos en el Teatro de Verano. Se hablaba del abuso de guitarras, pero la BCG era todo lo contrario: no usaba ni bombo ni platillo ni redoblante, pero sí instrumentos poco usuales en las murgas.
-Lo que sucedía era que por ese entonces, del 85 al 90, en nuestra primera etapa, todos los años se hacían modificaciones al reglamento. Incluso se cambiaban las cosas que nosotros hacíamos el año anterior. En 1986 se planteó en Daecpu y Audeca (Asociación Uruguaya de Candombe) concretamente la expulsión de la BCG. No nos querían hacer desfilar, porque decían que cuando desfilábamos también lo hacía la gente. Decían que el carnaval está para mirar. «El fútbol se juega en la cancha, no se juega ni en los vestuarios ni en la tribuna. Ustedes no pueden salirse de los límites marcados» (risas).
Teníamos muchos problemas y como seis o siete sanciones. Nosotros nos cambiábamos en público y era, según el reglamento, una falta de respeto. Por tirarnos al piso, otra sanción. Decían que las murgas nunca se tiraban al piso porque denigraban al murguista. Todos los años teníamos problemas y sanciones por la puesta de escena. Las que tuvimos en cuatro o cinco años hoy serían los primeros premios de carnaval. Los mayores puntajes serían las sanciones que tuvimos en puesta en escena, musicalidad y letras.
-Contanos algunas anécdotas de cuando se retiraban entre la gente.
-Me acuerdo de que una vez eran las cinco de la mañana y seguíamos dando vuelta en un tablado. Llegamos al próximo que teníamos, a las 6.30. Y como teníamos tal persecución, porque por cualquier cosita que hacíamos nos sancionaban, cuando llegamos al tablado y estaba supercerrado, le golpeamos la puerta a la casa del dueño del tablado. Sale en calzoncillos y nos dice: «Estuvimos como hasta las cinco de la mañana esperándolos. Hice bailar hasta a los perros; ya no sabía que hacer». Le dije que nos firmara el papel y que no nos pagara nada, pero que nos firmara para hacer como que nosotros habíamos ido.
Hubo cosas extrañísimas. Yo siempre decía «esto lo tiene que estar filmando Fellini», porque era como vivir una película impresionante. En el tablado de Miramar Misiones, en la calle Rivera, había en el medio como una torre, y arriba había una especie de altillo y una ventana que daba al tablado. Una noche estábamos actuando y empezamos con la pegadita, y de repente se abre la ventana y aparece un tipo todo canoso como un ermitaño, tipo el del Señor de los Anillos, y empieza a golpear una campana. La gente miraba y decía «Ohooooo». Era como una especie de ermitaño que no salía nunca de su casa, algo muy loco. Después, cada vez que íbamos, salía al balcón y la gente piraba.
-En las tablas era como que jugaban.
-LA BCG, a pesar de llamarse antimurga, era lo más tradicional que había, si uno toma como tradicional lo anterior. Agarrás fotos de los carnavales de antaño, las ves y son iguales a la BCG. Para mí lo popular debe ser culto.
Eramos muy cuidadosos y nos mostrábamos tal cual éramos. Nosotros hacíamos lo mismo en el teatro y en los tablados, manteníamos nuestro códigos. Siempre pensábamos en la gente y en no faltarles el respeto
«No éramos bien considerados en el ambiente de las murgas»
-Cuando hacían castings para la BCG, ¿qué buscaban?
-Era difícil que hiciéramos castings. Durante muchos años fuimos siempre los mismos. La condición primera era que no hubieran salido en carnaval, y la otra ser conocido por alguno de nosotros, porque tenía que compartir códigos internos.
También siempre tratamos de tener coros afinados, con gente que cantara y se adecuara bien. Me gustaba ese timbre que teníamos, como una balada constante.
Tampoco era decir «Pah, voy a la Falta». En el ambiente de las murgas no éramos bien considerados; no éramos «la murga»
. Eramos como los mugrientos del carnaval, sobre todo por nuestras ropas (risas).
Pasó que vino gente de otros conjuntos, y no aguantaron ni dos ensayos. Primero por el régimen de los ensayos, y segundo porque encaraban los textos y decían: «Yo no puedo decir esto, no me sale». No lo sentían. La BCG pudo subsistir porque era un grupo que estaba plenamente convencido de lo que hacía.
No lo llevamos adelante con gente que un día te canta en un murga y mañana en otra.
Además, nuestros integrantes sabían que a pesar de estar concursando jamás íbamos a ganar. Año a año sabíamos que nunca íbamos a ganar, a pesar de que hubo uno en que llegamos a salir segundos, a un punto de Los Saltimbanquis.
-¿La BCG no vuelve más a las murgas?
-No, eso ya está recontra superado. A nosotros lo que siempre nos interesó fue en hacer tablados. El peor insulto que nos hicieron -y se decía en el corrillo del carnaval- fue decirnos que éramos una murga de tablado. Pero por otro lado, ese fue nuestro triunfo.
Cuando empezaron a desaparecer los tablados, buscamos teatros para hacer cada tanto algún espectáculo, pero el carnaval oficial ya fue, a pesar de que seguimos teniendo las ganas de hacerlo, pero con nuestras reglas.
-¿Sentís que se está futbolizando el carnaval con peleas entre periodistas de una radio y la otra?
-Sí, pero no desde que apareció Tenfield, ya desde antes. No creo que esté mal, pero igual no se puede concebir. Pero el arte no tiene nada que ver con el fútbol; no creo en eso de las hinchadas de conjuntos como si fuera un partido de fútbol. También se fue futbolizando con los pases de un grupo a otro, y cada vez se piensa más en los concursos y menos en los tablados.
«Quedé saturado del carnaval»
-¿Sos de ir a los tablados ahora?
-No. El último tablado que hicimos fue el de Defensor Sporting, y a su vez fue el último que vi. La verdad que quedé como saturado del carnaval, y me cuesta olvidarme de la interna. No le creo a este carnaval y tampoco a los espectáculos, pero igual me parece bárbaro que a la gente le guste.
-La BCG dejó en el carnaval miles de semillas y murgas que empiezan a florecer cuando ustedes se van…
-Yo me formé en el teatro en plena dictadura, y para mí el fenómeno teatro y la militancia estaban muy juntos. Hacíamos una obra de teatro y estaban los militares dando vueltas. Más de uno tuvo que abandonar e irse del país. Todo eso me fue dando una cosa muy concreta: para mí subirse a un escenario es una cosa muy fuerte, y un compromiso muy grande. Era muy importante la gente que nos veía. Yo aprendí a valorarlos porque creo que la gente se la juega tanto como nosotros: nosotros artísticamente y ellos su tiempo, a pesar de tener muchas opciones. Por eso el respeto hacia ellos es hasta enfermizo. Faltarles el respeto es no ensayar y no estar en las condiciones más lucidas para hacer un espectáculo. Creo que la ética que nosotros teníamos le llegó a la gente, y permitió que lo otro, que es la estética, vaya enganchado. Que la gente se riera en los momentos que debía, en los momentos indicados; que escuchara cuando debía hacer silencio, para nosotros era muy fuerte. La síntesis es eso: que ética y estética estuvieran de la mano.
Siempre me llegan comentarios de que tal grupo se parece a como éramos nosotros. Y eso es una alegría, a pesar de que al principio me calentaba por todo lo que nos hicieron.
Había directores de conjuntos de carnaval que les tenían prohibido a sus componentes que bajaran de la bañadera cuando estaba actuando la BCG, e incluso no los dejaban entablar conversación con nosotros. Pasó con dos compañeros de San José, que saludaron a coterráneos de otro conjunto y no les respondieron el saludo. Después nos enteramos de que le habían prohibido hablar, si no los echaban. Era una cosa como irracional. Pero estoy segur de que esa persona que les prohibía disfrutaba de lo que hacíamos.
-Sus espectáculos nunca fueron muy políticos, a diferencia de los de La Reina de la Teja, Araca la Cana y Falta y Resto.
-Nunca, porque para mí -es mi verdad, lo que no quiere decir que sea «la verdad»- ese tipo de cosas era faltarle el respeto a la gente.
De temas como de los desaparecidos tengo como una espina, y no puedo mostrarle a la gente lo que pienso. Es un tema que tiene que convivir conmigo. Y tampoco podría pasar de los desaparecidos al chiste del quilombo. Es como decir que es todo lo mismo, y no es así, por lo menos para mí. Además, como el carnaval es una fiesta, apropiarse de ella para que vos digas tus verdades, apropiarse de algo que le pertenece al pueblo y no a uno solo, yo, por lo menos, no lo considero correcto.
«Los momentos más felices de mi vida»
-¿Como se sentían a la hora de mostrar lo que hacían en el tablado?
-Fueron los momentos más felices de mi vida. Te sentías sumamente feliz y pipón. No debe de haber algo más satisfactorio para un artista que ver a la gente disfrutando. Veíamos que estaba gozando como loca. Para mí, en los espectáculos en vivo, ya sea una obra de teatro o una murga, la respuesta que lográs de la gente es irrepetible e intransferible. Sentís cosas que van y vienen, largás y recibís. Me acuerdo de que bajamos de la bañadera hacia otro tablado y estábamos doblados y liquidados.
Dábamos la vida en cada uno de nuestros espectáculos. Algo rarísimo nos pasaba, que ni nosotros lo podíamos entender. *
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