¡Ay utopía, cuánto te quiero!: El milagro de Lula, el presidente obrero

Ay utopía cuanto te quiero. A las 20.25 del último 25 de octubre, cuando se tornó segura la victoria del tornero de la esperanza, Lula Da Silva, frente al representante del homo demens, Flávio Bolsonaro, la historia lloró de alegría y yo también.
Hacía mucho tiempo, desde que hace años en América Latina se alzó la hora de los monstruos con su ejército de zombies, que no experimentaba una alegría tan intensa.
Este artículo, entonces, está dominado por las emociones, violando mi tendencia a privilegiar el hemisferio derecho del cerebelo, donde se aloja la racionalidad.
Era hora que también el hemisferio de las emociones se inmiscuyera en los análisis políticos. La historia, quien lo duda, vivía amargada, en estos tiempos de decadencia donde estábamos pasando del antropoceno al Chthuluceno que es el reino de las penumbras y la oscuridad. Y se necesitaba un líder y un pueblo numeroso y resiliente que iniciara la digestión de la historia.
Y ese líder volvió a instalarse en el escenario de las grandes decisiones, proponiendo lo imposible a un pueblo que despertó del letargo, sorprendido por la victoria del negacionismo, la del racismo, la xenofobia, la homofobia, su desprecio por las políticas de género y la cultura, la desigualdad y la sin razón.
Ese líder convocó a la magia de la historia y se convirtió en obstetra de la nueva historia, ese difícil parto, para revertir el imperio de las sombras, ese régimen patético, pleno de personajes esperpénticos, dignos del genio de Goya.
Fue como si se juntaran todos los planetas en un solo momento, cuando todas las condiciones se dan para algo histórico, para una nueva epifanía.
De repente todo es posible. Volvimos a recuperar la virginidad de la mirada. Lula da Silva, alfarero de pueblos, uno de los más grandes líderes de la historia universal, inicia desde el 25 de octubre, el retorno de América Latina a sus orígenes emancipadores.
Con su triunfo, la izquierda latinoamericana integrada por cinco países Brasil, México, Guatemala, Cuba y Uruguay, excluyendo a Venezuela y Nicaragua, la primera porque dada la invasión norteamericana su orientación política está severamente condicionada, y la segunda porque es una izquierda que viola sus principios éticos, gobierna un territorio de 10.690.710 km2 y una población de 379,8 millones de habitantes, mientras que los 13 países gobernados por el centroderecha y la ultraderecha, Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Haití, Honduras, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, se imponen en 7.932.572 km2, gobernando a 244,1 millones de seres humanos.
La simple comparación de las cifras revela que la izquierda gobierna aproximadamente el 61 % de la población comprendida en esta comparación, mientras que la derecha representa el 39 % y en cuanto a territorio, la izquierda también tiene mayoría, gobernando esta en un 57% del territorio estudiado mientras que la derecha gobierna en un 43%.
Es por ello que el triunfo de Lula modifica sustancialmente la correlación de fuerzas en toda América Latina.
Lula se transformó en un virtual alquimista que supo explicar a su pueblo el porqué del cómo. Comprendió que las masas estaban en movimiento y que sólo era necesario transformar su energía.
Supo plantear los problemas y trató de buscar las soluciones sin preconceptos, sin espíritu de sistema o de clan. Abrió todo lo ancho que nos está permitido, la realidad nacional, al viento purificador y vivificador del espíritu, optando por el análisis, despreciando la diatriba, prefiriendo, como en el verso de Machado, las voces a los ecos.
Hizo suyo el testamento de Getúlio Vargas: “Este povo não será mais escravode ninguém” Lula es una excepcionalidad histórica. Los grandes revolucionarios con excepción de Espartaco, surgen de los sectores altos que traicionan a su clase.
En la revolución francesa, no fueron los sans culotes los que la forjaron, sino nobles como Mirabeau, Lafayette e incluso de clase media como Robespierre, que no eran precisamente, integrantes de las clases explotadas, en nuestra América Latina, Bolívar, Sucre, Mariano Moreno, Castelli, San Martín, Artigas, Vargas, John William Cooke el castrista que subyugó a Perón, Seregni, Tabaré Vázquez e incluso Mujica, que tampoco integraron las clases desposeídas.
Y si fijamos nuestra mirada en la antigüedad, tampoco los Graco, revolucionarios romanos, eran de origen humilde, sino que integraban la nobleza de ese imperio y fueron asesinados por los nobles por ser tribunos de la plebe, así como en Grecia, el populista Clístenes provenía de alta clase griega y modificó las relaciones sociales en Grecia.
Las cifras del balotaje revelan una hazaña electoral con pocos precedentes en el mundo. Lula no solo derrotó a todas las encuestas, no sólo tuvo que superar el revés de la primera vuelta que lo superó en más de dos millones de votos sino que también debió sobreponerse al inteligente fraude electoral que eliminó el transporte en los circuitos donde los más carenciados que lo votarían necesitaban el transporte gratuito decretado obligatoriamente para el día de los comicios. Superó además a la mayoría de los medios de comunicación que apoyaron a Bolsonaro, a la estratagema tecnológica de META y sus algoritmos, a las redes cloacales que lo asediaron hasta que creó el ejército de la juventud y sobre todo a la intromisión extranjera personificada en Trump y Milei.
A lo que debo agregar la maniobra del juez electoral Kassio Nunes Marques que embargó durante tres horas la decisión del juez Cristiano Zanin de ampliar el horario electoral durante dos horas más en un ejemplo de amplitud democrática ante los inconvenientes de la ciudadanía para llegar a los circuitos de votación.
El máximo representante de los controles electorales, designado por Bolsonaro, el juez Kassio Nunes Marques, logró con su maniobra que centenares de casillas electorales no pudieran ampliar su horario de votación.
Todos estos escollos fueron superados por la energía de Lula y sus seguidores. La hazaña de la inconformidad que es la ley de gravedad de la ciencia histórica, llevó a Lula a obtener 10 millones de votos más que en la primera vuelta y a ganar en tres de las 5 regiones electorales cuando ganaba en solo 1 de ellas en la primera vuelta. Y lo logró bajo las dos consignas de “ocupar las redes, ocupar las calles” movilizando el poder y la energía de la sociedad civil.
Las cifras son contundentes, obtuvo 64.256.232 de votos, un 51,79% contra los 59.826.041 de votos, un 48,21% del prófugo Bolsonaro, es decir que le ganó por 4.430.191 votos, cuando perdía por 2.224.965 votos.
La resiliencia de este presidente imprescindible llevó a derrotar al abstensionismo e incluso al voto en blanco y a los votos anulados en niveles de participación nunca conocidos en la historia electoral de Brasil. En efecto, en la primera vuelta el abstencionismo alcanzó 33.469.244 y en el balotaje descendió a 30.509.005. Es decir que 2.960.239 decidieron participar en la contienda para impedir el triunfo de Bolsonaro. Lo mismo ocurrió con el voto en blanco donde en la primera vuelta lo depositaron 2.300.798 y en el balotaje descendió a 1.430.496, eso significa que 870.302 Ciudadanos que votaron en blanco se unieron para impedir el triunfo de Bolsonaro y finalmente los votos anulados mayoritariamente de Lula dado que en la primera vuelta ante el cúmulo de candidaturas permitieron que las clases menos instruidas equivocaran el voto electrónico y que determinaron la anulación de 3.674.249 sufragios, en el balotaje descendió a 2.723.305. Es decir 950.944 a los que se les había anulado el voto esta vez lo recuperaron y es una de las causas del triunfo del tornero de la esperanza.
Una de las explicaciones del impresionante triunfo del PT fueron estas tres circunstancias, la disminución del abstencionismo, de los votos en blanco y de los votos anulados. Se produjo un fenómeno muy especial, creció el pánico de la sociedad civil ante la posibilidad del triunfo de Bolsonaro. Las encuestas que afirmaban que había más temor en el triunfo de Lula, pasaron a exhibir un mayor temor en el triunfo de Bolsonaro. Y Lula logró unir la angustia colectiva con la pasión militante para obtener la imposible victoria. Consagrado por la justicia electoral el triunfo del PT, Lula en su discurso de la Victoria, se comprometió a fortalecer la democracia, reducir la pobreza infantil, combatir la precarización del empleo, erradicar el negacionismo ecológico y angostar la irritante desigualdad.
Porque el padre de Flavio Bolsonaro en su mandato había arrojado a la democracia representativa en las profundidades de las catacumbas y su hijo se proponía continuar con esa política. Lula se opuso a la catacumba de la democracia y terminó con el estrés democrático.
Su promesa de reducir la pobreza infantil es real y la siente en lo más profundo de su ser. Tenía muy en cuenta las cifras ignominiosas de la pobreza . Según los últimos informes de UNICEF, cada año mueren 4,9 millones de niños menores de 5 años, el 88% son de países pobres. La mitad de esos niños muere de malnutrición. Según los últimos datos de la UNESCO 79 millones de niños no acceden a la educación primaria. 854 millones de personas viven con menos de tres dólares por día según informó el Banco Mundial en septiembre de este año. Según la OMS, 645 millones de personas padecen hambre crónica o subalimentación en un mundo de abundancia y 2.100 millones no acceden a agua descontaminada y 3.400 millones no tienen saneamiento.
Su promesa de apoyar el ambientalismo y combatir el negacionismo se basó en el apotegma de que sin justicia social no hay justicia ecológica. En este ámbito tuvo muy en cuenta las declaraciones de Alberto Acosta Espinoza, ministro de Energía y Minas del presidente ecuatoriano Rafael Correa: “No es un asunto que se resuelve solo con dinero. Hay que cambiar la lógica misma del consumo, de la producción y de la economía misma. ¿Qué es lo que se hace cuando nos venden la idea del consenso de la descarbonización? Yo coincido con el discurso inicial. Y ya lo dijo, en 2012, la Agencia Internacional de la Energía, la agrupación de los grandes importadores de petróleo, que de ecologista no tiene ni un pelo: en el subsuelo deberían quedarse las dos terceras partes de todas las reservas de combustibles fósiles si no queremos que la temperatura del planeta suba más de 2 grados.
El cambio climático está lejos de ser una fantasía. ¿Qué vamos a respirar en 20, 30 años? ¿Qué agua vamos a beber?, ¿qué alimentos vamos a consumir? Son asuntos relacionados de forma directa con el modelo de producción altamente destructivo en el que estamos embarcados y que, a pesar de todas las alertas y todas las promesas, se sigue profundizando.”
En su discurso temblaron sus palabras sobre la irritante desigualdad. Ya en las Naciones Unidas la había exhibido sin pudor. Y en muchas de sus intervenciones en tierra brasileña había expuesto ese flagelo universal. Tenía en sus manos las últimas cifras recordadas en Perfil por Jorge Fontevechia. “En 2025, la riqueza de los mil millonarios aumentó tres veces más rápido que la tasa promedio anual de los cinco años anteriores.
Con lo que se incrementó la riqueza de los mil millonarios el último año se podría distribuir 250 dólares a todas las personas del planeta y, aun así, los mil millonarios continuarían siendo más de 500 mil millones de dólares más ricos.
Los 12 mil millonarios más ricos del mundo acumulan, en conjunto, más riqueza que la mitad más pobre de la población mundial, es decir, más que 4 mil millones de personas.
Ocho de cada diez de las mayores empresas de IA, un sector estrechamente ligado a los medios de comunicación, están dirigidos por mil millonarios y tan solo tres de ellas controlan el 90% del mercado de chatbots con IA generativa”
La victoria del Partido de los Trabajadores fue llevada en andas por el pragmatismo de Lula. No optó por consignas revolucionarias sino por el abordaje de necesidades concretas del pueblo. En eso su política pragmática pareció imitar a los revolucionarios rusos del 17 cuando, como bien lo describe Ricardo Antunez, aplicaron consignas realistas y a la vez transformadoras: no tanto aquello de «todo el poder a los sóviets», sino paz, pan y tierra. Paz, porque los trabajadores venían de caer por millones en las trincheras de la Primera Guerra Mundial; pan, porque se estaban muriendo literalmente de hambre, y tierra para acceder a los alimentos. Eran reivindicaciones simples, prácticas en su concepción y que alentaban un cambio de fondo.
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