El 9 de febrero
El recuerdo de esta fecha da pie para que el ex presidente de la República, en el diario El País, el hoy senador Julio María Sanguinetti insista en su versión, en su interpretación de un hecho (los Comunicados 4 y 7) y sus consecuencias para la vida política de Uruguay.
Una monótona letanía se repite, la culpa de todo es de la subversión. En el inicio de la nota recuerda que en el verano no pasa nada, todo tranquilo, se olvida que en Febrero de 1963 hubo una huelga de los funcionarios de UTE, duramente reprimida, con la posterior instalación de las medidas prontas de seguridad. Gobierno de la UBD, con el Ing. Giannattasio de presidente del Consejo Nacional de Gobierno. Ese colegiado que integraba el Gral. Gestido en junio de 1964 (a 60 días del golpe que derrocó al Gobierno Constitucional de João Goulart en Brasil, el 31 de marzo de 1964) a una delegación de la CTU (no existía la CNT) les dice «de frente y mano»: hagan algo, se viene un golpe de Estado. Y se hizo en junio de 1964 un paro general de los trabajadores uruguayos defendiendo la institucionalidad, ya amenazada por los golpistas del Pacto de la Buseca, liderados no por el Goyo Alvarez, por su orden Aguerrondo, Vadora, Esteban Cristi (cuyo padre, aviador miembro de la Fuerza Aérea, en la época de la 2ª Guerra Mundial era nazi, convicto y confeso) como existían oficiales del ejército nacional que entusiasmados, estudiaban las teorías militares rusas, particularmente su estrategia para enfrentar la invasión hitleriana, y el repliegue hacia el este, luego la batalla de Stalingrado, y la contraofensiva que obligó a la rendición del mariscal Von Paulus con un millón de hombres, etc., etc.
Simplificar la problemática militar a la «subversión» de los tupamaros (antes fue de los anarquistas, después de los comunistas, luego el «antipatriotismo» de los gremios, las leyes represivas sobre las huelgas de los funcionarios públicos) en un país gobernado por el Partido Colorado, con la complicidad del Partido Nacional, y una filosofía de gobierno que era transformar las cuestiones sociales en cuestiones de policía; recordemos la aplicación del Art. 157 de la Constitución de la República, Medidas Prontas de Seguridad (años 1952, 1955 y 1963) y luego de la muerte de Gestido, con el advenimiento del gobierno de Pacheco Areco, el uso y abuso que se hizo de este artículo de la Constitución de la República. En el Uruguay siempre hubo dos posturas hacia los «milicos»; el Colorado siempre los usó como un garrote hacia los conflictos sociales, los sectarizó, coloradizó y estableció la «bolsa» donde iban los coroneles sin destino cuando gobernaba la lista 15, y viceversa, cuando gobernaba la lista 14. Siempre manipularon las Fuerzas Armadas, particularmente al Ejército; cuando gana el Partido Nacional, en 1958, los capitanes «de la buseca», en su mayoría blancos herreristas, se encaraman y establecen una logia con un objetivo: llegar al generalato y dar un golpe a la brasilera. Luego de la asunción de Pacheco se da una empatía entre las posiciones reaccionarias de los conspiradores y el gobierno, jaqueado sin la menor duda por una gran movilización social que resistía una violenta redistribución de la Renta Nacional hacia el capital financiero, congelando salarios y jubilaciones.
Coinciden en el tiempo con situaciones internacionales que impactaban también en la sociedad uruguaya: la revolución China, Mao Tse Tung, con su teoría de que «la revolución vendrá del campo y está en la boca del fusil», y la frescura de la revolución cubana que hacía caer una odiada dictadura. Si unimos a la bipolaridad que existía en el mundo entre la URSS y Estados Unidos, Uruguay no podía estar ajeno a dicha realidad, el fenómeno tupamaro es producto de una época de la cual nadie se puede hacer el desentendido: todos jugábamos y ¡de qué manera! Incluido el Dr. Sanguinetti.
Todo estaba revolucionado; además, el desencanto en la izquierda por la falta de unidad degeneró, particularmente en una generación esencialmente juvenil, la necesidad de algo nuevo que rompía con la política tradicional, instaurando la lucha armada como método principal de lucha para llegar al poder, y con ello se instala la guerrilla urbana. Mientras tanto, desde Estados Unidos se acechaba a Cuba y se «trabajaba» a los ejércitos generando doctrinas de seguridad nacional, aplicando cursos de formación antiguerrillera imbuidos de un fuerte componente ideológico: el anticomunismo, posteriormente en Uruguay, el famoso genérico «antisubversión»; de ahí las categorías A, B y C, porque todo aquel que no se sometía a la dictadura era considerado enemigo, o potencial enemigo subversivo.
Sin embargo, en el seno de las Fuerzas Armadas siempre hubo militares con apego a la ley y la Constitución: eran los constitucionalistas. Acaso nos olvidamos de la Asamblea del Centro Militar en 1967, en la que fueron derrotados los golpistas, los futuros gorilas de la logia Tenientes de Artigas; estos, escudándose en la represión a la subversión, levantándose como custodios de la ley, haciendo jurar en los cuarteles fidelidad al Ejército, fueron organizándose y derribando obstáculos, y buscando apoyos en la sociedad civil y en el gran capital financiero, cuya mayor expresión fue sin duda Bordaberry como bien lo afirma Sanguinetti, pero también Peirano Facio, y el herrerista miembro del Partido Nacional, ex ministro de Salud Pública, Dr. Aparicio Méndez, entre otros. En ese complejo cuadro, la renuncia de Seregni y otros valiosos militares legalistas les facilitarán el acceso a la cumbre; controlar la Región Nº 1 y desde allí conspirar, tratando de conquistar más y más posiciones.
Pero hete aquí que las acciones anti-tupamaras les permiten acceder a valiosa documentación que comprueba los latrocinios de una clase caduca, corrupta y llena de implicancias políticas de los partidos tradicionales; tales pruebas delictivas generan expectativas en jóvenes capitanes que actúan en operaciones, que imbuidos de la clásica dinámica militar sienten la necesidad de barrer el establo de concupiscencias instaurado por la descomposición de sectores y políticos corrompidos. No es casualidad que se haya formado una comisión de seguimiento y persecución de delitos económicos, encabezada por el prestigioso general Decilis, comisión que se instala en un cuadro de modificación de correlación de fuerzas, y se prohíbe que en las unidades militares, de las tres armas, los mandos de las mismas atendiesen delegaciones de gremios o de trabajadores afectados por la desocupación, desalojos y prisiones de obreros y obreras. Entonces instalaron una oficina especializada para recibir a los gremios, por supuesto «filtrando» las delegaciones, y en esa oficina al comienzo estuvo el coronel Bentancur y luego el capitán de navío Chaparro.
En ese cuadro de complejidades inéditas en la situación social y política uruguaya, se generaron entreveros por todos lados; coincidencias en los prejuicios antes mencionados entre represores y reprimidos, coincidencias en el desprecio a los políticos en general y a la política por considerarla, unos subversión, y otros caduca en su forma y método de aplicación.
Todo el mundo sabe que, una vez retirado general Seregni, el intelectual del Ejército era el coronel Ramón Trabal, jefe de Inteligencia del Ejército, quien tenía en sus manos todos los hilos, de adentro y de afuera del encuadre militar, operaba con un gran sentido político, a la vez que con una gran eficacia en su metier.
Es conocida la anécdota del almirante Oscar Lebel, del rol que jugaron los constitucionalistas en el traspaso de mando del 1º de marzo de 1959, en el que el general Seregni y el general Pomoli (quien fuera director de la Escuela Militar) uno colorado, el otro blanco independiente, facilitando el normal desarrollo del acceso al gobierno del Partido Nacional.
En la noche del 9 de febrero, el FA realiza un mitin en 8 de Octubre y Comercio; allí habló el general Seregni y exigió la renuncia de Borda
berry; hubo un contacto telefónico con el senador Enrique Rodríguez y Trabal, éste le manifiesta irónicamente: «Eligieron el lugar del acto como si fuera un Paralelo 38″. El coronel Trabal no mascaba vidrio; era consciente del carácter estratégico de esa zona geográfica de Montevideo.
Nunca Rodney Arismendi, Enrique Rodríguez, Jaime Pérez, dirigentes del P.C. de entonces, especularon con las Fuerzas Armadas como han especulado las clases dominantes, que las han usado para reprimir y luego han sido los primeros en detractarlas y destratarlas. Para ellos siempre han sido piezas en un tablero de ajedrez que se mueven según sus intereses. Por ello han contribuido a aislarlas de la sociedad, pervirtiéndolas, transformándolas en fuerzas mercenarias.
La historia dice que Rodney Arismendi siempre tuvo una política: de ahí que había militares seregnistas (caso Pérez Rompani, Zufriategui) como habían militares comunistas, como el coronel Oscar Petrides «Belisario», cronista en Marcha y el Diario Acción; Luis Batlle Berres sabía bien qué era y cómo pensaba «el Griego».
Por lo demás, siempre hubo una política personal de Rodney Arismendi hacia el Ejército. Es conocido que, cuando la 2ª Guerra mundial, varios cuadros comunistas integraban la Defensa Pasiva, como oficiales, como clases y como soldados. Entre otros destaco a Carlos Bayares, Franklin Presno, Aurelio Pérez, Rodney Arismendi, etc., etc.
De ahí cuando la existencia de la OLAS, Rodney Arismendi fijó bien la posición de que la contradicción principal en el Uruguay no era entre castristas y castrenses, sino que era entre el pueblo y oligarquía.
Esas posturas eran acompañadas de una concepción de la defensa nacional que era el pueblo en armas, convocado como auxiliar activo del ejército regular; no ignora el Dr. Sanguinetti que antiguamente en el polígono de tiro del Ejército de la calle Chimborazo, todo ciudadano mediante documentos tenía la posibilidad de practicar tiro. Lo que se hizo hasta que se prohibió, en la década del 60, cerrando los caminos, entonces, hubo que emprender otros, siempre con una concepción de la defensa nacional de todo el pueblo, siempre con una concepción no contra el ejército, sino con la tesis artiguista de que pueblo y ejército son una sola cosa.
En síntesis, principio tienen las cosas y explicaciones exigen los hechos de la historia.
Una última reflexión: los sindicatos en este país, superando de la teoría anarquista de «no pisar alfombras», siempre han dialogado con los órganos de gobierno, hasta cuando en dictadura los convocó el coronel Bolentini, con el resultado que todos conocen, que fue lo que el gallego Gromaz (luego expulsado del país) le cantó las cuarenta al mencionado ministro y lo dejó afeitado y sin visita al «coronel dialogador».
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