El amigo pintor de Van Gogh
e acaba de inaugurar en Holanda una muestra sobre el período en que Vincent van Gogh y Paul Gauguin convivieron en Arles, al sur de Francia. Fue una relación tormentosa por algunos meses que terminó trágicamente al cortarse van Gogh el lóbulo de la oreja derecha. La inestabilidad emocional del pintor holandés tenía su raíz desde el nacimiento.
Segundo hijo, los padres nunca le prodigaron el cariño que habían depositado en el primero, que nació muerto un año antes. Ambos tenían el mismo nombre y los padres, cada fin de semana, lo llevaban a visitar la tumba del hermano, en cuya lápida leía su propio nombre.
Una experiencia traumática, sin duda, que abonó las causas de los desequilibrios posteriores. La expulsión de la casa por el padre, pastor protestante, en la Navidad de 1881, se reflejó en la firma de sus cuadros, eliminando el apellido y estampando simplemente Vincent.
El ajenjo, de moda en la época, producía trastornos cerebrales y tenía un componente que se encontraba en los cipreses (que tanto pintó en Saint Rémy y a la sombra de ellos descansaba) y en los tubos de colores (que muchas veces ingirió hasta intoxicarse), eran los sustitutos de la bebida. Son detalles fundamentales no suficientemente divulgados o conocidos. Hay una leyenda, más o menos veraz, más o menos fantasiosa, sobre la vida del pintor de los girasoles.
No por falta de datos (que en su propio diario Van Gogh documenta con admirable claridad y lucidez), sino por los imaginativos biógrafos y escoliastas, en especial novelistas y cineastas, codificadores de una personalidad irreductible en su complejidad. Epiléptico para algunos, psicótico para la mayoría, Vincent padeció delirios, remordimientos extravagantes, alucinaciones visuales y auditivas, tentativas de envenenamiento. «Pobreza, enfermedad, vejez, locura y siempre el exilio», escribió un año antes de morir, en su peregrinaje por el mundo, después de haber desconfiado de la «normalidad» del satánico doctor Gachet, un médico homeópata que no lo ayudó a encontrar el equilibrio que buscaba.
Tampoco se mencionan algunos amigos auténticos que tuvo. En reciente ocasión, una de las tantas, en que se pergeñan muestras sobre Van Gogh y sus amigos, se omitió, una vez más, a Eugène Boch (1855-1941) y a su hermana Anna Bosch (1848-1936). Fueron dos honorables pintores belgas integrados al Círculo de los XX, un grupo de artistas animados por Octave Maus y la participación de Théo van Rysselberghe, erráticamente impresionistas y puntillistas, que luego expusieron al lado de figuras mayores como Henry van de Velde y Jan Toorop. Más tarde los Boch se alejaron de esas corrientes y se asociaron al núcleo Vie et lumière al lado de Ensor y otros. Anna Boch adquirirá, en 1890, aún en vida de Vincent, su cuadro La vid roja.
Eugène Boch se instaló en Francia en 1879 y estudió en el taller del académico Cormon donde conoció a Emile Bernard y Toulouse-Lautrec. Participó de la bohemia de los impresionistas del Petit Boulevard, conoció a Van Gogh cuando vivía en Arles que tuvo importantes consecuencias para su pintura. Vincent persuadió a Boch de ir a pintar los duros paisajes del Borinage, lugar del que conservaba fuerte nostalgia. En una larga carta, Vincent felicitó a Eugène Boch por haber seguido su consejo. Resultado de esa efímera pero sincera amistad fue el retrato que le hiciera Vincent en 1888, al que sobrepone, en muchos detalles, su propio autorretrato, recortado sobre un intenso fondo-cielo azul. La excelente obra, de talante dramático y enérgica factura, pertenece al Museo d´Orsay de París. Muy diferente es el retrato que le hiciera Emile Bernard en 1891, curiosamente en clave modiglianesca avant la lettre, con una paleta de grises y ocres rojizos y un acentuado sintetismo en la composición preanunciadora del cubismo.
Además Anna y Eugène Boch fueron coleccionistas. Seurat, Signac, Gauguin, Ensor, van Gogh, Cézanne, Matisse y Picasso fueron los artistas que integraron sus preferencias, poniendo en evidencia que además de ser amigos de los elegidos, supieron seguir las cambiantes mutaciones del arte contemporáneo. Rescatar del olvido figuras decisivas en el contexto cultural de una época es cumplir (y enmendar) a muchos historiadores, tan distraídos. Una hermosa exposición en homenaje a los hermanos se realizó en 1994 en Pontoise, a seis quilómetros de Auvers-sur-Oise, donde vivió, pintó y murió Vincent van Gogh en la taberna Ravoux, hoy convertida en un espléndido y selecto centro cultural, no apto para turistas. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad