"Aniceto": un romance dramático narrado con sensible trazo onírico
La película es un ‘remake’ de «El romance del Aniceto y la Francisca» (1966), una de las obras más elogiadas y entrañables del ya emblemático cineasta y cantante popular.
Favio es uno de los directores más creativos, imaginativos y personales de la cinematografía argentina, cuya producción supuso toda una revolución en materia estética.
Debutó en 1965 con «Crónica de un niño solo», donde ensaya un despiadado y conmovedor cuadro de la marginalidad social, cuyo protagonista es un niño vagabundo.
Su segundo título fue precisamente «Este es el romance de Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza…y unas pocas cosas más», que también explora la temática social, en este caso en clave de tragedia.
En 1968, Leonardo Favio estrenó «El dependiente», quizás su obra más trabajada y decantada, que corroboró su inquietud por el abordaje de los problemas cotidianos y su predilección por narrar historias de perdedores que viven a la intemperie de la realidad.
La segunda etapa de su carrera en la cual ya incorporó el color, se inició con «Juan Moreira» (1972), un drama rural que retrata, a partir de la recreación del legendario personaje y con el trasfondo histórico de la Argentina caudillista, la lucha contra la injusticia y la exclusión devenida del latifundio.
Luego, en 1975, vendría «Nazareno Cruz y el Lobo», una poética leyenda popular de trazo épico concebida en formato de fábula, que está dotada de un lenguaje visual de inenarrable belleza.
Tras el estrepitoso fracaso de «Soñar, soñar» (1976) y el largo exilio político durante la última dictadura cívica militar que azotó al hermano país, Favio retornó a los estudios para rodar «Gatica, el mono» (1992), una dramática autobiografía del malogrado boxeador argentino, que alcanzó la cima de su celebridad durante el auge del peronismo y terminó sus días en la miseria.
Más de cuatro décadas después, el realizador se propuso encarar la producción de una ‘remake’ de «El romance del Aniceto y la Francisca», en este caso en clave de música y danza.
Corroborando su intrínseca sensibilidad artística, el director argentino apuesta en esta oportunidad a un fuerte despliegue visual, en el cual prevalecen la matemática de la precisión, la armonía y la cadencia de los cuerpos en movimiento.
Contrariamente a lo que sucedía en la versión original, el cineasta desestima la ambientación en la desolada locación geográfica pueblerina, para imprimir a su nuevo relato una escritura bastante más poética pero no menos visceral.
En ese marco, apela a la música y al ballet, a lo cual adosa una prodigiosa escenografía construida en base a decorados teatrales y otros recursos adicionales de utilería propios del arte de las tablas.
Esta iconografía cuasi pictórica ilustra una trama argumental simple y a la vez compleja, que trasunta las siempre radicales inflexiones emocionales de los personajes.
Narrada por la voz en ‘off’ del propio Favio, ésta es la historia de un apasionado romance pero también de una tragedia, cruzada por la magia de la mitología popular, la cultura del radioteatro y, obviamente, los nostálgicos recuerdos del propio autor.
Aunque la historia es un mero triángulo amoroso como tantos otros que carece deliberadamente de coordenadas o referencias temporales, aquí lo primordial es el ajustado y por momentos admirable tratamiento de la materia cinematográfica: la música, la fotografía, el montaje, las gestualidades y los diálogos breves pero elocuentes de los personajes.
Como si se tratara de un moderno taumaturgo, Leonardo Favio mixtura el romance, el drama y la fábula costumbrista, imprimiendo a su narración la feérica atmósfera de un sueño impreso a través de la imagen.
Con una implícita reminiscencia al mito de Eros y Tánatos, el realizador juega con la dicotomía de los afectos y hasta apela a elocuentes metáforas que remiten a la peripecia de sus personajes.
En tal sentido, es realmente magistral la secuencia de la riña de gallos a la cual es afecto el protagonista. Los animales dirimen su propia danza inducida de sangre, en una suerte de épica que se extrapola a la cruenta disputa amorosa.
«Aniceto» es una pequeña obra maestra, que seduce por la inconmensurable poética y sensibilidad de Leonardo Favio y por el arte mayor de los bailarines Hernán Piquín y Natalia Pelayo.
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