Artes Decorativas: pequeño gran museo
Entre los numerosos museos nacionales que tantean su rumbo sin encontrarlo (MNAV), se abren por poco tiempo (Las Atarazanas o Naval) o continúan cerrados desde hace años (Casa Giró, Casa de Lavalleja, Historia Natural, Casa Quinta de Herrera), el Museo de Artes Decorativas, dependiente del Museo Nacional de Artes Visuales, alberga un espacio propio de enorme interés pocas veces estimado y potenciado en su verdadera dimensión. Suele suceder con aquellas instituciones o personas ajenas al mundanal ruido, que no buscan protagonismo a cualquier precio sino que, abocadas a una tarea específica, procuran servir con honestidad y profesionalismo a la sociedad a la que pertenecen.
El Palacio Taranco, diseñado por los arquitectos franceses Girault y Chifflot, como vivienda privada (petit-hôtel), construido en 1910, dentro del clasicismo del siglo XVIII y declarado patrimonio histórico en 1975, fue sede de diferentes dependencias públicas hasta que finalmente albergó al Museo de Artes Decorativas y Arqueología Clásica. Las plantas alta y baja conservan la suntuosa hermosura original pero es el subsuelo, donde funciona el sector de Arqueología Clásica, que atesora tres colecciones importantes. Una, proviene del ingeniero Luigi Andreoni, 18531935 (autor de la Estación del Ferrocarril, Hospital Italiano, entre otras), legado de su padre, consistente en cerámicas de los siglos VI al II a.C. de la Magna Grecia y Apulia; otra, de María Spangenberg de Pearson, con piezas grecoromanas y musulmanas de Irán, y la tercera, de Camille Chamoun, presidente de El Líbano donada en ocasión de su visita al país en 1957, de vidrios antiguos.
Luego de recorrer varios depósitos (estuvieron en el Museo de Historia Natural en el ala derecha del Teatro Solís) las colecciones anclaron en 1976, por el denodado impulso de Luis Bausero, en el Palacio Taranco. Fueron exhibidas en varias oportunidades en condiciones no siempre atractivas (aunque se recuerdan excepciones) hasta que ahora lucen en todo su esplendor. Curiosamente, desde hace un año en que fue inaugurada, la muestra A través del humo: perfume, no tuvo ninguna resonancia en los medios, quizá opacada por los fuegos artificiales de otros polémicos cambios de directores que tuvieron una caja de resonancia mayor.
Por eso, resulta entusiasmante descubrir una exposición que afortunadamente continúa, resultado de una larga y responsable investigación de la curadora Susana Cavellini, coordinadora del museo, una personalidad de perfil bajo, con estudios de arqueología desde 1984, aquí y en el exterior, con pasantías y estadías en los archivos de Indias (Sevilla), Histórico de Utramar (Lisboa), de los Jesuitas (Roma) y los museos Picasso (Barcelona), Arte Contemporáneo (Estrasburgo) y Villa Giulia (Roma), para citar algunos de una extensa lista.
Antes de partir hacia Cuba para asistir al III Congreso Internacional de Filología y Tradición Clásicas, donde presentará un informe sobre la colección clásica del museo, el autor de esta nota mantuvo un diálogo por teléfono con Cavellini, quien respondió con una espontánea cordialidad, esa que no abunda en los funcionarios del MEC, sin necesidad de previa cita u otro esquive burocrático, sobre diversos aspectos de su desempeño en el Museo de Artes Decorativas, adelantando alguna novedad que conviene reservar para otra ocasión.
Lo importante a destacar, en este momento, es A través del humo: Perfume, una idea original muy bien instrumentada e impecablemente presentada. Es de esas exposiciones que rara vez se encuentra en los espacios montevideanos por su profesionalismo y difícil acercamiento a una temática histórica de indudable complejidad a partir de los elementos disponibles. El resultado es asombroso. Seleccionar de un vasto y heteróclito material arqueológico existente en el país hace más de un siglo, casi desconocido por el público, fue una tarea ardua que insumió largo tiempo antes de concretarse con refinado criterio histórico y estético. Un recorrido apasionante por los primeros contenedores de perfume en alabastro en Egipto y cerámica decorada griegas y romanas, en períodos anteriores a la era cristiana, hasta que en el siglo I, con la técnica del vidrio soplado, la industria del perfume adquirió un contenedor definitivo.
La palabra perfume (del latín, per, por, fumare, producir humo) hace referencia a la sustancia aromática que desprendía un humo fragante al ser quemado, usado para sahumar. El empleo de sustancias olorosas como integrante de la higiene corporal se pierde en la noche de los tiempos, pero es a partir del siglo VI a.C. que la civilización mediterránea privilegió al perfume como elemento individual y social, en baños, masajes, la abundancia de plantas y flores aromáticas distribuidas por todos los rincones en que transcurre la vida diaria y en rituales fúnebres.
La riqueza y variedad de formas y colores de los recipientes en piedra, hueso, madera, arcilla, vidrio o metal conforman un despliegue seductor, dispuesto con claridad comprensiva y con textos breves y funcionales en vitrinas que ubican cada objeto en su pleno disfrute visual y estético. Es una exposición de nivel internacional que hay que ir corriendo a verla, sin mayores dilaciones.
En otro sector, la cerámica musulmana, de Irán, fechada entre los siglos IX al XVIII d.C., otra colección extraordinaria. En su totalidad, por lo inédito de la experiencia, un disfrute mayor. Un pequeño gran museo, uno de los tres importantes y únicos de América Latina, junto a la Colección del Conde de Lagunilla de La Habana y el de San Pablo.
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