SABIA NATURALEZA

Una joven estudiante hawaiana descubrió hongos capaces de “comerse” la contaminación marina

Una estudiante hawaiana convierte la basura del coco en una posible aliada contra la contaminación marina.

Wang
Vera Wang ganó premios en la Feria de Ciencia e Ingeniería del Estado de Hawái 2026 – Publicado por SOEST

Lo que empezó como un proyecto escolar terminó transformándose en un hallazgo científico que llamó la atención de investigadores universitarios. Una estudiante del este de Honolulú detectó, en las fibras de la cáscara del coco, un hongo capaz de degradar plásticos y protector solar presentes en el océano. El descubrimiento le valió varios premios en la Feria Estatal de Ciencia e Ingeniería de Hawái.

Se trata de Vera Wang, alumna del último año del liceo Kaiser, quien se quedó con distinciones en más de una categoría tras desarrollar sus experimentos en el laboratorio dirigido por Anthony Amend, en la Universidad de Hawái en Mānoa. Gracias a esos resultados, obtuvo además el pasaje a la Feria Internacional de Ciencia e Ingeniería, que se celebrará el próximo mayo en Arizona.

De un trabajo de segundo año a un posible aporte científico mundial

El camino hacia este reconocimiento no fue fruto de la casualidad ni de un golpe de suerte. Todo arrancó durante su segundo año de secundaria, cuando Wang se propuso investigar y atacar un problema concreto: la presencia de contaminantes en la superficie del mar.

Para ello, diseñó y construyó un filtro oceánico capaz de retirar protector solar y microplásticos del agua superficial. La iniciativa combinó dos mundos que, a primera vista, parecían distantes: las técnicas tradicionales del tejido polinesio y las herramientas contemporáneas de la ciencia ambiental.

El dispositivo no solo demostró ser eficaz desde el punto de vista científico, sino que además fue concebido de manera sustentable, fabricado íntegramente a partir de los desechos derivados del coco. Sin embargo, la joven comprendió pronto que extraer los contaminantes del agua resolvía apenas una parte del asunto. Quedaba pendiente una pregunta igual de urgente: qué hacer con esos residuos una vez retirados. Y también en ese terreno encontró respuestas.

El secreto estaba en la propia fibra del coco

La clave llegó al observar con atención el material con el que trabajaba. La estructura porosa de la fibra de coco facilita la circulación del aire y del agua, lo que genera condiciones propicias para el desarrollo de microorganismos.

“Aprendí que la estructura porosa de la fibra de coco favorece el movimiento del aire y del agua, lo que puede crear un ambiente favorable para los microbios”, relató Wang. “Eso me llevó a preguntarme si la cáscara de coco podía hacer algo más que capturar físicamente los contaminantes. Así que este año mi investigación en el laboratorio Amend empezó a explorar las comunidades de hongos que viven en las cáscaras de coco, estudiando su crecimiento y su capacidad de degradación sobre protectores solares y plásticos.”

A partir de ese planteo, el equipo constató que los hongos que habitan de forma natural en la cáscara del coco son capaces de biodegradar, es decir, descomponer, tanto el protector solar como el plástico. Además, identificaron que un compuesto de taninos puede funcionar como marcador para reconocer a los hongos con esa capacidad degradadora. Todo indica que esos mismos taninos, presentes en las fibras, estarían estimulando el crecimiento de estos microorganismos de comportamiento complejo.

Posibles especies nunca antes descritas por la ciencia

El hallazgo guardaba todavía una sorpresa mayor. Los análisis genéticos realizados mostraron que algunos de los hongos estudiados no coincidían con ningún registro de la mayor base de datos de referencia del mundo, que reúne genes y genomas ya conocidos. Esa ausencia de coincidencias abre una hipótesis de peso: podría tratarse de especies que hasta el momento no habían sido caracterizadas por la ciencia.

Entre los reconocimientos cosechados, el proyecto de Wang se alzó con el primer lugar en la categoría de Microbiología y recibió una beca otorgada por la Fundación McInerny.

Un logro que celebra el trabajo colectivo y la educación pública

La propia estudiante se encargó de subrayar que detrás del resultado hubo acompañamiento y trabajo en equipo. Durante el proceso colaboró estrechamente con Kaylee Christensen, estudiante de posgrado del programa de Biología Marina.

“Estoy muy agradecida de haber tenido la oportunidad de llevar adelante mi proyecto en el laboratorio Amend”, expresó la joven. “Mi investigación nunca, jamás, habría sido posible sin Anthony y Kaylee. Este proyecto forma parte de un recorrido mucho más largo, así que ver que lo reconocen se siente surrealista y profundamente gratificante a la vez.”

Desde el ámbito académico, la mirada hacia el futuro es igualmente optimista. Amend, que desarrolla su labor en el Centro de Investigación de Biociencias del Pacífico, dependiente de la Escuela de Ciencia y Tecnología del Océano y la Tierra (SOEST), destacó el papel que cumple la educación pública en la formación de nuevos talentos. Para el investigador, el caso de su alumna demuestra el buen trabajo que realiza el sistema educativo estatal en el apoyo y la preparación de las próximas generaciones, y adelantó su expectativa por las investigaciones que la joven pueda encarar una vez que ingrese a la universidad.

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