ARTE

El Museo Torres García recuperado

Era notorio el deterioro del Museo Torres García en los últimos tiempos: una caótica librería-boutique entorpecía la entrada y vulgarizaba la imagen museística. Tampoco contribuían las muestras que allí se realizaban, poco acordes con el prestigio conquistado por esa institución. Pero, a pesar y en contra de las apremiantes circunstancias externas que padece el país y sus habitantes, el Museo Torres García (ubicado en Sarandí 683) logró salir adelante y con esfuerzo renovó su espacio de acceso con una elegante y refinada solución de reparticiones de acrílico bien diseñada en la distribución de libros.

Se trasladaron la reja de hierro y la fuente (quizá innecesaria) y el conjunto tiene una sobria, digna presentación. El museo luce como nunca. Ahora es el momento de conquistar al público con exposiciones atractivas, bien estructuradas y de nivel, dejando de lado amistades y compromisos internos.

Un(a) director(a) artístico(a) o curador(a), parece indispensable para conseguir ese objetivo y sería interesante que la Fundación llamara a un concurso como la mejor manera de resolver una problemática que se arrastra desde su creación. Quizá no sería una erogación excesiva y le brindaría una orientación cierta, responsable, dejando de lado las improvisaciones.

La sencilla claridad de Olimpia

Otro acierto constituye la sala del piso tercero, convenientemente renovada. Desde hace años algún crítico insistió en la necesidad de revisar la obra de Olimpia Torres. Finalmente se concretó aunque con enfoque diferente. Olimpia por Olimpia es una exposición agradable que rescata parte de la obra de Olimpia Torres, la hija mayor de Joaquín Torres García, que a sus 91 años asistió, sonriente y entusiasta, al vernissage, indiferente al crudo invierno. Pocas veces una personalidad excepcional (por su rigor reflexivo, su calidez humana, su crítica severa y comprensiva, su imbatible intrepidez para sortear las contrariedades de la vida, que fueron muchas) es merecedora de un homenaje tan oportuno que suscitó la unánime aceptación.

Olimpia Torres fue protagonista y testigo de una buena parte de la historia del arte del siglo veinte, en especial el período referido a las vanguardias históricas.

Nacida el 4 de abril de 1911 (Vilasar del Mar, España) llevó la vida trashumante que impuso su progenitor: Tarrasa, en 1914, Nueva York en 1922-24, Fiésole, Italia, en 1926, París en 1926-33, Montevideo 1934, y luego, casada con el escultor Eduardo Díaz Yepes, deambuló por Madrid en 1936-42, Cataluña en 1943-45, París en 1946-47 y finalmente otra vez Montevideo en 1948. Hija de artistas –su madre, Manolita, dejó dibujos y grabados de interés, pero abandonó la carrera porque no creyó conveniente competir con el marido– y acaso Olimpia sintió sin darse cuenta, con menos pudor y mayor necesidad de crear, el mismo sentimiento con relación a Yepes. Lo cierto es que aunque se dedicó al dibujo, el grabado, la ilustración, el muralismo, la escenografía y el vestuario, no lo hizo con la asiduidad y la intensidad de sus hermanos menores, Augusto y Horacio.

Aprendió de Torres García, desde luego, pero más formalmente en la Academia de Amedée Ozenfant, el fundador del purismo junto a Le Corbusier. Aunque desde niña dibujó o pintó, fue a partir de la Guerra Civil Española que sintió la urgencia de expresar su angustia bronca.

Vivió en un Madrid destruido por las bombas y hambriento, con un hijo y Yepes preso por los franquistas, y asimismo tuvo el coraje de hacer volantes para instruir a los republicanos y hacer mofa de los insurrectos. Una madre coraje, realmente. Hasta que consiguió becas a París y de allí volvió a Montevideo cuando ya el padre Joaquín estaba muy enfermo.

Aquí conoció a Margarita Xirgu y colaboró en la Comedia Nacional con trajes y escenografías, como antes había conocido a Mondrian, el creador del neoplasticismo, con el cual llegó a bailar el charleston, a Miró, a Picasso, asiduo visitante de la casa (le impresionaron sus enormes ojos negros), a Alberto Sánchez, el panadero escultor que tanto influyó en Yepes, a Barradas, Alberti y María Teresa León entre otras muchas celebridades del siglo XX.

Esos nombres aparecen en fotografías en la sala de exposición. Acompañando pinturas hechas a los 15 años por Olimpia, rostros muy semejantes a los que hacía su padre con talante expresionista, pero más abiertos y libres, como los dibujos para las fábulas de Esopo, de una línea finísima y leve, juguetona y de suaves colores, al igual que sus apuntes escenográficos. Todas las obras (que no son muchas) despliegan un natural encanto, una sencillez formal y una espontaneidad directa, sin mayor pretensión que celebrar el acto de crear. Con la misma transparencia emotiva y la suave comunicación de su personalidad, con esa clara sonrisa que ilumina su rostro. Pero también supo ser enérgica y desafiante en los volantes de la guerra civil, con una limpieza y vigor del trazo muy audaz en la época y acordes con las propuestas barradianas.

Asimismo, supo rclamar los derechos de autora del mural que diseñó y ejecutó para el Palacio de la Luz (que pocos saben) donde Yepes implantó una escultura.

En el catálogo se transcriben fragmentos de una larga entrevista con Olimpia (que se puede oír en la sala) donde recuerda con la misma sencillez de sus obras (y afilado sentido crítico en sus observaciones) y el comentario de algunos trabajos. El montaje de Ernesto Vila es sobrio y eficaz. *

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