El mal teatro no quiere irse
Se estropea el pastel, hagan lo que hagan. A Jorge (Alejandro Camino) le reaparece y entremete, con el traje de novia, su mujer muerta (aquí la pieza reproduce una situación, no menos inoperante, de la pieza de Armas), en el preciso momento en que, en una casa prestada por un amigo mujeriego, está por enterrar su viudez en los encantos de Lorena (Karina Vignola), quien, naturalmente, no ve a la difunta (Lorena Bomio). Cruza la escena un hosco portero (Paul Fernández) que debe reparar el sistema eléctrico y que en realidad va en busca de un cortocircuito, un shock que lo mata, pero su cuerpo es revivido y ocupado, nunca se sabe cómo, por la difunta y seguidora. No hay noticias del alma del portero: informes fidedignos nos dicen que queda entre bambalinas, esperando el previsible final, donde un contragolpe de electricidad restituirá la escena inicial, pero sin la molesta muerta. Hay además, por si fuera poco, una doméstica charlatana (Carina Méndez) y un marido celoso (Luis Lage) que entran, salen y, como decía Borges a propósito de los diez mil asirios, de los filmes de Cecil B. de Mille, son barajados hasta la total vaguedad.
La realización es aún peor que el desdichado libreto. La idea que tiene el autor de la comedia ligera o vaudeville es que siempre deben encontrarse, una y otra vez y hasta la exasperación, quienes no deberían: para ello multiplica las entradas y salidas por tres puertas, los encargos de comprar cocoa en el almacén o ir a ver si llueve. No tomamos el tiempo, pero creemos que en «Mi mujer no quiere irse» se abre una puerta y entra alguien a cada minuto. Bentancor se supera a sí mismo en los diálogos. Su mejor recurso es la grosería: en estilo arcaico, abusa del chiste de doble sentido, las alusiones a las partes sexuales, descarga cisternas y, por supuesto, toma para la farra a la homosexualidad.
El estilo de actuación más frecuente es la payasada, en particular a cargo de Alejandro Camino y Luis Lage, dos actores que saben hacerlo mejor, Todas estas antiguallas son deliberadas y nos consta que también el autor y director es capaz de mejores resultados, pero «Mi mujer no quiere irse» es una deliberada operación comercial.
Aun así, dentro del teatro comercial el espectador montevideano puede ver la correcta «Políticamente incorrecto» de Ray Cooney, en El Galpón, donde hay, por lo menos, cierta factura literaria, cierto ingenio en la creación de situaciones, bromas inéditas, actuación eficaz pero controlada.
Este nuevo (viejo) teatro de El Tinglado está logrando su objetivo: crear un público que se ríe a carcajadas y aplaude de pie las mismas escenas de mal gusto que, cuando tenían un poco más de novedad y algo de choque o transgresión, sus abuelos celebraron a Marrone o Tristán en «El Maipo» o «El Nacional».
La sala de El Tinglado se ha remozado, particularmente en el hall de entrada, donde todavía se ve el retrato de la señora María Abelenda Pons de Mendizábal, una de las fundadoras de un teatro de arte del que hoy sólo queda el nombre. *
MI MUJER NO QUIERE IRSE, de Francisco Bentancor, con Alejandro Camino, Carina Méndez, Lorena Bomio, Karina Vignola, Paul Fernández y Luis Lage. Escenografia de Ramón Alvarez, vestuario de Tamara Medaglia, luces de Ignacio Echeverry, ambientación, música original y dirección de José María Novo. En teatro El Tinglado.
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