Balance 2002 del teatro uruguayo
Gracias por todo, de Julio César Castro, se estrenó en realidad en 1987, también con actuación de Nidia Telles, con el título de «La última noche». Las modificaciones no la mejoraron (4).
Mano a Mano, textos de Idea Vilariño y Mercedes Rein, fue también un reestreno, pero lleno de vida y actualidad, gracias a una actuación magistral de Dahd Sfeir (8).
Cantares de luz, canciones y poemas de varios autores, también por Dahd Sfeir, tuvo similar calidad artística. (8).
Modisto de señoras, de George Feydeau. Un Feydeau luminoso y eléctrico, con la siempre inteligente dirección de Jorge Denevi (7).
Buenas noches Afrodita, de Mali Guzmán, con Arturo Freitas y Serrana Ibarra que es Nora Helmer después que se va de su casa de muñecas, la idea está muy mal realizada (1).
Inquilinos, de Daniel Romano, fue una comedia sobre lo cómicos y simpáticos que pueden ser los homosexuales (0).
La soga, de Patrick Hamilton, dirección de Mario Ferreira, es un thriller de salón, bien dirigido y actuado (Alvaro Armand Ugon, Gabriel Hermano) (5).
La monstrua, de Ariel Mastandrea, con actuación de Ismael Moreno. Entendemos que con esta obra se inauguró como teatro el sótano de El Mincho; lo que siguió no fue mucho mejor. La obra es un muy complicado cuento, narrado sobre la escena, acerca de una mujer atípica que comete un crimen pasional (0).
La luna los hará arrepentir, es un mal intento, por una creación colectiva, de interpretar la historia nacional: se queda en el maniqueísmo de los malvados blancos y los buenos indios. En el Florencio Sánchez, que ha tenido el ingrato privilegio de albergar a los peores espectáculos del año (Susana Anselmi, Carmen Tanco y otros) (2).
El labrador y la muerte, de Johann von Saaz, por la Comedia Nacional, con actuación de Levón y Delfi Galbiati, es un diálogo filosófico del siglo XIV sobre la muerte, ni tan bueno como para entusiasmar ni tan malo como para abominar (3).
Ven… sólo una vez, de Ingeborg Bachman, narra la historia de una ondina enamorada de un hombre; nuestro público, no acostumbrado a esos temas, pudo considerarlo una bruma germánica; el espectáculo, pese a la energía de Elke Orlob, no llega a la platea (3).
La perseguida hasta el catre, de Ana Magnabosco, es el reestreno de una obra que presentó la Comedia Nacional en el Solís, con actuación de la inolvidable Marina Sauchenco. Como sucede con las producciones de Magnabosco, esta obra es gran candidata a la peor obra del año (0).
El estado del alma, de Alvaro Ahunchaín, es un drama político-fantástico-policial sobre dos mujeres, ex militantes de izquierda, una de ellas convertida a la derecha. Bien actuado (Ana Rosa, Laura Sánchez) y con un dialogado inteligente que, no obstante, no va más allá de lo que resultaría del cruce de buenos editoriales de Búsqueda y Mate amargo (6).
¿Qué importa una loca más? Vívida antología, por Sergio Pereira, de varios sainetes de Alberto Vacarezza (5).
Obdulio… la franqueza tan temida, de Franklin Rodríguez, con Carlín y Roberto Romero, trata de la vida de Obdulio Varela, sin interés ni siquiera para los aficionados al fútbol (0).
Te quiero, che, creación colectiva del grupo Aventura, es un muy pobre colage de textos de Shakespeare y Molière sobre el amor (0).
Sombras detrás de la puerta, de Carla Larrobla, es una obra tan pretenciosa e incomprensible, como la anterior de la autora «Buscando a Matos Eralasentasa». Aquí evoca los años de la dictadura, con muchas luces, varios videos y las usuales tecniquerías. También en el Florencio Sánchez (1).
Piedras y pájaros, de Marina Rodríguez, por teatro El Galpón. Sobre la actual contracorriente de emigración del Río de la Plata hacia España. Tiene un diálogo sobrio y eficaz, emoción auténtica, muy buenas actuaciones, que incluyen a la autora. Para La Republica fue claramente la mejor obra de autor nacional de este año (8).
Una mujer sin receta verde, de Susana Hernández y Alberto Zymberg, se dio en un rincón inadecuado del «@café». El texto es pobre y a la actriz le faltan algunos años de preparación (0).
A la guerra en taxi, de Carlos Rehermann. Sobre la vida del pintor Amedeo Modigliani, con la óptica del artista víctima del «sistema». Rehermann demuestra conocimientos de plástica, abunda en luces extrañas y pone en escena a varias celebridades con las que se cruzó el artista; la ambición parece muy grande, pero le falta un propósito definido (2).
Los grandes líos de Chioggia, de Carlo Goldoni, fue una buena versión de un clásico poco conocido, bien actualizada y movida por el director Jorge Denevi (5).
Insulto al público, de Peter Handke, dirección de Jorge Curi. Con el favor de la crítica. El voto disidente de este crítico se funda en que una obra de vanguardia no puede hacerse rutinariamente, como si fuera un cierre de la fiesta de fin de año por los alumnos de cuarto año del liceo (2).
La misión, de Heiner Müller, por la Comedia Nacional, dirección de Alberto Rivero. Un libreto inspirado y por momentos brillante muestra el triunfo de la revolución a través de su fracaso. Una puesta en escena con acertados efectos visuales y muy buena escenografía enmarcaron a una de las mejores obras del año (10).
Turcaret, de Alain René Le Sage (siglos XVII y XVIII), por la Comedia Nacional, dirección de Daniel Spinno Lara. Complicado e ingenioso argumento sobre un avaro (Levón) sensible a mujeres hermosas (Gloria Demassi). La cuidadosa y bien pautada puesta en escena no logró justificar la exhumación (4).
Un orgasmo adulto escapó del zoológico (Isabel Schipani, Myriam Campos, Filomena Gentile, Silvia Novarese), de Dario Fo y Franca Rame. Cuatro esquicios humorísticos sobre la penurias de la mujer en el mundo del amor (5).
La bien pagá, de Omar Varela, con la siempre admirable Laura Sánchez. El mejor musical del año, sobre temas españoles; la anécdota sencilla pero efectiva. Gran éxito de público (7).
Cena entre amigos, de Donald Margoulies, dirección de Dumas Lerena. Comedia que hace sentir la atmósfera del siglo XXI: trata del amor y del sexo. Buena y moderna, pero el autor tiene mejores, como «Collected stories» (Historias ajenas) (7).
El buscón, de Quevedo, dirección de Marcelino Duffau. Arbitraria y desordenada versión del aburridísimo clásico (0).
No seré feliz pero tengo marido, de Gómez Thorpe, por Graciela Rodríguez, es un pasatiempo que ha tenido un notable éxito de público (3).
El vampiro en el Jockey, también llamada «El errante de Nod» (12 actores), de Ana Solari, dirección de Mariana Percovich. La obra se presentó en el ex edificio del Jockey Club de Montevideo. Solari sostiene que los vampiros son descendientes de Caín. La dirección de Mariana Percovich es más confusa que extravagante: no entendimos qué estaba pasando hasta que, de vuelta a casa, leímos el servicial libreto (3).
Memoria para armar, por teatro Circular, sobre relatos de varias mujeres acusadas de subversión que estuvieron presas (en Punta Rieles y en Fusna) durante la dictadura militar. La compilación y dirección es de Horacio Buscaglia. Gran potencia dramática y sobriedad: supera fácilmente algunos inútiles agregados formalistas del gusto del director y hasta algún episodio superfluo (10).
Convivencia femenina, de Oscar Viale, sobre mujeres aisladas en el Tigre, es una comedia que muestra su antigüedad (2).
Las brutas, de Juan Radrigán, por El Galpón. Ruda tragedia sobre tres campesinas marginadas en los riscos de los Andes, con buena interpretación (7).
Sensaciones, de Juan Jones, sobre textos de autores varios, mostró a un gran actor en plena posesión de sus medios y sobre todo, con la llama sagrada del arte maravillosamente viva (8).
La casa de Bernarda Alba, de García Lorca, dirección de María Varela devaluó y sanitizó a un poderoso y revulsivo drama (1).
A algunos les gusta así, de Eduardo D’Angelo, está en la línea del teatro popular del autor y actor, que sin embargo tiene mejores producciones. Un éxito de público (4).
Cara de fuego, de Marius von Mayenburg, dirección de Alfredo Goldstein. Fogoso drama de un notable dramaturgo alemán sobre casi todo: relaciones familiares, sexo, incesto, crimen y muerte (9).
Black machine, de Raúl Núñez. Montaje musical bien logrado, sobre la vida de Van Gogh. La obra se malogra por incurrir en gastados estereotipos (4).
Prometeo, dirección de Sergio Lazzo. Estática y discutible versión del mito, respondiendo a la superstición de la «extensión cultural» (3).
El último yanqui, de Arthur Miller, por la Comedia Nacional, muy buena dirección de Mario Ferreira, brillante interpretación (Delfi Galbiati) y un no menos brillante retorno de un gran actor (Adolfo Halty). Esta obra, que aborda frontal y eficazmente un candente tema de hoy. Escrita por un joven de 79 años, es de las mejores estrenadas esta temporada (10).
¿Quién oyó hablar de Madame Bovary?, de Carlos Manuel Varela. Pedestre comedia sobre empleada con novio y patrona profesora (1).
Benedetti, nuestro prójimo, por la Comedia Nacional, compilación y dirección de Horacio Buscaglia. Mediocre y desordenada presentación de diversos textos de Mario Benedetti, sobre la idea (?) de que todos somos Benedetti (4).
La sangre, de Sergi Belbel, es la resurrección del Grand Guignol, con la consiguiente profusión de hemoglobina. Hay buenas actuaciones (Gabriela Iribarren, Roxana Blanco, Adriana da Silva) (2).
Che Madam, de Carlos Pais y Américo Torcelli, por el teatro Circular. Pais en uno de sus momentos más bajos (2).
Una hora de felicidad, de Manuel Veiga. Obra mediocre a la que casi redime una escena de felicidad en las actuaciones inspiradas de Gabriela Iribarren y Daniel Bérgolo (2).
Swingers, el intercambio, de Marcos Suárez, fue la peor obra del año, por gran distancia sobre sus inmediatos perseguidores (0).
El hombre del conejo, de Ana Magnabosco. Es suficiente con decir que es otra obra más de Ana Magnabosco; no de las peores sin embargo, aunque más novelesca que teatral (1).
Pericles, príncipe de Tiro, de Shakespeare, por la Comedia Nacional, es candidata a varios Florencio y entusiasmó a la crítica, pero muestra que el director (Héctor Manuel Vidal) no entendió o no quiso entender la obra y que para compensar este vacío decoró al libreto con trajes, títeres y máquina de humo (1).
Diktat, de Enzo Cormann, por la Comedia Nacional, es teatro político del pesado, añejo y retórico. Diálogo de dos hermanos, uno terrorista y otro derechista (0).
La marquesa de Sade, de Mishima, es una mezcla muy inestable de Mishima con Peter Weiss (Marat Sade) y Georges Feydeau pasados por «La democracia en el tocador», de Carlos Somigliana: cada tanto sobrenada una frase bien escrita de Mishima (2).
Las esclavas del rincón, de Alba San Juan, narra un episodio sucedido en Uruguay a comienzos del siglo XIX: dos esclavas matan a su ama despótica y son ahorcadas en la Plaza Matriz. Está la anécdota sola: falta el drama (1).
Tengamos el sexo en paz, de Dario Fo, por Imilce Viñas, es una serie de alocuciones sobre el sexo, con humor y agradable superficialidad (4).
Lindas y paquetas, del español Rafael Mendizábal, figuró en buen lugar en las encuestas para el premio a la peor obra del año (0).
Lugares comunes (un actor), de Gustavo Escanlar, es un cuento, bastante previsible, sobre la vida de un joven homosexual en un barrio montevideano, contado por un actor de cara al público (1).
Paté de fua, de Fernando Schmidt, libretista de Gasalla; falta aquí un actor que sostenga sus tétricas invenciones (0).
Casanova, el cisne de Seignalt, de Gustavo Molina. Se presentó en el fondo del museo de artes plásticas Juan Manuel Blanes. Trata de poner en escena la vida del conocido seductor, que no acude a la cita sino a través de la expresiva máscara de Ernesto Laiño (2).
El muro de Berlín nunca existió, de Luis Vidal Giorgi. Ambiciosa obra que pretende elevación pero sin base; es hermética, pero no hay nada adentro (2).
Petuñas salvajes, de Dino Armas, es una comedia que cuando ya no da más la inventiva, recurre a poner en escena una fiesta, casi infantil, con música y baile (0).
Murga madre, de Lombardo y Routin, es para los que amen la murga más la murga. No tiene sentido teatral (0).
La procesión de las plagas, de Alberto Sejas. Personajes que salen de un libro antiguo al que han de volver y entretanto juzgan a un juez y aluden a procesos siniestros. Efectos visuales, montaje en la parte trasera del escenario. Como «El muro de Berlín…» como «Casanova….», como «Sombras detrás de la puerta», pertenece al género a la vez pretencioso e incomprensible (1).
Durang Durang, de Christopher Durang, es una sucesión de esquicios presentados casi siempre en la penumbra, a los que no encontramos interés ni gracia (0).
Don Pepe en el jardín, de Ana Magnabosco. Compara la época del presidente del Uruguay José Batlle y Ordóñez (Don Pepe), de trato paternal con un joven jardinero italiano, con la época actual, con el jardinero senil y su familia desbandada. Como todas las obras de la autora (0).
Nosotros los héroes, de Jean Luc Lagarce, por El Galpón. Está entre lo mejor del año. Un texto poderoso, brillantemente armado, con buena dirección (Campodónico) y actuación (Susana Castro, Raquel Diana, Sergio Lazzo) (9).
La vida real doméstica, del grupo Acapara el 522. Comedia sobre tres parejas que quieren casarse, en ese patético estilo moderno-juvenil donde todo se logra siendo joven (1).
Tan gay, de Mario Ríos. Comedia hecha e interpretada por gente que viene del Carnaval, con ingenuidad de planteo y superficialidad de actuación; a favor debe anotarse que todos los actores pisan firme y que el tema del ocultamiento de la sexualidad tiene interés (3).
El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, de Oliver Sacks, dirección de María Varela, por el teatro Circular.
El Circular vuelve por sus fueros: si en «Memoria para armar» abordó valientemente el arduo tema de la tortura que practicó nuestro Ejército, aquí trata, con un texto inteligente y una dirección ajustada, las fronteras de la locura. Notable actuación de Paola Venditto (7).
Irregulares, creación colectiva, dirección de Iván Solarich. Recopilación de diálogos que pudieron producirse en un «asentamiento», que no son mucho mejores de lo que podrían escribir los mismos marginados (2).
Babilonia, de Armando Discépolo, dirección de Júver Salcedo, festejó los veinticinco años del teatro de La Gaviota con un homenaje a un dramaturgo definitivamente del pasado (2).
Lo mejor del año
Las tres mejores obras del año: El último yanqui, de Arthur Miller, dirección Mario Ferreira. La misión, de Heiner
Müller, dirección de Alberto Rivero. Memoria para armar, dirección de Horacio Buscaglia.
El mejor espectáculo musical: La bien pagá, de Omar Varela, con Laura Sánchez.
El mejor actor del año: Delfi Galbiati («El labrador y la muerte», «La misión» y «El último yanqui»).
Las mejores actrices: Päola Venditto («Memoria para armar» y «El hombre que confundió a su mujer con un sombrero»). Gabriela Iribarren («Una hora de felicidad», «La sangre»).
La mejor obra de autor nacional: «Piedras y pajaros», de Marina Rodríguez.
Los mejores repertorios: El Galpón («Las brutas», «Piedras y pájaros», «Nosotros los héroes»), el Teatro Circular («Memoria para armar», «El hombre que confundió a su mujer con un sombrero») y la Comedia Nacional («La misión» y «El último yanqui»).
La celebración más feliz: Los 25 años del Teatro de La Gaviota. *
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