Sarna con gusto no pica pero te queda ardiendo
Todo comenzó enfrente. La televisión tilinga de la cosmopolita Buenos Aires hizo del exhibicionismo una renta, un fetiche ordinario como Emilia, aquella pupila de la Formalita que se sacaba la dentadura postiza para hacerle mejores oficios a don Benito Pérez Galdós, según contó Paco Umbral.
Esa televisión inventó a las modelos. Hoy cabe suponer que fueron y son de arcilla: no solo les desnuda el cuerpo la mente no, por razones biológicas, incorpora sin pudor su idioma de retrasadas, les hace desfilar con miradas convidantes, contonearse en boliches de onda, cruzarse de piernas para que les descubran el dos y el cuatro de la muestra, ser columnistas de programas tontos y hasta conducir otros, más tontos todavía.
Es el retablo de la exposición, sin Gomensoro ni Castells.
¿La finalidad? Exacerbar a machos golosos y perturbar a mujeres sencillotas de croché y envidia.
Hay entre los hombres dos categorías: unos, imbéciles libidinosos pegados a la pantalla y aumentando la audiencia, y otros, de billetera gorda, al comienzo solo empresarios, para crear interminables historias chanchas con un ingenioso concepto de mercado. De acuerdo al nivel del escándalo, o sea su productividad, se arman programas cuya única razón es acercar un ventilador a la cloaca abierta.
Cuando algunos futbolistas se hicieron ricos fueron travestidos, así como a personajes televisivos ideales, a objetos del olfateo sensual, febril y carnoso de estas féminas insaciables.
Nacieron entonces las botineras. Y junto a ellas pusieron sus cabecitas lo que prefiero no describir unos musculosos atletas sobre quienes cayó la leyenda, nunca contada al detalle, de una alargada virilidad.
Desde ahí, nadie tuvo paz. En la trampa cayeron quienes lo merecían y a quienes poco les importaba. Pero también deportistas de otras cualidades, hijos de buena familia y ejemplos de adolescentes y de niños.
Caso, pobrecito, de Diego Forlán.
Dicen que sarna con gusto no pica pero te queda ardiendo.
Qué pena. Claro, ¡es de carne y hueso! Sucumbió a unas finas ancas de gacela, unas piernas torneadas bajo una finísima pelusa de sol, unos pechos tallados por Miguel Ángel y una carita angelical. ¿Qué decía esa muchacha?; no necesitaba parlotear demasiado; ¿qué pensaba?; ahora lo sabe, ya metido de cabeza donde jamás pensó entrar.
Más triste aún: brotó acá una creciente columna de estúpidos y estúpidas remedando en la televisión local la fealdad moral que viene del otro lado.
Diego, hazle caso a quien le picó la sarna en reiteración real: calla, deja correr y espera, que la pesadilla pasará.
Piensa que Gardel, una vez, le cantó a la uruguayita Lucía.
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