HAMBRE

Uruguay, el país de los sánguches de mierda

Hace unos meses, la mayoría de la sociedad uruguaya se indignaba porque Martín Lema quería tener empleados públicos dedicados a controlar lo que consumían los pobres con los mil doscientos pesos de lo que llama canasta o algo así.

Por Guillermo Amoroso

Foto: Wikimedia Commons
Foto: Wikimedia Commons

Fue mucho peor.

 En una empresa, Devoto, un trabajador que cobra en mano nueve mil pesos, comió un sánguche que iban a una bolsa de basura negra.

La empresa despidió al trabajador y Mieres se tomó vacaciones.

Pasa en Devoto, en la ANEP y las ONGs de ricos que viven en La Tahona, que lucran, material y simbólicamente, con el hambre de la gente.

 Muchos, muchísimos uruguayos tienen hambre.

Tan simple y tan dramático como que te chifle la panza.

Tan simple y tan dramático como que te quieran aleccionar para que ni siquiera puedas comer de la basura.

Comida que hasta un ratito antes le ofrecía la empresa a sus trabajadores a un precio “subsidiado”.

 En Uruguay, ese país en que unos cuantos militan para que el hambre se vuelva ideología.

Porque con hambre no se puede pensar.

Y cuando no se piensa puede pasar cualquier cosa.

No les importa el sánguche.

Lo que quieren es que la gente coma mierda.

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