Crudeza y grandeza

No hay actitud antisemita en La pasión de Cristo. Mel Gibson no se aleja de los relatos de la crucifixión. Y, desde luego, en el propio fluir del relato se verá que los sacerdotes judíos encabezados por Caifás fueron quienes lo entregaron y, acaso, si a la mirada histórica se le suma autocrítica, la comunidad judía tendrá que hacerse cargo de la tortura, martirio y muerte de un inocente. Suena irrefutable, y los propios judíos que padecieron persecuciones y muertes en tantas partes del mundo y cuyo mayor impacto de horror fue el genocidio nazi, ya saben de qué se trata. O sea, que llevan la muerte de Jesús en sus espaldas.

Mel Gibson construyó un filme impresionante. Sí, literalmente impresiona. Es visceral. Trabaja la narración desde una crudeza implacable, desde un hiperrealismo en la concatenación de imágenes que llega a ser intensamente perturbador y conmovedor. Y, por lo tanto, dramático y con un despliegue de la violencia -la escena de los latigazos sobre el cuerpo de Jesús es tan revulsiva que Gibson, en su acierto de mostrar un hombre en carne viva, logra traspasar el dolor a los espectadores- que no posee elipsis alguna.

No hay gratuidad, sino una decisión del cineasta de repotenciar lo que supuso una traición y, después, una masacre con gestos sádicos de parte de los romanos. Y es, asimismo, una elección estilística que puede llegar a expulsar de sala al receptor más sensible, pero no hay duda en que La pasión de Cristo asume su crudeza (y su grandeza) sin esconder nada en su descripción del deicidio.

Hubo un Jesús (espléndido Jim Caviezel) al que lo destriparon. Y hubo una confabulación. Y una crucifixión donde Gibson trabaja el dolor encima del dolor, algo que transcurre -entre flashbacks– en el largo, tremendo, devastador periplo de Jesús cargando la cruz.

Es un filme maravillosamente revelador. Inapelable y bello. *

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