Por qué el documental “NAZA” puso en estado de alerta a las élites sionistas y militares de Israel
NAZA reabre en Israel el debate sobre la responsabilidad de las élites militares y tecnológicas en Gaza, al tiempo que pone bajo escrutinio la superioridad moral y racial que predica el sionismo.

El documental NAZA, dirigido por los israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor, ha trasladado al centro del debate una pregunta que durante años permaneció detrás de las discusiones sobre Gaza: qué responsabilidad tienen las instituciones militares, tecnológicas y profesionales, atravesadas por las élites sionistas y el discurso supremacista racial, que convierten enormes cantidades de información en decisiones operativas capaces de terminar en un bombardeo.
La película, de 80 minutos, reúne testimonios de 24 integrantes o exintegrantes de las Fuerzas de Defensa de Israel y de su aparato de inteligencia. Se estrenó el 10 de septiembre de 2026 en el Festival Internacional de Cine de Venecia, donde recibió una ovación de 24,5 minutos y posteriormente obtuvo el Premio Especial del Jurado.
El centro de NAZA no está en los dirigentes de la ultraderecha israelí ni en los colonos de Cisjordania. Su atención se dirige hacia la inteligencia militar y la Fuerza Aérea, dos instituciones centrales del aparato de seguridad israelí, y especialmente hacia profesionales altamente formados encargados de recopilar datos, identificar objetivos y participar en procesos de autorización de ataques.
Una película sobre cómo se construye un objetivo militar
El título procede de la expresión hebrea “nezek agavi”, utilizada en el ámbito militar para referirse al daño colateral. Según la explicación de los realizadores y del propio Festival de Venecia, la expresión aparece en los procedimientos para estimar cuántos civiles podrían morir junto con un objetivo militar.
En la película, esa terminología adquiere un peso central. Los entrevistados describen operaciones utilizando palabras como bases de datos, algoritmos, umbrales y generación de objetivos. El efecto es mostrar el conflicto no únicamente desde el campo de batalla, sino desde salas donde personas trabajan frente a pantallas procesando información que puede desembocar en un ataque aéreo.
La cuestión no comenzó con NAZA. Abraham publicó en noviembre de 2023 una investigación conjunta de +972 Magazine y Local Call sobre la ampliación de los objetivos de bombardeo y el uso de sistemas automatizados durante la ofensiva israelí. En abril de 2024, otra investigación detalló el funcionamiento de Lavender, un sistema utilizado para analizar grandes cantidades de información sobre palestinos.
Aquella investigación, posteriormente examinada por The Guardian, recogió testimonios de seis fuentes de inteligencia israelíes. Según esos testimonios, Lavender llegó a señalar unos 37.000 posibles objetivos vinculados presuntamente con Hamás o la Yihad Islámica Palestina durante una fase de la guerra. Algunas fuentes afirmaron que la revisión humana podía limitarse a alrededor de 20 segundos por persona.
Los límites de víctimas civiles que denunciaron las fuentes
Uno de los aspectos más controvertidos de aquellas investigaciones fue el denominado grado de daño colateral, es decir, la estimación de civiles cuya muerte podía ser considerada admisible al atacar un determinado objetivo.
Dos fuentes dijeron a +972 y Local Call que, durante las primeras semanas de la guerra, se autorizaban ataques contra determinados miembros de bajo rango de Hamás incluso cuando podían morir 15 o 20 civiles. Para algunos comandantes de mayor jerarquía, las fuentes describieron autorizaciones superiores a 100 posibles víctimas civiles.
Las Fuerzas de Defensa de Israel rechazaron elementos esenciales de esos informes. En abril de 2024 sostuvieron que Lavender no era un sistema autónomo que decidiera quién debía ser atacado, sino una herramienta para cruzar información, y afirmaron que los analistas debían realizar una evaluación independiente antes de determinar si una persona constituía un objetivo militar conforme a las normas aplicables.
Esa diferencia es importante. Una de las discusiones que plantea NAZA no consiste solamente en determinar si un algoritmo “elige” por sí mismo un objetivo, sino en establecer cuánto peso adquiere una recomendación automatizada cuando debe procesarse una cantidad extraordinariamente alta de información y cuánto análisis significativo puede realizar realmente la persona encargada de aprobarla.
Unidad 8200: inteligencia militar y alta tecnología
El documental dirige buena parte de su atención hacia la Unidad 8200, la principal organización israelí de inteligencia de señales y guerra cibernética. Reuters la ha comparado por sus funciones con la NSA estadounidense o el GCHQ británico y señala que numerosos integrantes pasan posteriormente al sector tecnológico y de ciberseguridad israelí.
Ese vínculo explica parte de la dimensión política de la película. La controversia ya no se limita a sectores radicales de la sociedad israelí. NAZA plantea preguntas sobre instituciones formadas precisamente por jóvenes altamente cualificados que, después del servicio militar, pueden continuar sus carreras en universidades, startups y compañías tecnológicas.
Un ensayo publicado el 2 de octubre de 2026 por Sebastian Ben Daniel en +972 Magazine lleva ese argumento más lejos: sostiene que la película pone en crisis la división mediante la cual parte del centro liberal israelí podía atribuir los abusos principalmente a colonos, dirigentes ultranacionalistas o sectores marginales, mientras preservaba una imagen distinta de las instituciones profesionales y tecnológicas del país. Es una interpretación política del filme, no un hecho demostrado sobre el conjunto de la sociedad israelí, pero ayuda a explicar la intensidad de la discusión que lo rodea.
De la información a la distancia moral
El problema que aparece detrás de esos testimonios es también organizativo y ético. Un sistema militar moderno divide una operación entre numerosas personas: alguien obtiene una señal, otra persona procesa información, un analista valida un posible objetivo, una autoridad aprueba el ataque y finalmente otra unidad lo ejecuta.
Esa fragmentación permite una enorme capacidad operacional, pero también vuelve más difícil identificar dónde comienza y termina la responsabilidad individual. El interrogante recuerda el concepto de “irreflexión” desarrollado por Hannah Arendt: la capacidad de una estructura burocrática para convertir decisiones con profundas consecuencias humanas en una sucesión de tareas administrativas aparentemente separadas.
La paradoja que presenta NAZA es que la tecnología puede crear simultáneamente proximidad informativa y distancia humana. Un servicio de inteligencia puede interceptar comunicaciones, observar edificios, analizar patrones de comportamiento y calcular cuántas personas hay en determinada ubicación, pero esos individuos pueden terminar representados dentro del sistema como datos, probabilidades o estimaciones de daño.
La ONU también cuestionó ataques sin advertencia
Los cuestionamientos sobre la protección de civiles no dependen únicamente de los testimonios recogidos por la película. En junio de 2024, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos analizó seis ataques israelíes con bombas de gran capacidad en Gaza y señaló que en cinco de ellos no encontró evidencia de que se hubiera emitido una advertencia previa.
El informe sostuvo que el empleo de armas explosivas con efectos extensos en áreas densamente pobladas planteaba serias dudas sobre el cumplimiento de los principios de distinción, proporcionalidad y precaución establecidos por el derecho internacional humanitario. Israel ha defendido reiteradamente que sus operaciones tienen como objetivo organizaciones armadas y que adopta medidas para reducir el daño a civiles.
Es precisamente esa disputa la que NAZA intenta llevar desde los comunicados oficiales hacia las personas que participaron en distintos puntos del proceso. Su principal aporte periodístico no es presentar un software como responsable autónomo de una guerra, sino mostrar cómo humanos, bases de datos y sistemas automatizados pueden funcionar conjuntamente dentro de una estructura militar.
La respuesta del Ejército israelí a NAZA
La reacción oficial fue inmediata. El jefe del Estado Mayor israelí, Eyal Zamir, calificó la película de “blood libel”, expresión que puede traducirse como “libelo de sangre”, y ordenó estudiar posibles acciones legales relacionadas con el documental, además de investigar la eventual filtración de material clasificado.
El 1° de octubre, las FDI publicaron una respuesta formal en la que acusaron al documental de presentar una imagen distorsionada y engañosa del proceso de planificación y ejecución de ataques. Sostuvieron que muchos testimonios proceden de personas que solo participaron en etapas concretas de procesos más amplios y volvieron a negar que la inteligencia artificial seleccione autónomamente objetivos.
La institución también rechazó una de las afirmaciones más graves recogidas en el filme: que pudiera haberse autorizado un ataque con una estimación cercana a 500 civiles muertos. Las FDI aseguraron que nunca aprobaron ni realizaron una operación en Gaza bajo una previsión semejante. La existencia de esa contradicción entre los testimonios y la versión militar es precisamente uno de los puntos que deberá continuar sometido a escrutinio documental.
Netanyahu lanza una metralleta de amenazas contra los directores
La controversia pasó rápidamente del terreno militar al político. El ministro de Cultura israelí, Miki Zohar, planteó retirar la ciudadanía a Abraham y Szor, una amenaza que fue condenada el 15 de septiembre por el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ).
Dos días después de las primeras declaraciones, el primer ministro Benjamin Netanyahu anunció que promovería una legislación que permitiera retirar la ciudadanía a israelíes acusados de difamar en el extranjero a soldados del país. Netanyahu mencionó expresamente a los realizadores de NAZA.
La película también ha recibido críticas desde espacios alejados del Gobierno. The Atlantic, por ejemplo, cuestionó parte de su construcción periodística y sostuvo que el documental proporciona poco contexto sobre el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. Ese tipo de objeciones forma parte de una discusión legítima sobre metodología, selección de fuentes y contexto histórico.
Un debate que va más allá de un algoritmo
Reducir la discusión a determinar si Lavender es técnicamente inteligencia artificial o si la decisión final pertenece formalmente a un ser humano puede dejar fuera la cuestión principal que plantea el documental: qué sucede cuando sistemas tecnológicos permiten encontrar, clasificar y procesar posibles objetivos a una velocidad antes imposible.
Los testimonios difundidos desde 2023 describen precisamente ese aumento de escala. La pregunta periodística relevante no es solamente quién pulsa el último botón, sino cómo se produce la decisión, qué información recibe esa persona, cuánto tiempo dispone para revisarla y qué criterios se utilizan para estimar el riesgo de matar civiles.
En ese sentido, NAZA ha conseguido algo que trasciende sus 80 minutos de duración. Ha obligado a discutir públicamente el funcionamiento cotidiano de una estructura que durante gran parte de la guerra permaneció escondida detrás de expresiones como “inteligencia”, “objetivos” y “daño colateral”.
Cuando Abraham recibió el Premio Especial del Jurado en Venecia, explicó que para los directores era especialmente importante que los israelíes vieran la película. La reacción política, militar y mediática posterior demuestra hasta qué punto esa discusión sigue abierta.
El interrogante que deja NAZA tampoco depende exclusivamente del caso israelí. A medida que algoritmos, vigilancia masiva y automatización adquieren más peso en operaciones militares, la experiencia de Gaza plantea un problema destinado a persistir: cómo impedir que aumentar la velocidad y la capacidad tecnológica para tomar decisiones reduzca, al mismo tiempo, el espacio disponible para evaluar sus consecuencias humanas.
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