Werner Herzog conquista San Sebastián: “Siento que formo parte de la comunidad vasca”
El Premio Donostia es la máxima distinción honorífica que otorga el Festival de San Sebastián, en España, para reconocer una trayectoria cinematográfica sobresaliente.

Werner Herzog y su romance secreto con el País Vasco
Werner Herzog no recibe un premio como cualquiera. El viernes pasado por la noche, cuando el cineasta alemán subió al escenario del Kursaal para llevarse el Premio Donostia, apenas mencionó su trayectoria, sus películas o su propia figura. Prefirió hablar de otra cosa: de los vascos y de una tierra que lo persigue desde hace más de medio siglo.
“Los vascos siempre me han intrigado. No entiendo una palabra de euskera, pero siento que formo parte de su comunidad”, confesó el realizador de 83 años, fascinado ante un público entregado en la apertura del Festival de San Sebastián.
El vínculo, contó, viene de lejos. Se remonta a 1972, cuando rodó por estos parajes “Aguirre, la cólera de Dios”. Después llegaron las pinturas rupestres de “La cueva de los sueños olvidados”, el propio idioma vasco y, curiosamente, los bertsolaris, esos poetas capaces de improvisar versos en el acto. Herzog reveló que una vez al año se sienta frente a YouTube para seguir una competencia de estos artistas: “No sé exactamente de qué hablan, pero siento que hay una comunidad de la que me siento parte”.
Un director que cruzó los Pirineos a pie
¿Cómo termina un hombre nacido en Múnich abrazando de esta manera la cultura vasca? A puro caminar, según él mismo relató. Hace años recorrió a pie miles de kilómetros desde Cannes, atravesando los Pirineos, para llegar hasta esta región. Fiel a su humor seco, deslizó una confesión que arrancó risas: “He de confesar que no me quedé en Donostia, sino en Biarritz. Lo siento”. Y remató con una frase digna de sus propios guiones: “Recibo este premio de un pueblo de poesía”.
El galardón se lo entregó Orlando Bloom, integrante del elenco de “Bucking Fastard”, la más reciente cinta de Herzog, proyectada antes de la ceremonia en el Teatro Victoria Eugenia. Bloom describió al alemán como un cineasta “excepcional”, dueño de una “voz inconfundible”, capaz de transformar el cine en una verdadera aventura: ya sea explorando los límites de la naturaleza, los rincones más oscuros de la conducta humana o esa frontera cada vez más difusa entre la realidad y la ficción.
¿Por qué Werner Herzog ganó el Premio Donostia? Un resumen punteado:
- Trayectoria prolífica: una obra monumental de cerca de ochenta títulos entre ficción y documentales.
- Exploración límite: indagar en los confines de la condición humana, la naturaleza salvaje y las obsesiones o situaciones extremas.
- Verdad extática: su visión única del cine, orientada a revelar una dimensión profunda y poética de la realidad.
- Clásicos esenciales: ser autor de obras fundamentales de la historia del cine, como “Aguirre, la cólera de Dios”, “Fitzcarraldo” o “Grizzly Man”.
Poco necesita presentarse Herzog. Lleva décadas haciendo justamente eso: ir adonde nadie más se anima y observar durante mucho más tiempo del que cualquiera resistiría.
Una noche que se animó a incomodar
La gala inaugural de la 74ª edición del Festival de San Sebastián tuvo estrellas, homenajes y figuras internacionales. Pero desde el arranque dejó en claro que este año el cine venía acompañado de preguntas que molestan.
Jeremy Irons y el productor David Puttnam subieron al escenario para rememorar “La misión”, que cumple 40 años. El filme de Roland Joffé, con Irons como protagonista, regresó al certamen cuatro décadas después de su estreno, convertido en punto de partida para debatir temas que siguen vigentes: el poder, la violencia, el colonialismo y la posibilidad de resistir. Ambos defendieron un cine capaz de brindar, en sus palabras, “cautela y esperanza”.
No fue el único momento en que la ceremonia abandonó la zona cómoda de los tributos. El Festival puso el foco sobre la situación en Gaza y respaldó a Yuval Abraham y Reichel Szor, responsables de “NAZA”, un documental británico que retrata la matanza masiva y sostenida de civiles palestinos por parte de las fuerzas israelíes durante la guerra en Gaza, construido a partir de una serie de entrevistas. Ambos se encuentran amenazados por el Gobierno israelí. Desde el escenario también se abordaron las guerras, la violencia machista, la libertad de expresión y la urgencia de enfrentar los relatos únicos y excluyentes.
263 películas para intentar entender el mundo
Quizás no sea casualidad. Durante los próximos nueve días, San Sebastián exhibirá 263 películas provenientes de 47 países, transformará la ciudad en una suerte de capital transitoria del cine y volverá a congregar a directores, actores, productores, periodistas y espectadores.
Habrá lugar, además, para una discusión que inquieta cada vez más a la industria: qué sentido tiene ir al cine cuando buena parte de las películas se consumen en soledad, frente a la pantalla del hogar o del celular y, muchas veces, entre una notificación y la siguiente. El Festival reivindicó durante la ceremonia algo tan simple como potente: ver una película en compañía sigue siendo una experiencia diferente.
Anderson, un jurado con tarea pendiente y el cierre de Akin
La velada también dejó algunos deberes resueltos. “One Battle After Another”, de Paul Thomas Anderson, obtuvo el Gran Premio FIPRESCI, que la crítica Paola Casella entregó a Carlos Prada, vicepresidente de Warner, en representación del filme.
Luego se presentó el jurado que deberá definir los premios de esta edición. Lo encabeza Ira Sachs, acompañado por Catherine Paillé, Mike Goodridge, Genki Kawamura, Bill Skarsgård, Alice Braga y Patricia López Arnáiz. Sachs aprovechó para elogiar la comunidad cinematográfica que integran el Festival, Tabakalera y la Elías Querejeta Zine Eskola.
El punto final lo puso la película inaugural, “Geister / Ghost Song”, de Fatih Akin. El director llegó al Kursaal junto a sus protagonistas, Eren M. Güvercin y Mariam Dawoud. Y así, entre ovaciones, declaraciones políticas, homenajes y el primer estreno, comenzaron oficialmente los nueve días de Festival.
Herzog se marchó con su Premio Donostia bajo el brazo. San Sebastián se quedó con una definición que quedará grabada: un pueblo de poesía.
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