HOMENAJES A EL SABALERO

Qué lindo es volver al pago cuando se ha dejado el alma

El año próximo, 2023, El Sabalero José Carbajal debería cumplir 80 años, ocasión que será propicia para tributarle una serie de homenajes cuyos planes ya están en marcha. Vaya aquí una evocación sobre su regreso al pago que lo vio nacer.

En 2023, El Sabalero José Carbajal debería cumplir 80 años, ocasión que será propicia para tributarle una serie de homenajes.
En 2023, El Sabalero José Carbajal debería cumplir 80 años, ocasión que será propicia para tributarle una serie de homenajes.

“Rumbeando pa’ la Colonia, a tres arroyos de distancia me les volqué pa’ la zurda y me la topé acostada. Mire si será cerquita que allí lo que sobra es agua. No sé si me habrá entendido yo le hablo de Villa Pancha”.

Aquella noche, cuando aún no habíamos terminado de cenar y los gurises metían alboroto disputándose el control remoto de la tv para ver su programa favorito, José, de improviso dijo: “mañana vamos a comer sábalos a Juan Lacaze, así que apronten los bolsos que nos vamos bien temprano”.

Johanna (Anke) su mujer y yo nos miramos y entrecruzamos sorpresas y alegrías. Los chiquilines…al televisor… lo olvidaron.

Al otro día tempranito, una mañana de viernes y con muy pocas horas de sueño encima, Anke, Antolín, Catalina y yo echábamos sobre el Lada las pocas cosas necesarias para acompañar al Sabalero en su retorno al pago.

Atravesamos distancias con el sol de frente y ya en la ruta con José al volante y los niños durmiendo, no recuerdo bien dónde, compramos pan casero. Más adelante cargamos nafta y más agua para el mate y quien atendía la estación de servicio, reconociendo al cantor le pidió un autógrafo: “Para la patrona, ¿sabe? Ella es una gran admiradora suya. Yo también conozco casi todas sus canciones. Gracias, muchas gracias… que tengan buen viaje” -nos despidió el hombre en mameluco con una sonrisa enorme y agitando en sus manos y con emoción el papel autografiado.

Con ese sincero augurio, con la bienaventuranza de ese hombre sencillo, de ese hombre de pueblo, seguimos el camino acortando las distancias. Esas distancias que sin embargo nunca separaron al cantor de su pueblo natal;  gentes, vivencias y paisajes que El Sabalero llevó en sus sentimientos y en sus canciones poniéndolos de manifiesto en cada rincón del mundo en donde le tocó recalar.

“La tierra nunca es ausencia cuando se lleva en el corazón. Volver es robarle al tiempo y al viento la batallita de la experiencia. La tierra siempre se aferra a los rincones del corazón”.

De pronto, casi sin darnos cuenta ya estábamos en la ruta hacia Colonia. Anke, la holandesa, tomó el volante y a su lado José, como gurí chico repetía una y otra vez “Colonia es el departamento más lindo del Uruguay. Miren -decía señalando a los costados del camino- el pasto es más fresco, más verde, los árboles son distintos…miren, miren, allá va una mulita y fíjate, por allá se ven dos perdices”.

Tomando mate para despejar el sueño y saboreando el pan casero recién horneado, ingresamos en Ruta 54 y cruzando el puente entramos a la Avenida Artigas. Estábamos en Juan Lacaze. Con sus chimeneas enormes, la papelera echada sobre el río imponía su jornada de trabajo. Más atrás, hacia el fondo, la textil parecía una ballena durmiendo. Se termina el hombre cuando suena el pito -recordé.

Es que por entonces, la vida de Juan Lacaze giraba en torno a sus dos grandes industrias. Un pueblo del Interior con características muy propias, menos rural y más obrero.

Era la hora de las chicharras cuando llegamos a la casa del Manisero y La Negra. Un hogar de pescadores con las paredes recién encaladas y un montón de cariño adentro. La tarde anterior el dueño de casa había recogido su fecunda cosecha del río.  Fritos y asados, los sábalos nos esperaban sobre una mesa grande cubierta con un mantel de hule.

Mientras se armaba el almuerzo, Antolín y yo recorrimos los juncales del pesquero recogiendo caracoles y abriendo paso entre los candelares, entre la chirca del monte.

Anke fue hasta la Casa Encantada a buscar a doña Carmen (la mamá de José) que vivía allí cerca, mientras que el cantor y poeta dale y dale, meta charlar con los vecinos.

Un rato después todos estábamos sentados en torno a aquella mesa familiar en donde los sábalos recién asados, las ensaladas, el pan y el buen tinto casero iban dejando platos y vasos para integrarse definitivamente a los comensales.

Durante la tarde recorrimos la ciudad, anduvimos por Villa Pancha recogiendo el cariño del pueblo, caminando por el barrio de Las Casillas con sus casas de techos de media agua. Visitamos al Verija y a otros viejos compinches de José.

Luego José visitó y cantó en tres escuelas. La de los Salesianos, la 100 y la 39 o 105, según el turno. En el salón de actos y en los patios, en ese recreo sorpresivo y fuera de horario, los chiquilines se arremolinaban en torno al cantor que, acompañado solamente con su guitarra, les conmovía con Chiquillada. Allí, junto a ellos, entre ellos estaba El Sabalero, el hombre que nació en un hogar humilde, en su mismo pueblo y que recorrió el mundo cantando. No sabían, claro está, que a Carbajal se le estaba cumpliendo uno de sus mejores sueños, cantar su canción entre sus niños paisanos. El hombre volvía así al centro mismo de sus raíces y devolvía a su gente todo el cariño que esta siempre le brindó. Fueron tres recitales entre túnicas blancas, sonrisas y moñas azules. Tres emotivos y afectuosos encuentros con los pibes y pibas que con o sin pantalones cortitos, en algún lugar de sus cabecitas soñaban y aún hoy sueñan ser como ese cantor que recorría el mundo y que nunca, nunca se olvidó del pago en que nació.

A la noche el Club Cycssa con sus butacas repletas recibía al Sabalero y su banda. La gente, su gente de fiesta y José conmovido. El abrazo fraterno, el saludo, los recuerdos, la puesta al día.

Era el regreso del hijo dilecto. Era el homenaje que los lacacinos brindaban a quien erigieron como fiel representante de sus alegrías y tristezas, de sus gozos y sus sombras, de sus trabajos, sus rebeldías, sus luchas y sus esperanzas.

“Venía de un pago muy frío y traía enferma mi guitarra, tal vez extrañaba el nido de cobijitas moradas donde juntos aprendimos a modelar la chamarra a semejanza del pueblo, pa´ que por el pueblo hablara”.

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