El giro de Silicon Valley: de los “progres” de la era Obama a los ultraderechistas que son hoy
De donar a Obama a financiar a Trump, Le Pen y Milei: los tecnomagnates que prometieron democratizar el mundo han descubierto que la democracia es un cuello de botella para su poder y ambición. Ahora, quieren reemplazarla por un consejo de administración.

Peter Thiel es la figura central de esta metamorfosis. Cofundador de PayPal y Palantir, Thiel ha sido el ideólogo y financiador principal del movimiento. Su fortuna personal asciende a aproximadamente 30.300 millones de dólares, según Forbes, situándose en el puesto 78 entre las personas más ricas del mundo.
Fue el primero en financiar a Curtis Yarvin en 2009, cinco años después de invertir en Facebook y seis años antes de respaldar la campaña de Donald Trump. Su relación con el vicepresidente JD Vance es particularmente significativa: Thiel donó 15 millones de dólares a la campaña al Senado de Vance en 2022, y hoy Palantir recibe contratos militares por valor de 10.000 millones de dólares del gobierno de Trump.
Elon Musk, el hombre más rico del mundo, ha experimentado una deriva política cada vez más pronunciada hacia la extrema derecha internacional. Su fortuna alcanzó los 979.700 millones de dólares en octubre de 2026, tras un incremento de 61.000 millones en un solo día. En 2024 donó más de 259 millones de dólares a grupos pro-Trump y posteriormente lideró el Departamento de Eficiencia Gubernamental. Tras su salida de la Casa Blanca, se ha convertido en un actor clave de la ultraderecha global, financiando la defensa legal del activista británico Tommy Robinson y apoyando públicamente a partidos como Alternative für Deutschland en Alemania.
Marc Andreessen, fundador de la firma de capital riesgo Andreessen Horowitz (a16z), es otro de los conversos más destacados. De haber votado por Obama en 2008 y Hillary Clinton en 2016, pasó a apoyar a Trump en 2024. Su manifiesto tecnoptimista de 2023 se ha convertido en una síntesis del pensamiento de la derecha tecnológica, con un culto explícito a la inteligencia artificial y una fe inquebrantable en el solucionismo tecnológico. Hoy forma parte del consejo de política del Pentágono y es uno de los asesores más influyentes del presidente en materia tecnológica.
David Sacks, inversor y coanfitrión del podcast All-In, se ha convertido en el «zar de la IA» de la Casa Blanca. Desde su posición como responsable de inteligencia artificial y criptomonedas, ha presionado sistemáticamente por una desregulación masiva del sector, argumentando que cualquier restricción haría perder a Estados Unidos su liderazgo global en la carrera de la IA. Sacks mantiene participaciones financieras directas en múltiples empresas de IA, lo que genera evidentes conflictos de interés.
Palmer Luckey, fundador de Anduril Industries, representa el ala más explícitamente militarista de esta corriente. Libertario autodeclarado y partidario temprano de Trump, fue despedido de Facebook en 2017 por su apoyo a grupos de extrema derecha críticos con Hillary Clinton. Hoy su empresa de tecnología de defensa es uno de los principales beneficiarios del aumento sin precedentes del gasto en seguridad fronteriza y defensa impulsado por los republicanos. Luckey es también un importante donante de los esfuerzos republicanos para mantener sus mayorías en el Congreso.
Balaji Srinivasan, autor de The Network State, es el teórico del movimiento secesionista tecnológico. Su propuesta central es que las comunidades digitales con valores afines adquieran territorio físico para crear nuevos Estados, siguiendo el modelo de los peregrinos del Mayflower. En 2025 propuso públicamente que se concediera a Elon Musk el control de una franja de tierra alrededor de Starbase, su base de operaciones en Texas, con potestad para establecer todas las regulaciones que considere oportunas. Srinivasan describe el sistema político estadounidense como un «anarco-feudalismo» y aboga por Bitcoin como moneda universal de estas nuevas entidades.

El efecto contagio: otros magnates que han virado a la derecha
Aunque se mencionó de primero, Mark Zuckerberg ha protagonizado uno de los giros más espectaculares y más infames de los últimos años. El fundador de Meta, que durante años mantuvo posiciones supuestamente progresistas y donó a campañas demócratas, ha realizado un «coming out republicano» tras el regreso de Trump al poder. Donó un millón de dólares al fondo de investidura de Trump, eliminó el programa de verificación de datos de Facebook y ha integrado a figuras de la derecha en su junta directiva. Su fortuna asciende a 256.800 millones de dólares, convirtiéndolo en el cuarto hombre más rico del mundo.
Tampoco podemos dejar de mencionar a Jeff Bezos, fundador de Amazon y propietario de The Washington Post, que ha pasado de crítico declarado de Trump —en 2016 advirtió que sus amenazas contra la prensa «erosionaban la democracia»— a aliado estratégico del presidente. Su fortuna se estima en 370.700 millones de dólares. Ha sido acusado de «torpedear» la campaña de Kamala Harris desde su periódico para congraciarse con Trump, y según informes, JD Vance le presionó directamente para que contratara a un periodista de derechas al frente de la sección política del Post.
La lista sigue, y sigue. Sergey Brin, cofundador de Google, ha abandonado su histórica afinidad con los demócratas para alinearse con la agenda MAGA. De haber descrito la campaña de Trump de 2016 como «profundamente ofensiva», ahora se ha convertido en un visible opositor a impuestos progresistas como el propuesto por el gobernador de California Gavin Newsom, contra el que ha gastado cerca de 57 millones de dólares de su propio bolsillo.
Y cómo no hablar de Larry Ellison, fundador de Oracle, es uno de los mayores donantes individuales del ecosistema Trump. En 2024 contribuyó con 45 millones de dólares a organizaciones pro-Trump, lo que le ha permitido acceder al círculo íntimo del presidente y expandir los negocios de su hijo David en el sector mediático. Su patrimonio neto se estima en 191.400 millones de dólares. Trump le ha confiado el control de TikTok en Estados Unidos, lo que según analistas convierte a Ellison en uno de los mayores propietarios de plataformas de comunicación del país.
Poco se habla del reconvertido Tim Cook, CEO de Apple, ha seguido una estrategia de apaciguamiento hacia Trump. que públicamente afirma que «no es una persona política«, ha donado un millón de dólares al fondo de investidura presidencial y ha entregado a Trump una placa conmemorativa con base de oro de 24 quilates en el Despacho Oval. Su estrategia de «cortejar» al presidente ha sido descrita como una forma de «normalizar y legitimar el fascismo» por parte de críticos dentro del sector tecnológico.
Vamos más allá: Sam Altman, CEO de OpenAI, ha virado desde posiciones liberales hacia un apoyo activo a Trump, llegando a financiar su campaña de 2024. Su aparición en el podcast de Tucker Carlson para discutir la «religión de la IA» ha sido interpretada como un intento de tender puentes con el público de la derecha radical. Sin embargo, su condición de judío y homosexual le ha convertido en blanco de ataques desde la extrema derecha más radical, que le identifica con la «élite corrupta y satanista».
Jack Dorsey, cofundador de Twitter, ha respaldado públicamente la candidatura presidencial del congresista republicano Thomas Massie y apoyó la adquisición de Twitter por parte de Musk, a quien describió como «la solución singular» para sacar a la plataforma del modelo publicitario. Su giro hacia posiciones anti-establishment y su defensa de la descentralización y las criptomonedas le sitúan en la órbita de la tecnoderecha, aunque mantiene un perfil más bajo que otros magnates.
Vivek Ramaswamy, empresario farmacéutico y ex candidato presidencial, se ha convertido en una figura prominente de la derecha tecnológica. Desde su campaña para gobernador de Ohio, ha denunciado el aumento de la intolerancia dentro del Partido Republicano, incluyendo ataques contra inmigrantes indioamericanos como él mismo. Su discurso combina una defensa de los valores hindúes presentados como intercambiables con los cristianos, con una retórica «anti-woke» que le ha valido un lugar destacado en el ecosistema MAGA.
La dimensión europea: el mismo patrón, distintos actores
El fenómeno no se limita a Estados Unidos. En Europa, un estudio de 2023 reveló que la proporción de ministros gubernamentales «tecnocráticos» o «apolíticos» se disparó un 50% entre 2000 y 2020, ocupando habitualmente los cargos más importantes. La ultraderecha europea ha adoptado un discurso que denuncia un supuesto «Estado profundo europeo» controlado por tecnócratas, al tiempo que sus propios líderes incorporan cada vez más elementos tecnocráticos a sus programas.
En junio de 2025, Marine Le Pen, Viktor Orbán, Matteo Salvini, Santiago Abascal y Geert Wilders escenificaron su unidad en un mitin en Francia bajo el lema «Fiesta de la Victoria», denunciando que la UE se ha convertido en un «imperio centralizado» que ha traicionado los valores fundacionales del continente. Paradójicamente, estos líderes que atacan a los «tecnócratas» de Bruselas son los mismos que reciben apoyo entusiasta de los tecnócratas de Silicon Valley. Musk ha respaldado públicamente a Alternative für Deutschland en Alemania, mientras que Thiel ha establecido vínculos con el presidente argentino Javier Milei y ha mantenido reuniones con el presidente paraguayo Santiago Peña.
La «Broligarquía»: un nuevo modelo de poder
La periodista y ex programadora Aya Jaff ha acuñado el término «Broligarquía» para describir este nuevo sistema de poder: una pequeña élite de hombres tecnológicos que han convertido sus intereses empresariales en razón de Estado. Este fenómeno se sustenta en varios pilares:
Primero, hay convergencia ideológica. Lo que comenzó como libertarianismo tecnológico ha derivado en un autoritarismo explícito. La creencia en la superioridad inherente de los «fundadores» y su excepcionalismo se ha traducido en una desconfianza profunda hacia la democracia representativa.
Luego, pasan a la financiación política masiva. Las donaciones de estos magnates han transformado el panorama electoral. Solo en 2024, Musk donó más de 259 millones de dólares, Thiel 15 millones a Vance, y Ellison 45 millones a grupos pro-Trump.
Más adelante, apuestan a la captura regulatoria. Figuras como David Sacks, desde dentro del gobierno, han impulsado desregulaciones masivas en IA y criptomonedas que benefician directamente a sus propias inversiones y a las de sus redes de contactos.
Siguen tomando el control de infraestructuras críticas. Las grandes plataformas tecnológicas se han convertido en las infraestructuras esenciales de la economía y la comunicación. Durante la pandemia, quedó claro que sin ellas la economía mundial se habría paralizado. Esta posición de dominio les otorga un poder de negociación sin precedentes frente a los Estados.
Y, por último, van por más agresivos proyectos de secesión territorial. Las propuestas de «Network States» de Srinivasan, las ciudades flotantes de Thiel y las colonias en Marte de Musk representan intentos de crear espacios de soberanía privada fuera del control de los Estados democráticos.
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