Poca gente, buena música
THOMAS WERNER
Las pesimistas previsiones se confirmaron y la venta de entradas no llegó a colmar las aspiraciones del organizador Francisco Yobino. Razones personales me impidieron estar presente el cuarto y último día, pero sospecho que la sensación desmoralizadora se debe haber mantenido en los espectadores con el rumor de que este sería el último festival de la serie. Veremos qué sucede en los próximos doce meses.
El jueves 10 arrancó con «invitados sorpresa»: el trío del contrabajista uruguayo Popo Romano, con Rodrigo González Pahlen (piano) y Martín Muguerza (batería) transitó desde la delicadeza del tema «Momentos de Clermont» hasta el vigor del clásico «Caravana» y recibió los primeros aplausos bien justificados del concierto. Una de las versiones contó además con la presencia del pujante baterista colombiano José Medero.
Siguió otro uruguayo, el excelente pianista José Reinoso, quien interpretó con su cuarteto temas de su último CD editado en España. Con obras de Chico Buarque, Carlos Gardel, Piazzolla y Jobim, el combo fusionó con gran sentido jazzístico las corrientes de la música latinoamericana. Contó para ello con el piano y los efectivos arreglos del director, el destacado trabajo de Horacio Fumero (contrabajo) y Carlos Giunta (batería), y el swing impuesto por el hendersoniano saxo tenor del argentino Ricardo Cavalli.
La temperatura jazzística descendió luego con una larga actuación de Rosa Passos, una simpática cancionista brasileña que debió haber reducido en varias decenas de minutos su estadía en el escenario. Nunca parecieron tan indiferentes los tres músicos habituales del combo de Paquito D’Rivera, tocando algo que pocos puntos de contacto tenía con el jazz. El sábado 12 volvieron a estar en escena.
El trío de Joe Lovano enloqueció al público. A todo vapor, el saxo tenor y sus colegas, el agitado Cameron Brown (contrabajo) y el arrollador Idris Muhammad (batería), no dejaron un segundo para el respiro. Excepto en «If you could see me now», una balada tiernamente ejecutada, el resto fue tan fragoroso como en las épocas más virulentas del free jazz. En «Portrait of Jenny» y «Lonnie’s lament» se agregó el pianista Kenny Werner, que estructuró considerables dosis de armonía en medio de tanta fogosidad.
El viernes 11 otra sorpresa: la enjundiosa Jazz Ensamble Big Band de Santa Fe, Argentina, tocando obras de Charles Mingus, Thad Jones y Maria Schneider. La banda de 17 músicos sonó bien empastada, entusiasta y con impecable sentido profesional. De sus solistas me gustaron el trompetista Marcos Giardino y el pianista Francisco Lo Vuolo. Al día siguiente volvieron a actuar con un programa confeccionado mayormente con obras de Duke Ellington, quizá para complacer a más público. En algunos temas intervinieron el veterano guitarrista argentino Horacio Blanc, el clarinete y saxo alto de Paquito D’Rivera y el feroz y violento trombón de Conrad Herwig.
Luego fue la noche de los pianistas. Primero el trío de Adrián Iaies presentó su exquisita y sensible fusión de tango-jazz a través de títulos como «Malena», «Caminito» y «El choclo». Después la armónica del casi octogenario Toots Thielemans se complementó maravillosamente con el romántico piano de Kenny Werner. Ambos improvisaron gozosamente, conversando como dos buenos amigos.
El plato fuerte fue el brillante piano de Benny Green, cuyo rutilante fraseo muestra influencias que van desde Bud Powell y Lennie Tristano hasta Oscar Peterson y Bill Evans. Creo que necesitaría acompañantes de más nivel creativo que Barak Mori y Quincy Davis, pero en el cierre del concierto, con el velocísimo «Donna Lee», se agregaron Paquito y el fenomenal guitarrista Russell Malone, y el quinteto dio el despliegue más swingueante de la noche.
El sábado 12, después de la Jazz Ensamble Big Band y de Rosa Passos, estuvo el quinteto de Donald Harrison. Los cuatro acompañantes del director son todavía jóvenes y, salvo el firme baterista zurdo John Lampkin, necesitan varios años de fogueo por delante. El pianista John Lefcoski tiene buena articulación, el contrabajista panameño Vicente Archer es nada más que correcto y el trompetista Christian Scott adora a Miles Davis y a Clifford Brown, pero le falta originalidad de ideas.
Finalmente, el cuarteto de Russell Malone, todo fuerza y vitalidad, con Richard Johnson tocando el piano en la onda McCoy Tyner, el baterista E.J. Strickland golpeando tambores y platillos como Tony Williams y el contrabajista Richie Goods oficiando de segura columna vertebral del combo. Es un placer escuchar una alucinante guitarra eléctrica que (excepto en un tema de rhythm and blues bastante cuadradito) toca auténtico jazz y que improvisa en la línea abierta por el genial Charlie Christian y continuada por Wes Montgomery, sin recurrir a reverberaciones, ecos y distorsiones varias. *
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