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El arrepentimiento de Justus Von Liebig, creador de los agroquímicos

“He pecado contra la sabiduría del creador y, con razón, he sido castigado.Quería mejorar su trabajo porque creía, en mi obcecación, que un eslabón de la asombrosa cadena de leyes que gobierna y renueva constantemente la vida sobre la superficie de la tierra había sido olvidado. Me pareció que este descuido tenia que enmendarlo el débil e insignificante ser humano”.

La ley, la cual condujo mi trabajo sobre la capa arable del suelo, dice así: “Sobre la capa superficial de la tierra, bajo la influencia del sol, se desarrollara la vida orgánica”.

Así fue como el gran maestro y creador le brindó a los fragmentos de la tierra la habilidad de atraer y mantener a todos estos elementos necesarios para alimentar a las plantas y más adelante servir a los animales, como un magneto que atrae y mantiene partículas de hierro, de tal manera que no se pierda ningún pedazo.

Nuestro maestro adjuntó una segunda ley a la anterior, por medio de la cual la tierra que produce plantas se convierte en un enorme aparato de limpieza para el agua.

A través de esta habilidad particular, la tierra remueve del agua todas las sustancias dañinas para los seres humanos y animales (los productos de composición y putrefacción, de generaciones de plantas y animales muertos).

JUSTUS VON LIEBIG  (1803/1873). Rememorando su vida y trabajo

Estampado en la enciclopedia británica, 1899; pero retirado de las ediciones siguientes…

Cuando posamos la mirada sobre la situación medioambiental actual, y el manejo de los recursos, reconocemos de que hay un montón de cosas por cambiar. Los medios de comunicación hablan sobre los problemas actuales de contaminación, explotación indiscriminada de los recursos, calentamiento global, etc.

Uno podría preguntarse: ¿cómo es que llegamos, a través de los años, a construir un sistema ecológicamente insostenible? Los hay quienes cuentan que el mismo ha sido “diseñado”; que luego de la Segunda Guerra Mundial se nos impuso una economía basada en el consumo, lo que lleva a una sobrevaloración del dinero y a una distorsión de nuestras necesidades reales, algo inculcado día a día y que deberíamos de observar.

De la mano vino la llamada Revolución Verde, ocurrida entre 1940 y 1970, cuando se comenzaron a plantar grandes extensiones de variedades resistentes de maíz, trigo y otros granos, cultivando una sola especie durante todo el año (monocultivo).

Esto último no hubiera podido lograrse de no haber sido por los aportes del químico alemán Justus Von Liebig, también llamado“fundador de la química agrícola”. Durante la segunda mitad del siglo XIX, Liebig logra cambiar el curso de la agricultura cuando demostró con sus investigaciones que las plantas requieren para alimentarse sólo elementos químicos y no partículas de materia orgánica, como entonces se pensaba. Esto significaba que compuestos inorgánicos conteniendo sólo minerales podían usarse para fertilizar los campos, y que entonces los abonos orgánicos no eran ya necesarios. Con sus 50 propuestas y sus tres leyes famosas (Ley del mínimo, de los rendimientos decrecientes y de nutrición por solubilidad) se convierte en ídolo de Münich.

Lo que también observó en sus investigaciones el Sr. Liebig, fue que la adicción de los fertilizantes minerales agotaba las reservas de los otros componentes necesarios para la vida de las plantas. Aunque no contaba con información acerca de los microorganismos como interventores fundamentales en la alimentación vegetal.

Posterior a este hecho, hubieron otras figuras notables como el Dr. EhrenfriedPfeiffer, que intentaron fútilmente frenar el avance de la química agrícola, promoviendo el desarrollo de abonos orgánicos a escala industrial; u otros comoMasanobu Fukuoka que en su libro sobre agricultura natural destroza las teorías de Liebig. Sin embargo, y a pesar de que este Premio Novel alemán expresó su arrepentimiento ante Dios por haber pecado, pensando que había encontrado el eslabón perdido de la Creación, sus teorías se reconocen con total vigencia.

La confusión de Liebig convertida en confesión en su lecho de muerte, estaba en su desconocimiento sobre la microbiología del suelo, que es una entidad viva y no un sustrato abiótico, que se compone de millones de bacterias, hongos, protozoarios, artrópodos, lombrices, que intervienen de manera fundamental en la sanidad y crecimiento de las plantas.

Pero indudablemente las investigaciones de Liebig ayudaron a resolver parte de los problemas generados luego de la Segunda Guerra Mundial, donde se incrementó la producción de trigo a más del doble en 5 años (de 700 millones de ton en 1950 a 1800 millones de ton en 1955) gracias a la “magia” de los fertilizantes químicos, los herbicidas y plaguicidas. Vale citar el ejemplo del famoso plaguicida DDT, ayer catalogado como Novel, hoy prohibido mundialmente por sus efectos mutagénicos.

Este gran impacto de la fertilización química impidió escuchar otros mensajes menos alborotados pero más coherentes como el de Steiner y su propuesta de agricultura Biodinámica, quien en cambio, fue perseguido y su centro de actividades incendiado.

En nuestros días, ya se ha ampliado lo suficiente en materia de la vida en el suelo. Ya existen métodos de detección y medición de la llamada “vitalidad” que demuestran que debemos ampliar las teorías de Liebig, aún en vigencia, y que han demostrado tantas carencias y ser responsables de la degradación de nuestro suelo y de nuestros alimentos.

La información ya no está oculta, sino que está al alcance de todos. La pregunta es: ¿Qué vamos a hacer con ella?

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