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La hipocresía del establishment mediático: el tratamiento a Churchill versus Trump

Foto: Flickr

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Las declaraciones del presidente Trump de EEUU en relación con el tema de inmigración, de una naturaleza claramente racista, rodeadas de una agresividad y grosería insultante hacia aquellos inmigrantes de origen no europeo, han causado un escándalo a nivel nacional e internacional que ha llegado incluso a inquietar al establishment político-mediático del gobierno federal de EEUU. El Departamento de Estado (el Ministerio de Asuntos Exteriores de EEUU) se ha movilizado para intentar paliar el daño causado a la reputación de EEUU que han creado las declaraciones de Trump sobre los inmigrantes y los continentes de donde derivan (excepto Europa), sea América Latina, Asia o África.

Constantemente se pueden leer artículos en los mayores medios de comunicación (como el New York Times) horrorizados con la imagen tan negativa que el presidente Trump está dando de la presidencia de EEUU.

Aplaudo esta denuncia que se está haciendo de las declaraciones de Trump sobre la inmigración, tan ofensivas y groseras para millones de seres humanos en el mundo. Ahora bien, encuentro de una enorme hipocresía que a la vez que se denuncia a Trump por tal comportamiento, se esté promoviendo por el mismo establishment mediático occidental una película que es un canto a Winston Churchill, presentado como el gran defensor de los valores del mismo mundo occidental (que se definen acríticamente como la libertad y la democracia) frente al comunismo, cuando en realidad dicho personaje fue mucho más racista (si cabe) y más vil y maligno para la comunidad humana que el Sr. Trump.

El ignorado y ocultado Winston Churchill 

Winston Churchill fue la máxima expresión del imperialismo británico y de su racismo. Declarado ferviente seguidor del darwinismo humano, consideró que su objetivo, como dirigente del imperio británico, era mantener la pureza de lo que el definió como la raza británica, diseminando toda una serie de propuestas para –según él- mejorar la raza británica, llegando incluso a establecer campos de concentración en la Gran Bretaña para personas con discapacidades, incluidas discapacidades mentales, prohibiendo su casamiento y forzando su esterilización. Alertó frecuentemente del gran deterioro que significaba para la Gran Bretaña el que se permitiera la existencia y reproducción de tales individuos, promoviendo su aislamiento con el objetivo de proteger el declive de la raza británica. A nivel internacional, defendió el derecho de lo que consideraba las razas superiores a dominar a las razas inferiores. Defendió por ello el genocidio que tuvo lugar en EEUU en contra de los indios nativos de aquel país. También defendió la subyugación del pueblo palestino, refiriéndose a tal pueblo como “hordas bárbaras comedoras de mierda de camello”.

Opuesto a la independencia de la India, indicó que odiaba a los indios, considerándolos no como humanos sino como “bestias (beastly people) con una religión para animales”. Defendió el uso de todo tipo de armas contra los oponentes al Imperio Británico, incluyendo el uso de armas químicas, indicando que no entendía las dudas sobre utilizar el uso de gas en la guerra: “Estoy a favor del uso de gas tóxico contra tribus incivilizadas… difundiría un terror vivaz”, declaraciones que hizo cuando los kurdos se rebelaron frente al Imperio británico en 1920, en el noreste de Irak.

Nada de esto aparece se muestra en la película El instante más oscuro (Darkest Hour), donde el personaje Churchill aparece como el gran defensor de la democracia y del mundo libre primero frente al fascismo y luego frente al comunismo, lo cual tampoco fue cierto en el caso del fascismo. No solo mostró clara simpatía hacia el golpismo fascista liderado por el General Franco (que se sublevó en contra de un régimen democrático, la II República, en 1936, que triunfó gracias a la ayuda militar provista por Hitler y Mussolini), sino que escribió en términos muy laudatorios acerca de Mussolini y de su persona (“¡qué hombre más extraordinario!”) y también de su régimen (“El fascismo ha prestado un gran servicio al mundo… Si yo fuera italiano, habría estado a tu lado [de Mussolini] completamente”). Y en 1935, escribió sobre Hitler, en términos igualmente laudatorios. Su agradecimiento a Franco, a Hitler y a Mussolini era primordialmente haber parado el comunismo. Se convirtió más tarde al antifascismo, cuando vio que el expansionismo de la Alemania nazi entraba en conflicto con los intereses del Imperio Británico.

De nuevo, de todo esto no aparece nada en una película que, sin lugar a dudas, recibirá todo tipo de premios. En realidad, el establishment mediático y cinematográfico estadounidense (Hollywood) que se horroriza de los insultos de Trump a los inmigrantes, le acaba de escoger como candidato a un Oscar.

Su éxito, de nuevo, es un indicador más de la enorme derechización que el mundo occidental está sufriendo, por la que mensajes extremos como el del imperialista Churchill aparecen como normales. Hay que agradecer que personas como Callum Alexandre Scott hayan publicado todos estos datos, de los que extraigo el material que utilizo en este artículo, en el excelente artículo What ‘Darkest Hour’ doesn’t tell you about Winston Churchill en Morning Star (12.01.18). Se agradecería que, en aras del objetivo de denunciar la idealización del racismo y del imperialismo, el lector distribuyera este artículo: aún mejor el original del cual extraigo los datos.

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Anexo:

La agonía del periodismo

Por David Torres* –   Público.es.

En Los archivos del Pentágono, la última película de Spielberg, hay una escena que me emocionó en lo más hondo y que para mí resume la esencia del periodismo tal y como se entendía el oficio hasta hace unas décadas. Cuando los redactores han terminado de escribir la noticia que va a abrir la portada de mañana, cuando los jefazos han discutido hasta la saciedad si se lanzan o no la piscina, cuando los abogados han rastreado de arriba abajo la letra pequeña de la orden judicial en busca de subterfugios, mientras el linotipista calienta los dedos y los operarios esperan que se enciendan las rotativas, de repente el folio mecanografiado llega hasta la mesa del corrector del estilo. Entonces el tipo se sienta, se cala el sombrero, saca el lápiz, tacha la primera palabra, añade un matiz a la primera frase, un giro a la segunda y poco a poco -la calma en mitad de la tormenta- va añadiendo en los márgenes supresiones, mejoras, alternativas.

Es casi medianoche pero no importan el tiempo, la urgencia de la primicia, la firma del reportero estrella: es el momento de la literatura. Y la literatura dicta la última palabra, el modo en que el periódico aparecerá ante los lectores, revestido de tinta, titulares y fotografías, traído hasta los kioscos en camionetas, atado en paquetes, prensado y pensado hasta la última palabra. En aquel entonces un periódico era un milagro diario, un ejercicio de escritura colectiva, un instrumento que podía zarandear un gobierno y derribar un presidente. Katharine Graham, la editora jefe de The Washington Post, cita a su marido Phil Graham: “Las noticias son el primer borrador de la Historia”. Siguiendo la estela de The New York Times, y con ella al frente, los reporteros de The Washington Post demostraron que, en lo que concernía a la guerra de Vietnam, cuatro presidentes (Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson) no habían hecho más que mentir al pueblo. Tras vencer en la primera gran batalla contra la libertad de prensa, no temieron escarbar hasta el fondo del escándalo Watergate hasta lograr la dimisión de Nixon.

Hoy ese heroísmo ya no existe y no existe por muchas razones. Hoy las noticias se leen casi en el mismo instante que se producen y todo lo que hemos ganado en rapidez lo hemos perdido en reflexión, en eficacia, en repercusión y en profundidad de análisis. La sintaxis es una facultad del alma, dijo Valéry. Por eso, la sintaxis apresurada y descuidada, las novedades que se suceden a velocidad de vértigo, los reporteros mal pagados, los becarios sin sueldo, la ausencia de ese hombrecillo con sombrero y aliento a tabaco salpimentando el texto de acentos y comas, reflejan un estado de ánimo, una rendición, una literatura pobre y escuálida donde cualquier cosa se disfraza de noticia y las verdaderas noticias pasan desapercibidas. Hoy hay periódicos como The Huffington Post, que ni siquiera pagan a sus colaboradores. El volcado en crudo de docenas de miles de páginas procedentes de WikiLeaks, sin la paciente labor de orden y filtrado previos, significa el final de una era. La compra de The Washington Post en 2013 por parte del millonario Jeff Bezos, el dueño de Amazon, marca el momento en que la prensa escrita deja de albergar anuncios para transformarse ella misma en anuncio, en marca, en tendencia, en moda.

Thomas Jefferson dijo que si le obligaban a elegir entre un Gobierno sin Prensa y una Prensa sin Gobierno, escogería la segunda opción, sin duda alguna. Hoy tenemos algo mucho peor, algo que el padre del liberalismo, Adam Smith, anunciara como la peor plaga que podía caerle encima a la Humanidad: un gobierno de tenderos. No hay mucho que un corrector de estilo pueda hacer ahí.

 

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