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  • La tragedia del Arroyo El Oro que perduró en los tiempos

    Dionisio Díaz, la increíble historia de coraje de aquel gurí manso y criollo

    Sucedió hace más de tres cuartos de siglo, el 9 de mayo de 1929, y fue uno de los hechos más trágicos de nuestras crónicas policiales, pero a su vez también, una de las más increíbles historias de amor y coraje jamás protagonizada por un niño de apenas 9 años de edad, criado entre la soledad de las praderas y las costas agrestes de un arroyo perdido en el paisaje treintaitresino a dos leguas del rancherío más cercano y a unas siete de la capital departamental.

    Escrito por: JUMA

    Domingo 19 de diciembre de 2004 | 03:05

    Con enormes ojos azules, cabellos rubios y la nariz un poco achatada y ancha, por lo que lo apodaban “El Ñatito”, aquel gurí se llamaba Dionisio Díaz, pero a partir de entonces y de la historia que recordaremos, comenzó a llamársele “El héroe del arroyo El Oro”.

    En estos tiempos de estreno de siglo, en los que justamente se pretende dar a nuestros niños y jóvenes ejemplos de conducta prefabricados, estereotipados con cuños foráneos que no hacen más que despersonalizarlos e imponerles pautas culturales bastardas, la figura de Dionisio Díaz, verdadero ejemplo de coraje criollo debería ser tratada como “materia obligatoria”. Aunque los datos reales con el transcurso de los años se han logrado confundir con la leyenda, trataremos en lo posible de recrear aquella historia. Una historia que demuestra cuál es el verdadero “valor” y adónde se asientan los principios de “la hombría”. Más que nada, hoy justamente, cuando todos estos términos se nos confunden tanto. Y como esta realidad es también leyenda, quizás podríamos empezar el relato diciendo que había una vez…

     

    El tiempo y el espacio

    En aquel año de 1929 nuestro país y el mundo sufrían hechos realmente trascendentes. Don José Batlle y Ordóñez quien fuera referencia imprescindible y obligada durante 30 años en los destinos del país, fallecería el 20 de octubre, cuatro días después las estructuras económicas del mundo temblarían con el llamado “jueves negro” que significó la caída de Wall Street en los Estados Unidos. Mientras tanto Juana de Ibarbourou lograba su apogeo al ser nombrada Juana de América y Rafael Barradas moría en silencio en una especie de mutis entre sus pinceles y sus colores. Nacía Popeye, el marino, con su lata de espinacas y con una fórmula exclusiva de café y leche los montevideanos empezaban a saborear con novelería los primeros e increíbles, para entonces, caramelos masticables que su inventor llamaría Zabala en homenaje al fundador de la ciudad. Pueblo Mendizábal o El Oro, era por aquellos años un rancherío perdido en la rústica geografía olimareña, en una zona de llanuras que caen desde unas agrestes y pedregosas serranías que llamaron luego Cuchilla de Dionisio, cerca también del arroyo El Oro, afluente de la margen derecha del arroyo el Parao. Allí en dos humildes ranchos de barro y paja, con mobiliario que no iba más allá de algún catre de guasca con jergones de cojinillos de oveja y arpillera, uno que otro escobillón de chircas secas, cajones en desuso, bancos de tronco o de cadera, candiles de grasa que dejaban un lamparón de humo en las paredes apenas encaladas y muy pocos “lujos” más, vivía el protagonista de nuestra historia, junto a su madre viuda, nieta de la primera esposa de don Juan Díaz, el viejo y Eduardo Fasciolo medio hermano de María, artesano en madera que tenía un pie de palo porque debió amputárselo tras la mordedura de una de las tantas cruceras que abundaban por aquellos pedregales.

    Con la madre de Dionisio (María) vivía (“de ajuntao”) un tal Luis Ramos hijo de un añejo enemigo del viejo Juan y al que éste nunca le perdonó a pesar de haber ya fallecido. De esa unión entre Luis Ramos y María había nacido una niña, Marina Ramos, que cuando sucedió esta historia tenía apenas un año.

     

    Un viejo y nunca olvidado rencor

    Los seis convivían “a lo pobre” entre el rancherío y la relación entre todos podría decirse que era normal, excepción hecha de los arrebatos del viejo Juan Díaz, que a veces “mamao” o no, o en unos inexplicables ataques de furia, maldecía contra todo y todos, incluso contra su fallecido enemigo “El Zurdo” y toda su descendencia, asegurando que: “¡Cualquier día los mato a todos… carajo…!”. Con quien mantenía una relación más afectuosa era con Dionisio. Solía salir a recorrer el montecito cercano con él a buscar huevos de pájaros o algún pichón de tero para alegrar el patio de los ranchos con sus griteríos. No podía sin embargo disimular su desprecio por Marina, la pequeña niña a la que consideraba heredera de la sangre del “Zurdo Ramos” el hombre con quien ni siquiera la muerte lo había reconciliado.

    Además, el anciano no podía aceptar que el “intruso” tratara de usurparle su lugar de “jefe” de la casa y por eso su carácter se había agriado poco a poco. Solía andar por los alrededores mascullando palabras agresivas y a veces también desaparecía por largas horas entre los montes tupidos de la costa de El Oro, regresando cuando ya la oscuridad llenaba el paisaje y se encerraba en su rancho sin prender ni siquiera el candil y solo la luz roja y pequeña de su pucho encendido en los labios se dejaba ver entre las sombras.

    Dionisio, que compartía el rancho con su abuelo, lo sentía llegar y se dormía escuchando sus maldiciones y sus amenazas. Había llegado a tenerle miedo y mucho más aún cuando a veces lo sentía juguetear en las penumbras con su afilado facón “caronero” que jamás se le desprendía de la cintura. A veces, el acero del largo cuchillo brillaba a la luz de la luna que se metía por los agujeros de la quincha del rancho y el niño, que casi había aprendido a dormir “a medias” con un ojo abierto igual que los bichos del campo, cuidaba siempre la mano del viejo blandiendo su faca amenazante.

    Y entonces, la noche del 8 al 9 de aquel año 1929 se desataría la tragedia. En las costas de El Parao había llovido mucho y la crecida había sacado de madre al arroyo El Oro. Un viento fuerte que arrancaba árboles de cuajo y hacía volar muchas frágiles viviendas cercanas, convertía el paisaje en algo así como el presagio de un desastre que nadie se atrevía a imaginar. Pocos podían creer que entre aquella agua desmadrada que inundaba el llano, correría también abundantemente la sangre aquella noche. Porque además, por la tormenta, no estuvieron los reflejos de la luna para alumbrar el acero del facón que el viejo blandía en su delirio ante los ojos casi siempre alertas de su nieto. *

    (Continuará el 26/12/04)

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