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El creador de Anina Yatay Salas trae a la vida a los Remigio, contadores de cuentos empedernidos

Escritor, ilustrador, maestro jubilado y abuelo son algunas de las palabras que describen a Sergio López Suárez. Pero él es, ante todo, un contador de historias empedernido. A través de la familia de Los Remigio, López Suárez da voz a diversos cuentos que demuestran, una vez más, que los niños son los seres más profundos que existen. LARED21 charló con él.

sergio-lopezApasionados por las historias, los Remigio forman una gran familia de contadores de cuentos. No importa el formato ni el tema, no importa que estén escritas en prosa o verso, lo esencial es contar, contar y contar. Las historias que integran el libro varían mucho, porque cada cuentero se expresa de acuerdo a su mundo interior. Solo hay una cosa en común entre sus historias: cada una es única, extraña, divertida y disparatada.

En entrevista con LARED21, Sergio López Suárez habló de su nuevo libro, Los Remigio Cuentan y Cuentan, de sus pequeños lectores, de su familia, de sus inicios en la literatura y de cómo vivió el pasaje de Anina a la gran pantalla.

Los Remigio son una familia de contadores de cuentos. ¿Te basaste en tu propia familia para escribir el libro?

No, no, mi familia no era tan numerosa (risas). Los Remigio cuentan y cuentan fue un desafío. Yo quería hacer cuentos con distintos estilos, por eso utilicé prosa poética, poemas sin rimas, poemas con rimas, cuentos tradicionales en prosa… Un juego de todo. Y después los uní como que los contaba una familia, los Remigio, a los que se les olvidó el apellido. Como a los padres se les ocurrió ponerles “Remigio 1” si nacía un varón, “Remigio 2” si nacía un segundo, o “Remigia 1”, “Remigia 2”… En el barrio les quedó, con los años, Los Remigio.

Es una familia de contadores de cuentos, pero no son cuenteros malos, que hacen cuentos para perjudicar a la gente: al contrario, hacen cuentos para divertir a la gente.

Tal vez tus nietos te consideren un “cuentero”, como los Remigio…

Sí, mis nietos están muy acostumbrados. Tengo documentada a mi nieta Pierina desde los dos meses, por ejemplo, concentrada mirando un libro. Cuando la vi, pensé “lo va a mirar de principio a fin”, y fue así. No solo eso, sino que miraba la página de la izquierda primero, después la de la derecha, yo la pasaba y ella esperaba quietita. Las fotos quedaron maravillosas, tenemos una secuencia… Eso fue ocurrencia de Perla, mi esposa, que quedó fascinada y empezó a sacar. Después se nos ocurrió seguir todo el proceso, hasta que ella creció un poquito, y termina manejando el libro solita. Fue muy lindo.

Esta es la primera vez que aparecen los Remigio en una de tus obras.

Sí, porque fue un invento. El nombre me vino, no sé de dónde. Incluso, no lo puedo creer, pero en Facebook hay una Marcela Remigio que tiene siete hermanos y es de Salto, mi ciudad natal. Yo le prometí que le voy a mandar un libro, porque se lo merece… Le dije que le agradezca a su padre (risas). Las cosas que ocurren son notables.

¿Creés que los Remigo van a volver a aparecer?

No soy muy de las secuelas… Capaz que hay algún libro que me tira para hacer alguna segunda parte, pero por otros motivos, no para hacer que la gente quede enganchada y tener un público cautivo que me compre. No, es porque me nace.

Además, ¡mi producción es tan distinta una de otra! El año que viene se van a cumplir 40 años de mi primer libro editado, “Stoz, el país de los UH”. Si pongo todos mis libros uno al lado del otro y los miro de lejos, si no veo que dicen Sergio López Suárez, parece una colección de distintos autores. Porque no tienen nada que ver uno con otro. Algunos sí, como los personajes del país de los UH, que se repitieron en otras historias. Pero inclusive no mantuve el mismo esquema del primero.

¿Cómo surgieron los UH?

Yo nunca pensé hacer libros. Los UH eran unas tarjetas que yo les escribía a mis amigos en una época muy negra, 1976, dictadura… Estábamos en el Palacio Salvo, nos sentábamos en cajones que sacábamos de un placar grandote que había, porque no teníamos ni sillas, y nos visitaba mucha gente que andaba en la vuelta, que necesitaba parar una noche o dos. Y era gente que a veces traía alguna alegría, porque se enamoraba, por ejemplo, y yo les hacía una tarjetita con los UH y le ponía un pensamiento. Pero hice tantas, tantas, que un día las juntaron y me dijeron “¿Por qué no hacés un libro con esto?”. Entonces seleccionamos 32 e hicimos ese primer librito, “Stoz, el país de los UH”. Lo hice más en homenaje a ellos que porque yo pensara que tuviera valor, y fíjate que fue hace 40 años y sigue teniendo vigencia. Yo creo que es porque habla de las cosas esenciales de la vida.

A mí me hizo mucho bien ese libro, porque me dio ánimo para seguir adelante. Vinieron maestras que se lo habían mostrado a los niños de segundo año de escuela, y  las cosas que decían superaban largamente a las de los adultos. Entonces empecé a tomarles una gran confianza a los niños, porque tienen la mente abierta. Yo soy maestro, además, aunque ahora estoy jubilado. Siempre fui muy cercano a los niños, siempre con una modalidad muy de codo a codo, no de maestro que sabe y va a enseñar, sino de maestro que va a aprender de los niños. Pero esa es una convención muy personal.

Y después seguiste con la literatura.

Después me invitó Ana María Bavosi, que estaba por sacar una nueva colección en Mosca, llamada “Colección para leer, disfrutar y pensar”. Tuvo 14 títulos y se inició nada menos que con la novela magistral de Roy Berocay: Pateando Lunas. Yo me encargaba de la edición gráfica, pero también tuve la suerte de publicar primero Derecho de la Naturaleza, después Haciendo Monadas, En el Barrio… Eran unos libros muy curiosos, porque para el momento eran una novedad. Tenían paginitas cortas, con una imagen, pero si levantabas una ventanita había un texto. Fue algo revolucionario en ese momento. Es más, en la imprenta me dijeron “no, esto es carísimo”, y yo les armé uno en fotocopia y les dije: “Si yo lo puedo armar en fotocopia, ustedes que tienen todos estos aparatos también”. Entonces les mojé la oreja y salió perfecto (risas).

Eso fue por los ‘90.

Sí, por los ‘90. Fue una colección de 14 títulos magistrales. Apareció Susana Olaondo, Rosina Revello, Susana Bava, que después dejó de escribir… Creo que estaba también Ana Barrios… Fue una época maravillosa. Creo que fue como ese boom que hace que cambie la literatura. No es para mandarme una parte, es porque empezó con color, con letra más grande, con ilustraciones atractivas, con un lenguaje más acorde a los niños de esta época. No quiero decir que no haya literatura infantil de antes que no sea buena, pero a los niños a veces les cuesta entender ciertas formas de expresión que corresponden a otra época.

Después de tantos años escribiendo literatura infantil, ¿encontrás diferencias entre los niños de los ’90, por ejemplo, y los de ahora?

Sí, algunas sí. Pero en lo que no encuentro diferencia es en la forma de sentir.

El otro día, por ejemplo, me pasó algo increíble: estaba hablando de Anina en una hermosa entrevista que tuve con 85 chiquilines, de primero a sexto. Me trataron con una seriedad, un respeto, que no es habitual hoy en día. Fue en el Colegio Integral Montevideo, allá en Instrucciones. Una de las niñas me dice: “Sergio, si pudieras traer a la vida un personaje de Anina, ¿a cuál elegirías?”. Yo me quedé serio y le dije: “Es la primera vez que me hacen una pregunta tan profunda, que me remueve, que me hace pensar… Dejame un momentito”. Y se hizo un silencio… Miré a las maestras, que estaban todas asombradas, y le contesté “Creo que yo traería a Giselle”. Hice una pausa y seguí: “Porque sé que Giselle iría a buscar a Anina y la traería a este mundo”.

Pero eso no es todo. Cuando la directora me acompañó hasta la puerta a la salida, le dije: “Pa, me voy impactado con la pregunta de esa niña que se llama Oriana, me dejó impactadísimo”. Y me contestó: “¿Sabés una cosa, Sergio? Esa niña estuvo 20 días en el CTI, todos los días muriéndose”. Es decir, todos los días decían “Hoy se muere”. Para mí fue maravilloso. Qué profundos son los niños.

Tienen algo que los adultos no.

Tal cual. Y además no tienen ningún reparo. Otro me dijo “¿Con qué sentís más alegría? ¿Con un premio que te den o porque venga un niño y te diga que le encantó tu libro?”. “Ay, mijo”, le dije, “no tiene comparación. Los premios son cosas, objetos… Está bárbaro, es lindo que te reconozcan, no te voy a decir que no, pero que un niño te diga ‘me encantó tu libro’ es lo más lindo que hay”. Claro, a la salida todos me decían que les había encantado mi libro (risas).

Recién nombrabas a Anina, que debe ser tu personaje más conocido.

Ah, sí, sin dudas, gracias a Alfredo Soderguit. Un día Alfredo me dice “Che, tengo ganas de hacer una película con tu libro” y yo pensé “Este tipo está loco”. Recién lo conocía, mirá la suerte que tuve… Y mirá si él estaría convencido, que convenció a más de 40 muchachos para que trabajaran. Y si vos los vieras, ¡Cómo querían a Anina! Trabajaron nueve años. ¡Nueve años! Dos años trabajó él solo con Federico Ivanier, que lo ayudó en la parte del guion, y después cuatro años y pico trabajaron todos juntos.

Yo fui a conocer el estudio, inclusive tengo una foto preciosa, que ahora la reformé porque antes se llamaba “El arca de Noé”, por un supermercado que había debajo de la casa. Y ahora se llama “Nuestro Sueño”. ¿Vos podés creer que se llame “Nuestro Sueño”? Lo único malo es que tenía unos carteles de Coca Cola, así que yo se los tapé con Anina y puse “Palermo Estudio, Rain Dogs Cine. Nuestro Sueño”, y abajo le puse “Anina”. Y es lo que corresponde, me lo guardé como un documento.

Hay que ver la película, está en YouTube. También hicieron el musical, que está precioso. Tiene unas canciones… Yo no soy partidario de los musicales, no me gustan, y fui por obligación. Pero cuando salí… ¿Viste cuando salís súper emocionado? Está muy bien hecho, muy bien hecho. Acá en la sala Zitarrosa quedó mejor, porque tenían mucho más espacio. Me vine fascinado. Fernando Amaral es un capo, ganaron tres Florencios: Mejor Actriz, Mejor Espectáculo Musical y Mejor Director.

Como que Anina vino a la vida de verdad.

Sí, ¡y fíjate que la película ha recorrido 34 países! ¡Hasta China! El otro día tuve el honor de ser invitado a ir a China, pero me tengo que cuidar mucho, hace diez años que me hice tres by pass. No estoy para viajar y crearles problemas allá, es un viaje muy largo, a una cultura muy distinta, me tenían que poner un traductor… Me parecía una grosería de mi parte, solo por decir que fui a China… Igual no deja de ser una satisfacción que te inviten. Porque conocían la película, no porque me conocían a mí (risas). Era la primera feria de literatura infantil organizada en Beijín, y querían llevar al libro Anina Yatay Salas, que fue la base de la película que ellos sí conocían. Ese era el nexo que permitía que tuviera algún sentido que yo fuera.

Debe ser interesante ver cómo lo reciben los niños allá. Alfredo me comentó todas las cosas que les sorprendieron a los niños cuando fue a Alemania, por ejemplo las tortas fritas. Y lo más lindo que me contó fue que una niña le preguntó “¿Por qué Giselle cambia siendo mala y después termina siendo buena?”. La misma niña recordó una imagen de la película, cuando Anina va pasando frente a un muro y le dice “Elefanta” a Giselle (que era la mala, la que se había peleado). En ese momento, la sombra de Giselle era una elefanta. Y, sin que Alfredo le respondiera, la misma niña dijo “Ah, ¡no! ¡La que cambió de opinión fue Anina!”. Es increíble ver hasta dónde puede llegar una película, si está bien hecha.

Para mí la película es una obra de arte, y puedo decirlo porque yo no intervine más que con la novela. A Alfredo le dije que tenía libertad total, que hiciera lo que le pareciera, porque creo que no podés estar coartando la expresión de los artistas, siendo que yo no sé nada de cine. Por ejemplo, hubo algunas historias que no aparecieron, aunque a mí me hubiera gustado que aparecieran. Pero no quedaban bien dentro del contexto de la película, yo lo entiendo. Y salió una obra de arte, por algo ganó tantos premios, más de 19.

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