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La “hora del gatillo fácil” llegó a los medios para poner en peligro la vida de la gente

Hasta que los celulares inteligentes le pusieron a cada uno el diario instantáneo en el bolsillo, al menos era necesario para la casi totalidad de los periodistas, pensar antes de publicar. Pero las tecnologías y su inmediatez galopante, no solamente dejaron por el camino las mastodónticas confirmaciones –que en realidad no han dejado de ser imprescindibles- y las sustituyeron por el “publique y tire”, una modalidad tan vertiginosa que ni siquiera las mismas autocriticas tienen tiempo de supervivencia más allá de algunas horas.

Milvana Salomone

El caso de Milvana pone al descubierto la altísima fragilidad de la vida humana en manos de los periodistas. Más allá de sacarse el sombrero, porque no hubo filtraciones policiales ni familiares ni de quienes realmente sabían lo que estaba ocurriendo a los medios, las especulaciones de los medios, atribuyendo una vez más a sus fuentes sin nombre, la verdad del momento, pone al descubierto una pregunta de fondo: ¿Y si en medio de las especulaciones, los secuestradores daban por cierto que los habían localizado y optaban por la peor de las decisiones?

Por supuesto que con el diario del lunes todos sabemos los resultados, pero ello no impide recapacitar –dos minutos en la web, harto tiempo- el espectro abierto por la especulación periodística, cuando los jefes presionan para “tener algo más” que la competencia y ese algo más no aparece. Por supuesto que los jefes no son más culpables que el gerente que presiona para que el medio sobresalga y pueda vender más, y la cadena hacia arriba que sigue….

Las autoridades jugaron bien las cartas con la prensa. El viceministro de Interior, Jorge Vázquez insistía una y otra vez que creía en la posibilidad de encontrar a la mujer con vida, pero tampoco reconocía el secuestro. ¿Debió hacerlo? Los manuales de procedimiento para investigar estos delitos opinan que no. Así lo hizo y hubo críticas por “ocultar” lo que se sabía. Como telón de fondo, la vida de alguien estaba en juego.

En un país donde el secuestro es un delito con pocos antecedentes, y sin el más mínimo ánimo de cercenar la carísima libertad de prensa, habría que llamar a reflexión –precisamente a quienes insisten en la necesidad de reflexionar sobre los acontecimientos- para que un mal día, un exceso, una audacia por la primicia, un paso más adelante para ganar una carrera en la que ahora ya no hay más triunfadores desde que Internet nos puso a todos al borde de la meta siempre, cueste mucho más que encontrar el argumento para titular una nota.

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