La propuesta es "confrontar al enemigo de clase" y definir contraofensiva del PIT-CNT
En el plano táctico los comunistas impulsarán una política de alianzas concebidas en amplitud y profundidad priorizando a las organizaciones sociales y políticas que tengan un grado de mayor aproximación a nuestros objetivos, salvaguardado siempre «nuestra independencia de clase, que nos exime de asumir compromisos y actuar responsablemente frente a nuestros aliados».
A nivel estratégico se promoverán acciones y movilizaciones concretas en demanda de empleo y salarios y por mejores y más puestos de trabajo productivos. Se apunta también a desarrollar y fortalecer la democracia sindical.
Sostiene el documento que «tendremos que trabajar en forma permanente para fortalecer nuestra herramienta y para ello promover al Secretariado Ejecutivo a aquellos representantes de organizaciones sindicales que por su capacidad y compromiso nos ofrezcan las mejores garantías para el cumplimiento de las metas que nos tracemos».
Con respecto a la Mesa Representativa del PIT-CNT se indica que «deberemos hacerla (designar sus miembros) cuidadosamente con un espíritu ajeno a toda mezquindad y sectarismo».
Autocrítica
En esta materia se realiza una autocrítica sobre la actuación de «aplanadora» que en el III Congreso llevaron adelante los dirigentes comunistas y que determinó que el resto de las corrientes, unos 500 delegados, se retiraran del encuentro. Finalmente se negoció una dirección que contempló a todas las corrientes y la «unidad» se mantuvo.
Se señala que «en ninguna organización social, política, ni tampoco en la sindical, la reconvención o reinserción de los cuadros militantes que provenían luego de más de una década de clandestinidad, del exilio, o la cárcel, fue fácil. Más complicado todavía, teniendo en cuenta a los cientos de militantes y cuadros jóvenes que se abrían paso en las estructuras, al final de la dictadura y en los primeros años en democracia.
Ya hemos hecho la autocrítica, pero conviene recordarlo: cometimos un error en el III Congreso de la Central, al no actuar consecuentemente para que este comprensible fenómeno no pusiera en peligro la unidad del movimiento. Siempre nos sentimos responsables por las herramientas de unidad del pueblo, por tanto en esa instancia estábamos obligados a tener más prudencia que nadie.
Hubo que recurrir a mucha paciencia, a la experiencia de invalorables compañeros de todas las tendencias, para finalmente salvar el escollo que fuera uno de los objetivos de la dictadura, destruir la unidad de la clase obrera y de todos los sectores progresistas. Hemos aprendido, y creemos haberlo demostrado en nuestra actuación posterior».
Un aporte
El material indica que «intenta ser un aporte a la discusión» y una colaboración «hacia un auténtico VII Congreso de sindicatos y no de tendencias». A la hora de desarrollar la parte histórica del movimiento sindical se afirma que es necesario «ubicarnos correctamente en la perspectiva del VII Congreso de nuestra central.
(Lo que) supone ser capaces de reconocernos a nosotros mismos, con nuestros aciertos y nuestros errores, para superar nuestras carencias y poder, a partir de allí, avanzar en organización y acción en concordancia con lo que la hora actual nos reclama».
Historia de la unidad
La experiencia unitaria de nuestro movimiento sindical, forjada en grandes luchas y en el aprendizaje de aciertos y errores durante las décadas del ’40 y ’50, alcanza su madurez en la década del ’60. El Congreso del Pueblo en 1965 sentó las bases programáticas, organizativas, y de amplitud, que generaron las condiciones que se venían madurando para la unidad del conjunto del movimiento sindical, primero y de la izquierda después. En 1966 se constituye la CNT, Convención y Estatutos posibles para una unidad imprescindible, concretando la aspiración de muchas generaciones de militantes sindicales y sociales. Se enmarca en un proceso de agudización de la lucha de clases, de un Uruguay que asistía a la muerte «del país batllista» y acunaba en su seno, el engendro de la dictadura fascista.
Unidad que no se decretó, que se tejió en la experiencia de la lucha, que se plasmó en las fábricas, en las oficinas y en las aulas, en el encuentro y reconocimiento de miles en las calles, reclamando salarios y leyes sociales, libertades democráticas y autonomía para la Universidad, que fue uniendo lo reivindicativo a lo programático y convocando en torno a ella cada vez más amplios sectores sociales.
Unidad en el marco de una América Latina sacudida por la revolución cubana, de confrontación entre sistemas socioeconómicos, del despertar de millones de hombres y mujeres que protagonizaban una lucha decidida contra el colonialismo, amalgamados en sólidos movimientos de liberación nacional.
Unidad al fin, que se nutría de la experiencia nacional e internacional, que fue la respuesta de los obreros y asalariados a la clase dominante y al imperialismo y, que tuvo la virtud de albergar en su seno a la intelectualidad, a la cultura, a los sectores medios, es decir, a todos los que estaban condenados a padecer más explotación y marginación en la reestructuración capitalista que comenzaba a operarse.
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