Regresa el peronismo
El empujón final se lo dieron las capas medias en su inédita salida a las calles exigiéndole su dimisión y elevando el repudio a toda la dirigencia política y la violencia de saqueos espontáneos e inducidos por varias manos.
Que más de dos docenas de muertos hayan pavimentando el camino para que al menos en lo inmediato el peronismo regrese al gobierno con uno de sus hombres con peor imagen, no parece un buen comienzo para estar a tono con el clamor popular. Tampoco el haber impuesto un acto electoral por medio de la ley de lemas, para resolver la dura interna del peronismo.
La herencia legada por la administración echada hubiera requerido de un gobierno de amplia base con gran consenso parlamentario y programa compartido que iniciara un viraje de doce años de modelo neoliberal, sea con color peronista-menemista o radical delarruista, con las consiguientes complicidades de sus partidos, aunque en el caso del radicalismo, ya se sabe, De la Rúa acabó como un ajeno.
Adolfo Rodríguez Saá será presidente por poco más de 60 días, el tiempo ajustado para las elecciones, donde el peronismo espera quedarse con el resto del mandato que no concluyó el gobierno fracasado. Su nombre se consagró ante la negativa de su conmilitón partidario y de tendencia interna, Ramón Puerta, porque este quería ser presidente por dos años. O sea tener el tiempo necesario para intentar hacer cambios para que el huracán de la crisis no se lo lleve como al que ya fue. Es una perspectiva que obsesiona al ex gobernador de San Luis, hombre de prosapia conservadora, que se hizo peronista en su juventud y conoce todas las artes para mantenerse largo tiempo en el poder. Gobierna su provincia como un feudo desde 1983 con una diferencia sobre otros de sus compañeros: impulsó la industria y tiene la tasa de desocupación más baja del país, Como el brasileño Adhemar do Barros, podría hacer pintar la consigna «roba, pero hace».
Con estilo clientelista
El nuevo presidente es integrante de la Liga Federal de gobernadores peronistas, el «chiquitaje», en la jerga del PJ, todos con el dominador común de gobernar las provincias más pobres, manejadas con criterio clientelista en todas las ocasiones y en otras con estilo de los señores feudales, donde el apego a las instituciones democráticas y respeto a la independencia de poderes apenas figura en los manuales escolares.
La Liga quería, como Carlos Menem, Puerta y el senador Eduardo Duhalde por un lado, los radicales por el suyo y el establishment por el propio, que la Asamblea Legislativa eligiera un presidente que cumpla el mandato pendiente. Hay razones diversas para ello: desde las necesidades personales de Menem de tener que aguardar hasta 2003 para intentar regresar a la Rosada o la de los radicales que no están en condiciones de tener una chance mediocre en los comicios del 3 de marzo. El poder económico teme que las próximas semanas estén signadas por la lucha electoral y no por el abordaje de los problemas. Claro, como el que ellos quieren y presionan.
Duhalde se sintió con tanta seguridad que sería el nominado, porque fue el más votado en octubre, tenía canales abiertos con los radicales (y no sólo con ellos), la CGT y un sector del empresariado criollo para gobernar en coalición con un programa común y llegó a bosquejar un gabinete.
Pero los gobernadores de Buenos Aires (Carlos Ruckauf) y Córdoba (José Manuel de la Sota), primero, más el vacilante respaldo del de Santa Fe (Carlos Reutemann), conformaron un bloque que impuso las elecciones anticipadas. Imposible una salida sin ninguno de los tres grandes.
Ruckauf y De la Sota tienen necesidades perentorias para llegar al gobierno nacional. Sus provincias arden o están al punto de ello, aunque en el caso del bonaerense, aún no melló su popularidad pero le abrió una herida a Duhalde. El viejo gobierno lo sindicó como el gran desestabilizador con una rama sindical y con intendentes que alentaron los saqueos de los carenciados.
El cordobés es el inventor de hacer votar una ley de lemas que resuelva la interna peronista, aunque ese instrumento puede poner en la Rosada un presidente con menos del 20% de los sufragios. Han puesto el carro delante del caballo: antes que resolver la crisis, dirimir la interna.
Pero los gobernadores y legisladores arribaron a un acuerdo de programa, un gabinete panperonista para que el vencedor en marzo continúe lo que inicie Rodríguez Saa. Eso sí: tienen que sortear que el Parlamento apruebe la ley de lemas poco compatible con la Constitución. El peronismo solo no tiene en Diputados los votos necesarios.
Realidades y frustraciones
Como la revolución de terciopelo en Checoslovaquia a fines de los 80, las capas medias sellaron la suerte del ex presidente pacíficamente. Su ira fue acumulativa de agravios por promesas de transparencia, justicia y mejor calidad de vida, que fue desbordada por la medida que afectó sus ahorros porque como decía Juan Perón, «la víscera más sensible es la del bolsillo». Por ahora no hallaron a su Havel que las comprenda. Alguien, no sólo Carrió, lo intentará.
No es el caso de Rodríguez Saá. El ni nadie, además, puede devolver los plazos fijos, ni en pesos y menos en dólares, por lo que su inicio de gestión cuenta ya con cacerolazos en perspectiva, los mismos que no quiso oír De la Rúa. Puede ser más sencillo implementar bonos alimentarios u otras maneras de auxilio para calmar a los más carenciados que satisfacer las demandas por trabajo para el proletario de siempre o a las capas medias arruinadas en los últimos años.
Sus consignas fueron sincréticas y, en ocasiones, con fuerte tono contra la política, no solamente los políticos: iras contra el Parlamento como responsable de la crisis, que es el discurso del capital concentrado que así elude sus responsabilidades en el fracaso de Argentina como país y la ruina y desesperación de la mayoría de sus habitantes.
Los muertos son casi todos pobres o desocupados. O militantes de izquierda dura, que creyeron que los reclamos constituyeron el esperado «argentinazo» que daría paso a un gobierno de nuevo tipo, casi siguiendo los moldes de octubre de 1917 en Rusia. Ni siquiera está Kerensky en el poder sino una rama peronista conservadora de raigambre clientelista. Fueron provocados y la Policía no escatimó en balas y actuaron civiles armados, a guisa de «escuadrones de la muerte». La reacción es conocida: saqueos e incendios de almacenes y bancos y el pánico de los que comienzan a recitar que hay vacío de poder y añoran a los militares, que están por ahora fuera del juego.
Argentina va a la cesación de pagos, renegociará la deuda externa y pedirá una moratoria para abonar intereses. Espera encontrar apoyo norteamericano para ese paso increíble hasta hace poco. La promesa del mandatario provisorio de mantener la convertibilidad es falaz. O es más de lo mismo porque el uno por uno requiere del déficit cero, una de las causas del derrumbe de Domingo Cavallo, que saltó de ser el Mesías del mes de marzo a convertirse en el hombre más odiado del país, o la promesa esconde la introducción, esta vez nacionalmente, de una nueva moneda, al estilo del Patacón bonaerense o los Lecop que usan varias provincias.
Lo que puede ocurrir
Se espera una emisión por cinco mil millones de pesos en esos papeles no convertibles. Fácilmente irá depreciándose, al ritmo de la devaluación postergada del peso, que no se menciona, ni se habla de dolarizar. Aún son genéricas las medidas de reactivación y hay un ajuste pendiente para que el FMI respalde el programa.
El peronismo cree tener atado el triunfo. Es probable que así ocurra, pero puede encontrarse con la sorpresa de un
nuevo boicot en las urnas, como el que vivieron aliancistas y justicialistas en octubre o con una coalición en torno a Elisa Carió, la promotora del ARI, que está decidida a darle batalla electoral al PJ en marzo con el Frepaso, el Polo Social, socialistas populares, corrientes de izquierda histórica e independientes y sobre todo con la mirada puesta en los sectores que ganaron las calles en busca de otro destino.
El radicalismo vive su crisis más profunda, camino a deshilacharse entre caudillos locales, con la perspectiva de que su base electoral de capas medias pueda encontrar en Carrió una perspectiva. Dependerá de la propuesta de la combativa legisladora, que en octubre no pudo ser la atracción de los descreídos que optaron por el voto bronca, estéril acaso, pero que no descifran el modo en que Carrió quiere construir política. Son elucubraciones. Lo real es que si este interregno peronista no se despeja del lastre neoliberal, ahondará la crisis sin opciones de relevo dentro del elenco clásico. Todo recién comienza. *
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