El cardenal alemán Joseph Ratzinger es el nuevo papa Benedicto XVI
El cardenal protodiácono chileno, Jorge Arturo Medina Estévez, fue el encargado de presentarlo a los 1.100 millones de católicos del mundo con la secular fórmula «Annuntio vobis gaudium magnum Habemus Papam» (Os anuncio una gran alegría, tenemos Papa).
La emoción y las lágrimas eran visibles en muchos de los rostros de las casi 200.000 personas que afluyeron a la plaza después de que la fumata blanca y las campanas de San Pedro anunciaran al mundo la elección del nuevo Papa alrededor de las seis de la tarde (16H00 GMT).
«Estamos recién casados y este es nuestro mejor regalo de boda», dijo Jesús Domínguez, un argentino de Córdoba que vino a Roma de luna de miel con su esposa Tania. «No pensábamos vivir un momento parecido», exclamó extasiado.
Ratzinger, ex guardián de la doctrina de la fe e ideólogo del bloque conservador, fue el brazo derecho para los asuntos eclesiales del difunto Papa polaco, en cuya elección participó en 1978, y el gran favorito para sucederlo en este primer Cónclave del tercer milenio, que comenzó el lunes y fue uno de los más breves de los de los dos últimos siglos.
El decano de los cardenales fue elegido por una mayoría de dos tercios de los electores -fijada en 77 votos- en la cuarta votación de este Cónclave en el que participaron 115 purpurados de 52 países de los cinco continentes, entre ellos 20 latinoamericanos.
La misa de inicio del pontificado de Benedicto XVI se celebrará el próximo domingo a las 10H00 (08H00 GMT), pero desde este mismo martes irá asumiendo gradualmente sus nuevas funciones.
El 265º pontífice de la Historia tendrá la difícil labor de reemplazar al mediático Juan Pablo II, fallecido el 2 de abril a los 84 años y tras casi 27 de pontificado, y de afrontar las múltiples amenazas y desafíos de la Iglesia en los albores del tercer milenio.
Para sus partidarios, Ratzinger es el candidato ideal para tomar las riendas de la Iglesia post-Juan Pablo II, quien según ellos fue demasiado lejos en el diálogo interreligioso y en el arrepentimiento de la Iglesia por sus actos pasados, y consagró demasiado tiempo a los viajes por el mundo.
Desde su posición anterior como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe -heredera de la antigua Inquisición-, Ratzinger luchó contra todo intento de modernizar la Iglesia Católica, por lo que se espera que lleve a cabo una política continuista durante su papado, que no debería ser demasiado largo a causa de su edad y delicado estado de salud.
En su última homilía, pronunciada el lunes durante la misa «Pro eligendo Papa» previa a la apertura del Cónclave, el nuevo Pontífice dejó clara su posición sobre la Iglesia que quiere y arremetió contra la «dictadura del relativismo, que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus deseos».
«Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, es con frecuencia etiquetado de fundamentalismo. Mientras el relativismo, es decir, el dejarse llevar de aquí para allá por cualquier viento de doctrina, aparece como la única actitud a la altura de los tiempos modernos», aseguró el cardenal ante los fieles y religiosos que abarrotaban la nave central del templo.
Entre las tareas más inmediatas del nuevo Papa estará decidir si abre el proceso de beatificación de Juan Pablo II, primera etapa de la canonización, respondiendo a una de las principales demandas formuladas por los millones de fieles que acudieron en peregrinación a Roma para sus funerales.
La mayoría de expertos esperan que prosiga la labor de su antecesor en la defensa de los derechos humanos y la promoción de la paz mundial, aunque nada librará al nuevo Papa de buscar soluciones a los problemas internos que se agudizaron en las tres últimas décadas.
El nuevo Pontífice tendrá que escuchar las numerosas voces que dentro de la Iglesia denuncian el excesivo centralismo, el enorme poder de la Curia Romana y la falta de diálogo con los obispos y las bases.
Otro de los problemas acuciantes de la Iglesia que él mismo ayudó a construir es la deserción de los templos, provocada por una secularización creciente de la sociedad, en particular en el primer mundo.
En el tercer mundo, el Papa deberá abordar el éxodo de los católicos a las nuevas iglesias evangélicas que surgen especialmente en América Latina, que esperaba un Pontífice más progresista y no al hombre que cercenó la Teología de la Liberación en los años ochenta.
Y en asuntos doctrinales, su gran especialidad, heredará una larga lista de polémicos temas pendientes como el celibato opcional de los sacerdotes para tratar de paliar la crisis de vocaciones, la mayor participación de las mujeres en la iglesia, la planificación familiar, el uso del preservativo para prevenir el sida o los desafíos de la bioética.
Pero en este terreno tampoco se esperan muchos avances. *
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