análisis internacional

Las pistas falsas del 11 de marzo madrileño

La conferencia de prensa de Aznar al día siguiente de los repudiables asesinatos colectivos en Madrid fue un intento (fracasado) de justificar la actitud de su gobierno que desde la primera hora acusó a ETA, sin ninguna prueba. El ministro del Interior, Angel Acebes, dijo: «No hay duda de la autoría de ETA». En las horas siguientes, esta versión se desmoronó por los cuatro costados, y surgieron evidencias en sentido contrario. Pero el jefe de gobierno la retomó, en actitud incalificable, para sacar un crédito mezquino en las elecciones de hoy del drama que enluta al pueblo español y agravia a la humanidad.

 

Maniqueísmo, mentiras y objetivo electorero

La canciller Ana Palacio, que ha asumido la ímproba tarea de defender la actitud de España a la rastra de EEUU en la invasión a Irak, ordenó a los embajadores atenerse precisamente a esa acusación del gobierno, que la TV española reprodujo sin interrupción durante dos días enteros: «Es necesario que los embajadores recuerden las declaraciones del ministro del Interior, Angel Acebes, que acusan directamente a ETA», fue la orden cursada urbi et orbi.

El razonamiento que sustenta esta tesitura es absolutamente maniqueo, y en su primitivismo insulta a la inteligencia y al sentido común. Se reduce a la afirmación de que, dado que el grupo separatista vasco perpetró diversos atentados y es acusado de otros intentos recientes, también es responsable de los hechos del 11 de marzo. Desde el gobierno llovieron improperios contra Arnaldo Otegi, de la ilegalizada Batasuna, cuando declaró que su sector «no contempla ni como mera hipótesis que ETA esté detrás de lo acontecido en Madrid: ni por los objetivos ni por el modus operandi».

En cambio, todas las evidencias apuntan en otra dirección. Si existiera una lógica estricta en estos hechos, habría que señalar su continuidad con recientes atentados, todos ellos reivindicados por Al Qaeda y sus variantes: el arrasamiento del templo judeo-masónico de Estambul por el escuadrón de los Jund Al-Qods (los soldados de Jerusalén) y el anterior atentado contra dos sinagogas de la ciudad turca; el ataque en que murieron 19 soldados italianos en Nasiriya, sur de Irak, en noviembre; los antentados contra centros estadounidenses en Arabia Saudita y las amenazas reiteradas contra Gran Bretaña, Italia, España, que respaldaron la invasión de EEUU a Irak. La reivindicación de Al Qaeda publicada en el periódico árabe Al-Quds Al-Arabi de Londres, firmada por las Brigadas de Abu Hafs Al-Musri (número 3 de Al Qaeda, muerto por los yankis en Afganistán) habla de «ajustar viejas cuentas con España, el cruzado y aliado de (Norte) América en esta guerra contra el Islam» y menciona «los asesinatos de nuestros niños, mujeres, ancianos y jóvenes en Afganistán, Irak, Palestina o Cachemira».

 

Los antiterroristas disfrazados

Es que estos hechos no pueden separarse del terrorismo practicado por las tropas españolas en Irak, como escudero de EEUU, y de otras formas de terrorismo, incluido el terrorismo de Estado, practicadas ayer y hoy. La condena sin atenuantes al 11 de marzo madrileño, cuya dimensión de horror veíamos en los rostros que desfilaban por la pantalla y nos apretaban el corazón (alguien recordó la cercanía de la estación de Atocha con el Guernica de Picasso en el Reina Sofía), no pueden disimular, convalidar ni blanquear otras formas de terrorismo. Ni justificar a quienes se suben al carro denostando a ETA, cuando en su hora sostuvieron al régimen dictatorial que mató, torturó e hizo desaparecer a miles de nuestros compatriotas. O de quienes alegan: «sabemos lo que es sufrir el terror», y es cierto, pero dejan en la sombra el terrorismo reconcentrado en los últimos días del gobierno de Sharon, con matanzas de decenas de palestinos, niños incluidos, en Gaza y el campo de refugiados de Jenin.

 

La noble solidaridad

Las muestras de solidaridad con las víctimas, españolas y de otras once nacionalidades, que cubrieron en demostraciones multitudinarias a toda España y las capitales europeas, han rescatado la condición humana en estos días de sufrimiento colectivo. Los madrileños acudieron en masa a donar sangre, aportaban frazadas y abrigo.

Se siente una voluntad generalizada de detener el terrorismo en sus diversas formas, que amenaza la existencia de los seres humanos en todas partes. «Me duele el alma», decía una manifestante. A 2 años y medio exactos del 11 de setiembre, el mundo está viviendo una escalada de acciones terroristas y guerras preventivas, desconocida por su magnitud y continuidad. Si algo va quedando claro es que la lucha contra el terrorismo debe alcanzar dimensión universal, con participación decidida de los pueblos, y por métodos democráticos. En ningún caso con la acentuación del terrorismo bajo otras formas y el pisoteo de los derechos humanos. *

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