Entierran a los muertos en medio del luto y el dolor

Funerales en cadena en Madrid

Al menos treinta habitantes de la ciudad, de 185.000 habitantes, murieron durante los atentados del jueves. «Alcalá está rota», declaró el alcalde Bartolomé González al salir de una misa por las 200 víctimas de la masacre.

Cerca de un millar de personas, tanto familiares de las víctimas como particulares, llenaron un polideportivo transformado en iglesia, donde Jesús Catalá, obispo de la ciudad, situada a 35 km de Madrid, celebró los funerales de dos de las víctimas, una empleada de una empresa de telecomunicaciones y un militar, padre de dos niños, uno de ellos de nueve años.

La ceremonia, muy sobria, quiso ser un homenaje a todas las víctimas del 11 de marzo, el 11-M español, a «todos los que han perdido la vida en este trágico y cruel acto criminal», según monseñor Catalá, que aseguró durante su homilía que «las víctimas del terrorismo no han desaparecido, siguen vivas entre nosotros hoy».

«Los terroristas han ofendido a nuestra sociedad (…) Todo Alcalá, todo Madrid, toda España y el mundo han expresado su rechazo al terrorismo. Frente a esto, la actitud serena de las instituciones democráticas es una garantía para nuestra coexistencia», proclamó, reclamando justicia.

A pesar del frío marco que supone el gimnasio en que se desarrolló la ceremonia y donde se había colocado una gran cruz de madera bajo las canastas, la emoción fue in crescendo hasta que los asistentes rompieron su digno silencio con un largo aplauso de cerca de un minuto.

«Los españoles estamos acostumbrados al terrorismo de ETA, incluso aunque los últimos acontecimientos hayan sido toda una sorpresa y no conozcamos todavía a los autores. Somos solidarios y sabemos mantener nuestra solidaridad», afirma Mariano Vela, de 42 años, maquinista de la línea de trenes suburbanos objetivo de las bombas del jueves. Los presentes, mayoritariamente habitantes de Alcalá, la ciudad donde nació Miguel de Cervantes, han venido al igual que él por solidaridad.

«No conozco a ninguno de los muertos, pero me imagino lo que sienten los familiares, esto podría haberle pasado a cualquiera de nosotros», afirma, antes de añadir: «para mí, el dolor es todavía mayor porque se trata de gente a la que he transportado, estaba en contacto con ellos todos los días».

Un joven seminarista de Alcalá, Luis Eduardo Morena, se aferra a una corona de flores y llora, «no los conocía pero es como si así fuera», dice señalando los dos féretros. En el cementerio la entrada está completamente colapsada por los cortejos fúnebres de cinco entierros y tres incineraciones. Tres cuerpos más estaban siendo velados para ser trasladados a las ciudades que un día los vieron nacer. *

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