Lunes de criollas

Mucho barro y lonja

–«Tiempo ‘el diablo…» dijo uno por allí, pensando quizás en todo lo que allá en sus pagos hizo falta esta misma agua y se la descargaban justo ahora que «andaba de criollas».

A media mañana, y cuando los costillares chirriaban ya en las parrillas, tímidamente el sol –que debe ser gauchazo sin lugar a dudas– comenzó a calentar de a poco. Y para el mediodía, ya el cielo se había limpiado y apenas uno que otro nubarrón grisáceo se empecinaba por hacerle ver amenazante. Cuando llegó la hora del primer campanazo, ya andaban por los alrededores cientos de personas, esperando que la fiesta empezara. En el Prado –más resguardado y con senderos asfaltados– la caminata se hacía más fácil que en el Roosevelt, entre los eucaliptales y el suelo arenoso, donde algunos andaban a las costaladas y hundiéndose hasta los garrones. Más de un mocasín ciudadano, quedó enterrado por allí o algún elegante zapato de taco alto que alguna dama desprevenida (o muy coqueta) se atrevió a ponerse para ir a la criolla.

Y comenzó la fiesta

Cuando llueve mucho –como en la víspera del lunes– la pista de jineteadas –el ruedo– se hace más dificultosa tanto para los potros como para los jinetes. Los bravos animales no encuentran apoyo para afirmarse y muchas veces costalean poniendo en peligro la integridad del jinete o simplemente desluciendo lo que pudo haber sido una buena faena.

Hay tropilleros que a algunos de sus reservados, suelen no «darlos» en monta cuando la pista está resbalosa. Y sus razones tienen.

Los jinetes por su parte, en las caídas, además del «porrazo» (que eso ya está en los cálculos previos) quedan con sus pilchas a la miseria de embarradas, cosa que lo obligará –gaucho y todo– a lavarlas y secarlas como pueda para volver a usarlas, porque no son todos los que andan con un ropero encima.

No hubo mucho público ni en el Prado ni en el Roosevelt. Además de ser lunes –día laborable ahora para muchos– el tiempo no estaba nada católico según dijo una señora al pasar.

Muy temprano, la gente se fue acercando a los galpones en el Prado y a las enramadas y la carpa en el Roosevelt, como para protegerse del frío que empezó a sentirse en la tardecita y de paso, conseguir un buen lugar para presenciar los espectáculos.

Lentamente se iban encendiendo las luces en las distintas peñas del añoso predio de Buschental.

Un paisano con barro hasta en el barbijo del sombrero, se afirmaba al mostrador y mientras empinaba el amarillento contenido de un vaso, le decía a otro que estaba cerca suyo con ocupación «vi’a tener que limpiarme las pilchas…»

Y echando mano al cinto criollo, con una rastra de plata y oro bien gauchaza, en lugar del facón, sacó un teléfono celular, levantó la antenita y marcó un número: –«Hola (dijo) ¿con el lavadero?… ¿hasta que hora está abierto para llevar algo de ropa para lavar urgente…?

(Y… lo que pasa, es que no sólo los gauchos de ahora no son como los de antes, sino que la famosa «globalización» nos viene acogotando).

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