Los radioteatros y sus viejas magias
Siempre fue así y así lo será por siempre. Por eso mismo ante una obra, sin importar la forma, ya sea ópera, película o canción, que nos «toque», todos nos conmovemos. Allí reside la vieja magia, en «tocarnos» a fondo, para vivir otras historias, ser nosotros esas historias.
Y esas viejas magias, allá en los viejos tiempos, las encontrábamos en los mitológicos radioteatros. Esos que supieron calar hondo en la sensibilidad de los montevideanos. Bastaba acercarse al comedor de la antigua casa, sentarnos al lado de la enorme radio «de capilla». Nos estamos viendo girando la perillita del dial y aquellos seres que daban su pasión a lo que tanto amaban, al teatro, a conmovernos, ya estaban junto a nosotros. Sus «dramones», nuestros dramas, latían con fuerza. Todos se agitaban con las peripecias de los galanes, sus enamoradas, los villanos, los infortunios y las maldades.
Nuestra memoria, que «se la tira» de actriz, nos mira de reojo. Sonríe y finge una vergüenza que no tiene. Sube al escenario de un Montevideo «que fue» hace muchos decenios atrás. Comienza a hacerse la estrella, como una «prima donna» caprichosa.
Titubeantes la seguimos, también nos trepamos a las tablas y siguiéndole el tren también gesticulamos nuestra letra. Nuestros recuerdos, que hoy dedicaremos a los pioneros del radioteatro. Gente linda que entregó sus vidas a la pasión por conmover a los vecinos de una ciudad de casas bajas, estremeciendo el fraterno corazón de los barrios populares del ayer.
Epocas de fonoplateas. Con oyentes haciendo «colas» muy temprano porque querían participar de cerca, ser activos espectadores de sus novelones favoritos. Un punto culminante fue la enorme fonoplatea que llegó a construir la CX 14, a la altura de Soriano y Yaguarón, pero mucho antes hubo otras, más modestas, con luchadores elencos de bohemios con talento. Sobre sus historias, hoy quiere «payar» esta memoria entrometida y ahora, para colmo, con «berretines» de actriz.
Había horarios, momentos clave del día, en que salían «al aire», en vivo, esos recordados radioteatros. A la hora señalada, los barrios quedaban en silencio. Todos seguían atentos, con «la oreja parada», lo que ocurría en el capítulo de esa tarde. Cerraban los ojos y eran ellos mismos viviendo las tristezas y alegrías de los personajes. El que escuchaba se transformaba en un personaje más, odiando a los perversos y llorando de alegría con los triunfos de la justicia.
Entre esa gente linda que conmovía a la ciudad y sus «escuchas», estaban las parejas de «primeros actores», «parejas protagónicas», como se llamaban en la presentación, por parte de un locutor de voz aterciopelada. Surgen los nombre de Violeta Ortiz y Juan Casanova, que por las 13.30 llegaban «al éter», por las ondas de Carve. Exitos teatrales que servían para la sobremesa y que lograban que el clan familiar comiera ansioso, mirando al reloj de péndulo, porque se aproximaba la hora del diario capítulo. Otros horarios de preferencia se constituían en las 15.30 o a las 16, cuando llegaban los radioteatros de la tarde. Sucesos fenomenales que marcaron rumbos, como la versión que hizo Di Leva, también con Violeta Ortiz y Casanova, de «Barranca Abajo», del sensible Florencio Sánchez.
Por la Radio Sur, a eso de las 14.30, llegaba «el actor de los humildes», Julio César Armi. Sus radioteatros no sólo fueron éxitos «en el éter», sino que, al finalizar los ciclos, también eran entrañables acontecimientos en el corazón de los clubes sociales o salones barriales, donde Armi llevaba a su numerosa compañía teatral. Actuaban rodeados del entusiasmo de los que querían estar muy cerquita de sus actores predilectos. Piezas satíricas, o preferentemente de tono gauchesco, fueron el fuerte de ese «goense de ley», que supo ser el queridísimo Julio César Armi. Salía temprano de su casa, de Domingo Aramburú y José L. Tera, muy nervioso, cargado de carpetas porque temía llegar tarde a la radio. Siempre nos saludaba cuando estábamos dándole a la charla y al café, en la esquina del Vaccaro.
Armi fue también alguien que sintió muy dentro la problemática social, fue así fiel a las grandes mayorías de su audiencia, compuesta por gente de laburo, muy humilde. Así fue que en sus audiciones siempre se estaban organizando colectas o actuaciones a beneficio de los que estaban «en la llaga». Un artista popular en todo el sentido del término.
Un vecino de La Villa de la Unión, aunque de origen argentino, también le dio «de punta» al género de hacer teatro en la radio. Fue el «metedor» Tito Serrano, que trilló, allá por los años 30, emisoras como la CX 42, denominada «Tribuna Sonora» y también la CX 28, por los tiempos en que se llamaba «Radio Edinson». Su compañía, «Brochazos Camperos», abarcaba no sólo representaciones teatrales radiotelefónicas, también hacían payadas, recitados y hasta fomentaban lo telúrico con fervorosas competencias de canciones. Eso sí, todo relacionado al arte de lo nativista o folclórico. Los títulos de sus radioteatros todo lo decían, «El rancho embrujado», «La montaña de las brujas», «Duendes en el rancho» y otros más que los «lectores cómplices», más veteranos, en este momento estarán recordando.
Por la «22», Universal, hizo de las suyas Mario Rivero. Con su radioteatro de las 18.30 lograba que las madres se apuraran en alimentar a sus hijos, hasta interrumpieran, un ratito nomás, los preparativos de la cena, porque deseaban saber si aquel galancito finalmente lograba el amor de su amada. Todo «revuelto» en los hilos del melodrama sentimental y folletinesco.
En la noche, a eso de las 20.30, arriba a los estudios de «la 14″, Roberto Barry y su «Comisario de Cerro Mocho». Sin pertenecer al género radioteatral episódico, lo que hacía tenía mucho talento por la agudeza de su sátira y su sagaz visión costumbrista. Ese maestro le daba con todo al «acelerador» de la risa. Su compañía se nutrió de figuras populares como Mañán, y otros locutores que le dieron a sus «berretines» de actores, alentados, por el bohemio Barry, un luchador de nuestra vieja radiotelefonía.
El radioteatro convocaba a toda la familia y movilizaba la sensibilidad de todos por igual. Figuras como Isolina Núñez hicieron leyenda con sus «dramones» que las doñas de los barrios escuchaban pañuelo en mano, y ¡ojo! que es en serio. En sus episodios, los protagonistas pasaban penas sin límites y, finalmente, llegaban a conmovedores triunfos sentimentales que «retorcían» los corazones de las oyentes femeninas, su público favorito.
Edad «dorada» de la radio y sus radioteatros con estrellas muy nuestras como Elida Acosta y Florial Caballieri, o Mora Galián con Marcelo Alcántara, que tanto realizaban piezas como «La Dama de las Camelias» o «El Conde de Montecristo», así como también obras de autores nacionales como Juan Carlos Patrón.
Quiso el destino que allá por fines de la década del 70, nos cruzáramos en nuestro laburo radial, en CX 46, Radio América, con los últimos descendientes de esa noble raza de luchadores del radioteatro de los viejos tiempos.
Bajando y subiendo las escalinatas del Palacio Salvo, o conversando en los polvorientos estudios del entrepiso, valoramos la hondura humana y profesional de Julio Alasio y Aurora Rodríguez. Por aquellos días, ya eran muy veteranos pero nosotros que los habíamos admirado en la juventud, comprobamos que en ellos aún latía, y con tremenda energía, la llama de la pasión teatral y su desbordante amor por la radiotelefonía.
Apagamos por hoy «la radio» de su memoria. Por un ratito, los galones y sus enamoradas, los gauchos y sus «chinas», callan sus voces. Hasta que alguien los recuerde nuevamente. Porque ellos y los actores que le dieron sus
almas, estan allí, en un rincón de Montevideo esperando a sus oyentes. Para que de nuevo, como antes, del otro lado alguien «viva sus vidas» y sea parte de sus novelescas historias.
Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, Emisora del Siglo, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.
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