Prohibido para nostálgicos

Tanos verduleros trillando los viejos barrios

Y el frío, haciendo amagues y esquives, como un compadrito de antes, ya se instaló en la ciudad. Su presencia es notoria por las calles del barrio, donde comienza a apretar y hacer "pata ancha". Los vecinos, muy temprano, para adentro. Se acaba el tiempo de alguna silla en la puerta y la charla fraterna.

Domingo 02 de abril de 2000 | 12:00
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La calle, al caer la tarde otoñal, va quedando muy sola. Apenas cubierta por las amarillentas hojas que no cesan de caer. Una tras otra, igual que los años que fueron, unos tras otro, cayendo sobre el gastado empedrado.

La memoria, también haciendo amagues y esquives, se nos acerca al sillón. Se sienta a nuestro lado y comienza a susurrarnos sus historias. De seres entrañables del ayer que, por esos mismos empedrados, “trillaron la yeca” y la llenaron con su pasión y ternura.

Hoy recordaremos a unos personajes que hace una punta de años, con decirles que éramos pibes cuando los veíamos, allá por la década del 20, inundaron los adoquines callejeros con la fuerza de sus almas de indomables laburantes. Los que vendían frutas, por ejemplo, “tanos” de pura cepa que supieron ser muy populares en las calles barriales de antaño. Sus cálidas presencias se nos acercan, ya están junto a la ventana, y no queda otra que darle a la matraca de la memoria. Contar a los lectores “cómplices” de qué se trataba todo eso.

Avanzaban tempranito en la mañana, con sus grandes carros “jardineras”, tirados por un hermoso caballo “percherón”. Despacito, a puro pregón, con un inconfundible acento, esos piamonteses, lombardos o calabreses, anunciaban que habían llegado al barrio las “frescas frutas y verduras”. Con camisas a cuadros, una boina y un gran pañuelo al cuello, sostenían con sus callosas manos las riendas del grandote pingo. Este lucía tan bonito con sus arreos de bronce lustrado y la infaltable campanilla colgando en la pechera. Sonaba y sonaba y a su tintinear, las comadres y vecinas, remangando sus delantales, salían a los portones. Saludaban a ese hombre, entre tosco y tierno, que día por medio les traía esos frutos naturales.

Todos tenían en sus carros “estampitas” e imágenes de los santos protectores, tan itálicos y peninsulares como lo eran ellos. Tradiciones de una fe que habían traído de muy lejos y ahora los acompañaba en su esforzado trabajo en “la nueva tierra”, la América de las esperanzas. Entre esas “estampitas”, las más repetidas eran las de Santa Lucía y San Genaro, que colgaban a los lados de “la jardinera” para librarlos de todo mal. Pero, en una mezcla de religión católica y paganismo, también golpeaban una tradicional herradura, muy vieja y oxidada, de cinco agujeros. Es que esa gente provenía de aldeas donde el temor a “la yeta” era muy fuerte. Había que evitar de todos modos la nefasta influencia de los peligrosos “yettatores”, personas que traían mala suerte, y de ahí todo ese arsenal de “estampitas”, herraduras y pañuelos rojos al cuello, para contrarrestar a esos sombríos individuos. Los “tanos creían en eso y no aceptaban que esas “malas ondas” impidieran las buenas ventas de lo que con tanto sacrificio habían cultivado.

Ellos vendían lo que con el sudor de “la patrona” e hijos habían sembrado, en sus pobres quintas de la zona suburbana de un Montevideo muy pequeño. Salían de sitios como Melilla o Toledo y desde esos lados a todos los barrios populares. No necesitaban pasar por el Mercado Agrícola, y cuando lo hacían era para vender lo que les había quedado luego de su trillar callejero.

Los carros “jardineras”, que ellos mismos habían fabricado, con la fórmula de tíos o abuelos que se habían quedado en la Italia de aldeas, se trataba de vehículos, con dos ruedas de madera y láminas de metal. No tenían “capota” pues el secreto era que la colorida mercadería estuviera bien visible a los ojos de la clientela.

“Tanos” quinteros, con sus carros muy cargados de manzanas que había lustrado el más pequeño de sus hijos, con doradísimas naranjas y kilos de papas, mezcladas con atados de lechugas, espinacas y coliflores, que llevaban colgando de la parte trasera. Vendían lo que llamaban “la verdorita”, y las doñas así pedían una especie de surtido que comprendía un poco de todo lo que había en la atiborrada “jardinera”.

Luego de la compra siempre daban “la yapa”, un regalito que bien podía ser un coliflor o un pequeño repollo. A medida que la venta avanzaba, “la yapa” disminuía y los clientes rezagados se tenían que conformar con un atadito de perejil o de albahacas. Ideales para “el pesto” que según una receta que ellos mismos, entre sonrisas, seriedad y su “media lengua”, explicaban a las doñas del barrio.

Cuando, por la década del 30, se inauguró el Estadio Centenario, también empezaron a laburar los domingos. El “guille” consistía en dejar la “jardinera” a la sombrita de los eucaliptus del Parque Batlle, cuidada por uno de sus hijos y el “tano” marchaba para las tribunas con una gran canasta de manzanas colgando de uno de sus brazos. Las ofrecían a los aficionados futboleros que las consumían insaciables. Aunque no faltaba algún “calentón” que pretendía usarlas para corregir los errores de algún “juez ladrón”. Pero los guardiaciviles actuaban enérgicos, y de ahí es que todos preferían “aguantarse en el molde” y darle a los mordiscones nerviosos a esas brillosas dulzuras.

Si llegaba la época de las sandías, hacían varios viajes de sus quintas a los barrios. Las amontonaban en un extremo de la vereda, allí quedaba un “ragazzo” mientras su padre iba por el resto de “la verdorita”. El pibe, “hijo de tigre”, a grito pelado despertaba a todo el mundo con el pregón de “sandía calada y colorada”. Chorreante manjar que los muchachos de la barra, sentados en el cordón de la vereda comían alegres, mientras miraban pasar la piba que, haciendo los mandados, a todos nos quitaba el sueño.

Muchos fueron los que hicieron leyendas urbanas. Perdidos en la noche de nuestros recuerdos, algunos de esos personajes vienen a iluminarnos. Ya los estamos viendo, como si estuviéramos en aquellos resplandecientes días. Como “don Pedrín”, que por el barrio Bella Vista y el Prado fue muy conocido. Un tipazo de enorme ternura que cuando llegaba a la cuadra, lo rodeaban algunos botijas buscando trabajo. El les daba unos tachos llenos de frutas y verduras, para que los “precoces laburantes” los arrimaran a las casas de los vecinos ancianos que no podían llegar hasta el carro. Unos vintenes del tano, otros de los viejitos y, sin darnos cuenta, ya teníamos para comprarnos “el Billiken” y de paso ayudar para la olla del hogar.

Por la querida Villa de la Unión, anduvo “don Ceberio”, un tano petizón, de enormes músculos, que impresionaba como algo macizo. Pero hablando era toda dulzura, tenía un “metejón” terrible con el tango y adoraba a Carlitos Gardel. Cantaba muy bien y todos con las bolsas llenas igual se quedaban rodeando el carro. Es que sabían que antes de arrancar para la otra cuadra se mandaba, con su simpático acento, un tango “a capela” de su tan venerado “morocho del Abasto”.

Por los alrededores del Parque Central, por Urquiza, andaba el carro verdulero de alguien que no precisaba presentación ni anunciarse. Todos aguardaban a ese personaje y no sólo por la calidad de sus frutas, sino también para que contara sus anécdotas futboleras. Se trataba del gran “Perucho” Petrone, el que pateaba a la “guinda de cuero” como con un “fierro”. Se ganaba la vida vendiendo puerta por puerta, ya que por aquellos tiempos todo era espíritu deportivo y amor a la camiseta.

Por 8 de Octubre y Comercio estaba el puesto del torero Araújo. Famoso en la antiquísima época de las corridas de toros por la Villa de la Unión. Entre sus verduras y cajones de frutas, colgaban las orejas de los toros que más trabajo le habían dado en sus aplaudidas faenas, rodeado del entusiasmo popular.

Goes y la Villa Muñoz conocieron, allá por principios de la década del 60, al que luego fuera un crack futbolero, el querido “Cacho” Silveira. Muy peinadito, con su gran jopo, él mismo tiraba de su carrito de fru
tas y verduras, trillando todo el barrio Reus al Norte, en su lucha por el mango.

Vendedores ambulantes de antes. “Tanos laburantes” con sus “jardineras” llenas de verduras, haciendo el vintén por los viejos barrios populares. El poeta tanguero Cadícamo pintó sus historias en aquellos versos que decían: “a la mama dije addio, pero nunca regresé”. Se afincaron en estas tierras, echaron nuevas raíces, pero muchas veces sus corazones volvían a la patria tan lejana. Aquí dejaron su alma y sus vidas, que iluminaron las calles de adoquines del viejo Montevideo, con la fuerza de su noble laburo.

Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, Emisora del Siglo, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más “Prohibido para Nostálgicos”, con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

Coordinación: Angel Luis Grene

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