Testimonio de los vendedores callejeros, un oficio duro pero digno

Vivir a la intemperie

LA REPUBLICA salió a recorrer la ancha avenida montevideana, para recabar los testimonios de Cielo y Adolfo, dos «veteranos» de la calle, que nos trasmitieron sus vivencias en contacto con la sociedad.

Nuestra charla, en principio, fue con Cielo Rodríguez, quien instalada en un puesto sobre 8 de Octubre vende medias, mochilas, pantallas de lámpara, entre otras mercaderías, para mantener un hogar con cuatro hijos.

«Es muy duro, es cierto. Aquí estamos de lunes a sábados, desde la mañana muy temprano hasta cerca de las ocho de la noche, con frío, calor, viento o sol. Es muy duro, pero es mi único medio de vida. Sin esto no podría sostener mi hogar, ya que tengo cuatro hijos.

También puede variar el rubro de venta según las circunstancias. Más cerca de la fecha de las elecciones, seguramente me va a ver lleno de banderas».

–¿Cuántos años tiene en este oficio?

–Estoy en la venta desde que tenía nueve años, cuando venía con mi madre. Hoy tengo 46 de edad.

–Ciertamente, este debe ser un oficio muy duro particularemente para una mujer.

–Son muy difíciles los días de frío y lluvia, en que la ropa se nos seca en el cuerpo. Además, se nos vuela la mercadería, ya que no tenemos techo. Estamos totalmente a la intemperie.

¿Tuvo oportunidad de estudiar?

–Sí. Fui a la Universidad del Trabajo donde estudié corte y confección, pero no pude trabajar nunca en mi oficio.

–Viendo el extenso horario que cumple, ¿cómo es la relación con la familia?

–La relación es complicada. La más chica de mis hijas, de nueve años, está siempre conmigo. Llegamos a las siete y media de la mañana, almorzamos juntas y luego la llevo a la escuela, que está muy cerca.

Al finalizar el turno, ella vuelve para aquí, donde hacemos los deberes, estudiamos y nos vamos juntas.

Con el resto de la familia nos vemos en casa, pero la reunión es el domingo, en el desayuno y el almuerzo. Es el único día en que estamos todos juntos.

–Aparte del clima, este oficio seguramente debe deparar otras situaciones problemáticas.

–Lo peor son los robos. La inseguridad es permanente. Al armar y desarmar el puesto o bajar la mercadería, es habitual que alguien desde una bicicleta, una moto o corriendo, se lleve una bolsa o un paquete. Uno tiene que evaluar si le conviene correr para recuperar lo sustraído, porque existe el riesgo de que roben otras cosas.

Más de lamentarnos por la pérdida y en algún caso tratar de recuperar.

–¿Tienen algún tipo de protección como vendedores?

–Tenemos el apoyo de la Asociación de Vendedores de 8 de Octubre, que ante cualquier problema o dificultad que tengamos hace gestiones ante la Intendencia o donde sea necesario.

–¿Cómo es la relación con el comercio instalado?

–No tengo ningún problema. Incluso, muchas veces dependo de ellos, porque me alcanzan un termo de agua, un café. Hay una buena relación.

–La pregunta está relacionada con las permanentes quejas de los comerciantes contra los vendedores de la calle Serrato.

–Ese es un problema diferente, porque los vendedores de avenida no podemos vender lo mismo que los vendedores de feria. Son rubros diferentes. Ellos pueden vender lencería y ropa deportiva, artículos que nosotros no podemos comercializar. Estamos totalmente limitados. En mi caso, estoy limitada a la venta de medias, mochilas, pantallas y pañuelos.

–¿Tiene una clientela estable?

–Tengo clientes que me compran desde hace años. Recuerdo una anécdota muy jugosa de una vez una señora que me compró una pantalla de lámpara y volvió como seis veces porque ninguna le servía. Al final, fui a su casa, donde probamos la pantalla hasta que identificamos la que le servía.

Otro día, de mucho viento y lluvia, se me voló todo. Se detuvieron dos coches y sus ocupantes se empaparon para ayudarme a recuperar la marcadería.

–Pero en verano la permanencia en este puesto también debe ser dura.

–Personalmente prefiero el frío. El calor me baja la presión y aparte soy diabética. Aunque el frío también hace que haya menos gente en la calle y el horario es más corto.

¿Tiene posibilidades de jubilarse?

–Estoy haciendo los aportes correspondientes para poder jubilarme. Hay compañeros que no pueden hacerlo y eso es un problema, porque más de la mitad de los vendedores son personas de cincuenta años para arriba. Hay un proyecto de ley que está en el Senado que contemplaría algunas situaciones, pero no sé bien en qué términos está redactado.

–La problemática económica debe inducir seguramente a mucha gente a instalarse en un puesto callejero.

–Es cierto, pero la Intendencia no da más habilitaciones. Los que estamos trabajando, hace mucho tiempo que lo hacemos.

Por su parte Adolfo Mioto, otro veterano vendedor callejero, nos aporta su visión sobre este sacrificado oficio.

Según Mioto, el vendedor cumple una muy importante función social, en cuanto a orientar al público en distintos aspectos. «Uno estando aquí tiene una percepción más completa del barrio y puede aportar información que le sirve a la gente, como señalar paradas de ómnibus o taxis o la direcciòn de algún hospital.

El propio Felipe Yaffé dijo en una oportunidad que la Unión sin vendedores ambulantes no es la Unión. Eso es significativo, porque el vendedor cumple una función que también beneficia al comerciante.

–Sin embargo, hay asociaciones comerciales que critican a los vendedores callejeros, alegando que éstos no pagan impuestos.

–Curiosamente, los comerciantes de la Unión tienen una muy buena relación con los vendedores de la calle, facilitándoles un baño, un teléfono y hasta un refugio cuando llueve. Incluso, hasta se han dado casos de ayuda económica para algunos vendedores que la están pasando mal.

No descarto situaciones conflictivas en algún caso, pero le diría que en más de un noventa por ciento la relación es muy buena.

–Aparte del tema del tiempo y los robos que seguramente es recurrente en el caso de ustedes, ¿qué experiencias le ha dejado trabajar tantos años en la calle?

–La relación con la gente es impresionante. Hay clientes de muchos años, con los que se establece un vínculo casi familiar y de amistad

–¿Cuál es su rubro?

–Es muy variado: romanitas, mates, bombillas, zapatos de abrigo, tapices, alpargatas, que es lo que permite el reglamento municipal. Se puede vender zapatos sin cordones, que no puedan ser considerados de vestir. Tampoco podemos comercializar ropa.

La otra gran diferencia con el comercio establecido es que no podemos trabajar con ningún tipo de tarjeta. Otro aspecto es el espacio, porque trabajamos con mesas reglamentarias de dos por uno.

En esas condiciones, no somos competencia. Tampoco tenemos una cifra exacta de ingresos.

–Hay, entonces, diferencia con los vendedores de Serrato, que han sido tan cuestionados.

–Exacto, porque en nuestros rubros se tiene un margen más estrecho de ganancia. Sin embargo, en un «jogging», por ejemplo, la utilidad es mayor. Esas son las grandes diferencias que tenemos con los vendedores de feria.

No somos de ninguna manera competencia con el negocio establecido y especialmente aquí, en 8 de Octubre, donde proliferan las casas de ropa, zapaterías y mueblerías, no competimos porque no vendemos esas mercaderías.

Incluso, tampoco rozamos a Cambadu, porque no tenemos comestibles ni bebidas, lo que sí tienen los grandes supermercados.

–¿Ti
ene idea de cuántos vendedores hay en 8 de Octubre?

–De acuerdo con un censo que hicimos últimamente hay unos 120 vendedores desde Garibadi hasta Pan de Azúcar. Se concentran principalmente desde Félix Laborde a María Stagnero de Munar y el resto está diseminado por la zona que mencioné.

 

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