De galanes, plazas y un toque de Neruda

En el nuevo siglo, la memoria nos sigue «tocando de oído». Nos seduce como quiere y obliga a escucharla en sus versos domingueros. Quizás, porque el pasado «día de los poetas» la dejó girado a mil, hoy el asunto es sobre parejas y galanes.

Costumbres que hacían a un modo de vida más «tranqui». Con la muchachada de los barrios, encerrándose en las matinés del biógrafo. Para ver a los «troesmas» del amor. Los que daban cátedra sobre como seducir a las pibas. O, al menos, en la ingenuidad de aquel Montevideo de casas bajas, todos así lo creíamos. Películas románticas donde se aprendía, desde la cómplice oscuridad y con el pianista dándole con todo a las teclas, cuál era el secreto de Valentino para dejarlas «como muertas». Para hipnotizarlas y lograr el eterno amor de las damiselas.

Aquellos pibles estudiaban sus gestos, las miradas profundas, en fin, todo hasta el mínimo detalle que luego intentarían practicar con las pebeteas del barrio. Con más o menos suerte, pero con ese romanticismo, mudo y en blanco y negro, muchos lograban sus propósitos. Cuántos veteranos ahora están sonriendo, ¿verdad? y dándonos la razón. Pero no era solamente el estudiar cada gesto de «los gringos» galanes. También estaba la apariencia personal. El cuidar los engominados bigotitos o la reluciente peinada con «la brancatto». Un gran esmero para «romper todo» el fin de semana en el bailongo tanguero, y también por aquellos paseos galantes de los viejos tiempos. Como el Rosedal del Prado, donde las chicas, vigiladas por sus tías o abuelas sentadas en los bancos muy blancos, caminaban en grupos. Pasando cerca de los galanteadores que sacando las manos de los bolsillos del chaleco, tocaban la punta de sus sombreros o ranchos de paja, saludándolas repetidamente. Susurrando algún piropo «para tocar sus oídos» y lograr una mirada fugaz y, con suerte, una tenue sonrisa. Entonces sí, agarraban fuerza y lanzaban una mirada profunda, esa que habían aprendido del «ganador» Valentino. Ingenuidades de otros tiempos, que sin embargo daban resultado y terminaban con el galán «haciendo zaguán», tomando la mano de la piba, siempre «vichada» por algún hermanito que fatalmente entraba y salía sin cesar.

Lo que había empezado con un piropo o una vichadita en sitios como el Rosedal o el Parque Urbano, con suerte, continuaba con una invitación al cinematógrafo, con la tía incluida, claro está. En la intimidad de la sala, también ellas aprendían, y mucho, sobre el arte tan femenino de la fascinación. Sus maestras eran estrellas como la Garbo. Aquellas pibas miraban su melenita, su andar, su languidez y también la ponían en práctica, con sus flamantes galanes. Sabían que abriendo muy grandes los ojos, la Pola Negri todo lo podía y ellas, ¿por qué no? La vida copiaba al arte, como escribiría Oscar Wilde. Y en esos biógrafos de barrio, sin quererlo, con designios más modestos, aquellas parejitas le daban la razón al polémico maestro inglés.

Salían del biógrafo, embriagados de romanticismo y poesía. Caminaban muy lento por las callecitas barriales, con la historia de «La dama de las camelias» aún retumbando en sus cabezas. Queriendo y sin quererlo, habían aprendido algo, se habían llenado «el cuore» de poesía y sus anónimas vidas también querían ser muy románticas y distintas. Caminaban despacio, como queriendo detener el tiempo. Porque sabían que el hechizo, sutilmente, se diluiría. Pero esa humilde gente había logrado, a su manera, unos instantes de inocentes alegrías. Eso valía ya que luego, al día siguiente, aguardaban las rutinas, el laburo, la máquina de coser o la fábrica. Por unos ratitos, gracias al biógrafo y sus estrellas, dejados en el olvido. Otro lugar donde también triunfaba la poesía y la galantería era la Plaza Matriz. Se arrancaba lento por el bulevar Sarandí, con la dama siempre del lado de la pared, si se iba acompañado. Las vidrieras de los cambalaches cercanos o algunas deslumbrante joyería, atraían las miradas de todos. Mas, la meta de los caballeros sin pareja, consistía en ubicarse en un extremo de la Plaza y «relojear» el ambiente femenino. Muchachas de aquí para allá, con sus sombrillitas para el sol, gira que te gira. Las abuelas «cancheras» pero vigilantes, en los bancos charlaban y comían los ricos pastelitos de membrillo que ofrecían los vendedores ambulantes. Si el calor apretaba, le daban a la cucharita y paladeaban las frías cremas de los tanos heladeros, que recorrían el predio con sus tachos al hombro. La Catedral sonaba sus campanas, las veteranas devotas entraban y salían con sus rigurosas negras mantillas, cubriendo sus cabezas, ajenas al dominguero movimiento de la Plaza y sus mundanales galanterías. Los imitadores de Valentino en un extremo, las lánguidas damitas, que en el fondo soñaban con ser tan cautivantes como la fatal Dietrich, se deslizaban indiferentes.

Muy cerca de la fuente y sus chorreantes angelitos, vestidos de marineros, algunos niños jugaban con sus aros y pelotas. Y en un banco, siempre acompañada de una misteriosa y elegantísima señora mayor, una niña de rubios bucles, le hablaba bajito a su tan hermosa muñeca de porcelana. Las frases galantes eran saetas surcando aquellos aires de la Ciudad Vieja y su exquisita Plaza Matriz. De los balcones del Club Uruguay, nacía la música de un piano que tocaba suaves melodías. De pronto, a todos sobresaltaban las explosiones del motor de un ruidoso «cachilo» que se negaba a arrancar, por más manijazos que le diera un sudoroso conductor. Pero el viento llevaba el ruido muy lejos y de nuevo el rumor de las hojas, músicas y palabras era amo y señor. Sonaban, inolvidables, los organitos y las pianolas que surcaban el aire con sus tarantelas y milonguitas del recién inaugurado 990. Un tranvía dobla Ciudadela y entra por «18». Sus caballos al trotecito, guiados por el hábil «cadenero». Se detiene en Andes y suben dos damas con coquetas capelinas. De inmediato, tres o cuatro caballeros se levantan para cederles sus asientos. Con la vista muy baja, agradecen con un serio «muy amables, señores». Los caballeros, sombrero en mano, también muy serios, quedan quietos en el pasillo y más que discretos miran a las damas que conversan bajito. Comentan lo linda que está la vidriera del «London París». El tranvía se aleja y pierde por la amplia avenida. Apenas surcada por escasos Ford, «a bigote» y alguno que otro carro del reparto de hielo. Con el tranvía también se alejan las damas, los galantes caballeros y sus juegos de cortesías y amabilidades. Ingenuas e inocentes como los principios de aquel siglo XX, hoy de a poco un tibio recuerdo. La memoria también como el organito de la Plaza Matriz y el tranvía del Centro, se esfuman para, de inmediato, volver a empezar. Hoy, la terca y caprichosa acercó a los «lectores cómplices» un manojo de postales y estampas de los días de ayer. La poesía «la picó» fuerte y memoria al fin, se puso a contarnos cosas románticas de galanterías y galanes del viejo Montevideo.

Que aún están allí, respirando hondo, susurrando sus piropos y siempre lo estarán mientras alguien los recuerde, escriba sobre sus vidas y cuente sus sencillas historias. Aunque, como escribió el eterno Neruda, «nosotros los de entonces, ya no somos los mismos».

Poesía, palabra en el tiempo. Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, Emisora del Siglo y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

COORDINACION: ANGEL LUIS GRENE

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