Luces solidarias brillando en la noche
Al día siguiente, el tema de los «niños de la calle» fue noticia de la crónica roja. Muchos se golpearon el pecho, aparecieron en la televisión con caras de preocupados pero todo siguió igual. Ellos y muchas gente siguen durmiendo a la intemperie. Solamente son recordados por los que, a brazo partido, luchan diariamente para darles alimentos e inculcarles que la vida es otra cosa y no «eso» que les tocó vivir. Una lucecita en las oscuridades de sus marginales mundos.
Por todos ellos, por los unos desposeídos y los otros, luchadores que tratan de iluminar esas anónimas existencias. Por todos ellos, hoy la memoria recordará cuando, allá muy lejos, también había seres humanos que se preocupaban por los que nada tenían. También un sonido, también como un luminoso destello, y de pronto estamos en el viejo Montevideo de las primeras décadas del pasado siglo. Una ciudad más chica, que amagaba crecer y con cientos de familias de inmigrantes y de uruguayos recién llegados del Interior, a los que la suerte les había resultado muy «zurda». No habían conseguido laburo, andaban en «la llaga». Pero había que comer, conseguir algo de «morfe» y darle albergue a los hijos y a una sacrificada mujer que se la «bancaba» como podía.
Surgían, entonces, unas luces, faros titilantes, como algunas organizaciones solidarias y filantrópicas. Atentas a dar lo que podían y como podían a sus hermanos que estaban en «la mala». Estamos viendo a algunas de esas personas. Con sus uniformes azules, los caballeros y ellas luciendo unos sombreritos «de cofia», con lazos rojos. Cantaban en las esquinas, cerca de las paradas de los tranvías del centro. Ahí, con sus doradas trompetas, enormes platillos y un gran bombo, que lucía la inscripción «Ejército de Salvación», fue que comenzaron a ser parte de aquella ciudad de casas bajas y calles con adoquines. Entonaban temas religiosos y otros no tanto, pero con la característica de hablar siempre de valores como la caridad y la fraternidad. Pasaban entre los presentes un canastito de mimbre, donde recogían las monedas y algún billete. Todo iba a parar a sus obras de apoyo a los desposeídos.
La más importante se trataba de un gran galpón, que este solidario «ejército» tenía por la zona del Palacio Legislativo. Era visitado por familas enteras y solitarios vagabundos, en busca de comida y un techo donde pasar la noche. Se les ponía como condición una ducha obligatoria, antes de poder sentarse a las mesas, muy largas y de oscura madera. Humeantes tazones de sopa y platos de lata, llenos de guiso, convocaban a esa gente tan humilde. Luego, a los dormitorios, apenas iluminados por grandes faroles de queroseno. Los varones a un sector y las señoras y los niños a otro. Toda la actividad era supervisada por los llamados «soldados salvadores», que trataban de ayudar en todo a esas débiles y desafortunadas personas.
A los que se interesaban, les daban gratuitamente unos folletos con fragmentos de la Biblia. Mas lo realmente importante era que consiguieran un trabajo o, al menos, demostraran una fuerte voluntad por buscarlo. Por eso es que a las 7.30 de la mañana, todo el mundo arriba. A recorrer la ciudad, muchas veces con direcciones de laburos que los propios «soldados» les conseguían a los hombres más jóvenes de esas precarias familias.
Los que así lo deseaban, se podían quedar para colaborar con el aseo del enorme galpón. También con las tareas internas de los hornos de barro ubicados en los fondos del local. Donde se hacía el pan casero y el resto de las comidas. Pero la mayoría salía, luego del café y un trozo de pan, a la búsqueda de tan esquivo trabajo.
Otras «luces» que marcaban la senda de la solidaridad fueron organizaciones de estructura más pequeña, como la llamada «Sociedad Filantrópica Cristobal Colón». Su centro de operaciones estaba en el Cerrito de la Victoria, a la altura de General Flores y Santiago Sierra. Un local, una especie de comedor, donde a las horas del mediodía se entregaba gratuitamente gran cantidad de alimentos. Desde muy temprano, se formaban enormes colas de adultos y niños de muy pobre condición económica. Recibían unos paquetitos, ya armados y cerrados con una gruesa piola. Contenían trozos de carne, una grandota «galleta de campaña» y alguno que otro atadito de verduras. Concurría gente de la zona, familias de los ranchitos de la calle Chimborazo, pero tambien venían otros de muy lejos. Todos buscaban algo para llevar a sus mesas cuando el destino se ensañaba muy duro.
El dinero que posibilitaba esa obra provenía de colectas que realizaban continuamente, y de fondos que aportaban muchos anónimos filántropos, sensibles al dolor de la gente más pobre. De a poco se fue permitiendo que las madres y los niños, en horas del mediodía, que era cuando abría este local, se sentaran en unas mesas del fondo. Había que almorzar muy rápido porque había gente esperando ya que el local era chico y las mesas pequeñas.
Se hizo un hábito, una muy montevideana costumbre, que todos los 12 de octubre, la «Cristóbal Colón», como era llamada, regalara algo más que lo habitual. Es decir, objetos utilitarios, piezas de cocinas y algunos muebles, que recibían por donaciones, producto de su incesante actividad.
Por la calle Magallanes tenían un local, mucho más chico, que funcionaba como comedor gratuito. Solamente al mediodía, aunque las colas para ingresar se hacían muy temprano. A su alrededor, se movilizaban cientos de personas ansiosas de un trozo de pan y un plato caliente que se daba sin pedir nada a cambio.
Por el querido barrio Palermo la solidaridad tomaba forma de largas sotanas marrones y pies casi descalzos, apenas protegidos por unas sandalias. Por las calles Maldonado y Minas estaban los padres Capuchinos. En aquellos lejanos días, a los fondos de su parroquia tenían una pequeña puerta que se abría diariamente sobre las últimas horas de la mañana. Siempre había una pequeña cola de personas, con recipientes de lata, como vacías latas de aceite. Al llegar su turno, frente a la anhelada puerta, se las llenaba con sopas de enorme fideos y, otras veces, con «polentones» guisos. Mientras el sol invernal caía sobre el barrio del «repique y los conventillos», por los alrededores de la iglesia se veía, sentados en los rincones, a infinidad de personas comer ávidamente y pasar el pan por el fondo de sus latas.
La memoria nos hace «esquives y gambetas»; sin quererlo, quedamos en «orsai» con muchos que, allá en los viejos tiempos, se dedicaron a apoyar a los más necesitados. Se hace lo que se puede, ¿verdad?, pero estamos «tranquis» porque sabemos que desde sus hogares los «lectores cómplices» se encargarán de completar estos deshilachados recuerdos.
La Plaza España ahora está solitaria. Por un tiempo, los «náufragos de la noche» la abandonaron. Pero, desde otros sitios, por la misma Ciudad Vieja, siguen diciéndonos que existen, aunque muchos prefieran mirar para otro lado. El consuelo es saber que detrás de sus pasos, que muchas veces los llevan al delito, hay personas y organizaciones que tratan de iluminar sus desamparadas existencias. Con un plato de comida y con persistentes consejos, resultado de sacrificados esfuerzos. Como los que hacía aquella gente de antes, con sus bombos, trompetas y platillos, aun sonando en los rincones del tiempo.
Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, Emisora del Siglo, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la I.M.M
Coordinación: Angel Luis Grene
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