Pérez Aguirre: El Estado garantiza la impunidad
En la edición de marzo de la publicación jesuita Misión, el padre Luis Pérez Aguirre, consultor en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en el área de Derechos Humanos escribió una extensa nota titulada «Los detenidos desaparecidos: La reconciliación impedida» en donde muestra su postura favorable al esclarecimiento del tema a través de una reconciliación a nivel nacional para resolver una de las fracturas que tiene la sociedad uruguaya.
El religioso abrogó por no olvidar, ya que esto significaría debilidad y miedo al futuro y propuso «crear las condiciones para que quien deba hacerlo, pida perdón», haciendo referencia a los victimarios de la dictadura.
El sacerdote resaltó mantener viva la memoria, ya que a su entender no se recuerda, ni se juzga el pasado sólo para castigar o condenar, sino para aprender. Señaló que el olvido deber ser combatido con energía porque impide ese aprendizaje que es vital para recomponer la identidad del pueblo y para poder encarar el futuro.
«La situación de los desaparecidos es, sin duda alguna, un caso límite, paradigmático y ejemplar de nuestra sociedad. El desaparecido no es un caso del pasado, para la memoria. Configura un delito actual, del presente, insoslayable», indicó Pérez Aguirre en la nota.
Sostuvo que el Estado garantiza la impunidad de los criminales y a la vez no les reconoce a los desaparecidos su carácter de humanos. «Se procura suprimirles el último lazo que tenían con nosotros, se les niega hasta el derecho de estar en un lugar y una fecha determinadas», acotó.
Acerca de los familiares de personas desaparecidas, indicó que son forzados a vivir en una penumbra habitada de dudas y fantasías, manteniéndolos en un estado de crueldad y tortura permanente. «No pueden saber si están vivos o muertos, y en este último caso no pueden enterrar a sus seres queridos y por lo tanto no pueden elaborar el proceso de duelo».
Según el sacerdote, el olvido no cierra las heridas del pasado que están abiertas, ahondan cada vez más una profunda fractura social. La solución propuesta es lograr una verdadera reconciliación nacional que se asiente sobre la verdad y el perdón respecto de lo sucedido.
«Cerrar las heridas y reconciliarse no es olvidar. El olvido es signo de debilidad y de miedo al futuro. Los crímenes sucedieron, están impunes y están en la memoria colectiva nacional. El esclarecimiento y reconocimiento de los crímenes procura colaborar en la creación de esas condiciones».
Advirtió que la memoria colectiva aparece no para juzgar, pues ya no lo permite nuestro ordenamiento jurídico, luego de lo laudado en el plebiscito sobre la ley de Caducidad, sino para amparar el presente.
Ante la imposibilidad de activar la justicia, Pérez Aguirre propuso apelar con redoblado empeño al perdón. «Y lo primero es crear las condiciones para que quien debe hacerlo pida perdón. Que llegue a tomar esa iniciativa como un mínimo de grandeza personal y colectiva».
Luego, puso otras instancias para alcanzar la reconciliación nacional que sería el perdón de parte de las víctimas.
Finalmente señaló otra etapa de más difícil concreción que es cuando la propia víctima toma la iniciativa de ofrecer el perdón al verdugo.
La miseria del olvido
El padre Pérez Aguirre afirmó que a las víctimas (familiares) nadie les ofrece un diálogo. «Sólo ellas pueden iniciarlo y, cuando empiecen a hablar, todos nosotros a escuchar», alertó.
Consideró inviable la construcción de la unidad mientras no se alcance una nueva relación con quienes padecen injustamente la desaparición forzada y la impunidad de sus verdugos. «Sólo así se llegaría a un nuevo tipo de solidaridad entre víctimas sufrientes y ciudadanos dispuestos a no banalizar nunca más el dolor que queda atenazado en la impunidad por razones de Estado o de instituciones políticas salvadas».
Para el jesuita, la grandeza de esas instituciones consiste en que pueden custodiar y transmitir el recuerdo de los acontecimientos históricos, mientras que su miseria consiste en los recuerdos que ellas relegan selectivamente al olvido.
«Y allí están los monumentos, las celebraciones patrias junto a los silencios vergonzantes, la historia oficial junto a la oculta…»
Pérez Aguirre advirtió que la memoria de los detenidos desaparecidos debe mantenerse viva en el pueblo, para neutralizar los efectos de la impunidad «en su maldad más dañina».
«Pero cuidado –exclamó el sacerdote–porque los verdugos buscarán por todos los medios impedir que se puedan hacer explícitas las razones que tiene ese pueblo para no olvidar lo que pasó. Ello está vinculado con la imperiosa necesidad que tienen los de mala conciencia de que no se mire atrás. La sociedad, por su parte, debe procurar por todos los medios avanzar en la reconciliación y evitar que lo sucedido no vuelva a repetirse». Teniendo en cuenta que en una sociedad conflictiva habrían quedado heridas abiertas que provocarían entre las víctimas indignación y cólera, el jesuita previno que éstas ante el enemigo injusto no son un pecado sino auténticos sentimientos de la persona que recoge la palabra de Dios.
Enfatizó que no se puede perdonar en forma abstracta ni nadie puede pretender lanzar el perdón «al aire» para ver si cae sobre la persona que corresponde, «eso es hacer del perdón una burla». El perdón –acotó Pérez Aguirre– implica conocer la verdad, la verdad del otro y de sus actos. Por ello implica inevitablemente que se investigue la verdad o se la diga. «Sólo puede perdonar al verdugo concreto aquel que ha sido torturado o despojado por él».
Finalmente, el sacerdote señaló que no se puede ser neutro en estos temas y se definió a favor de las víctimas, ya que no se puede querer de igual forma al oprimido que al opresor. «Al oprimido lo queremos poniéndonos a su lado y al opresor lo queremos denunciándolo, combatiendo su injusticia para que abandone su actitud y sea capaz de restituir la dignidad al hermano que ha sido despojado de ella».
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