Suenan las alarmas
Alarmados vivimos. «Alarma» significa, en términos militares, el aviso que se da para que la tropa se prepare enseguida a combatir. Debe provenir, supongo, de la orden «Â¡Al arma, soldados!». Significa también arrebato, inquietud, susto o sobresalto. Digamos, el viejo y querido julepe. Alarmarse debiera ser, entonces, excepcional, muy allá de tanto en tanto. Rara vez.
Desde sus orígenes, el hombre contó con la posibilidad de alarmarse como medio de aviso, de señal natural frente a la proximidad de un peligro. El miedo. El chucho. El instinto.
Pero aquella alarma excepcional y preservadora de la especie amenazada, se vulgarizó. Se hizo costumbre, hábito.
Suenan las alarmas de los autos como si los autos tuvieran miedo. Y tienen. Y las alarmas se multiplican, se superponen, y no se distinguen. Se confunden. Entonces el auto avisa que corre peligro pero no es escuchado. Eso es muy triste.
Triste es también, y peligroso, que se haya convertido en algo permanente. Nos alarman por los cuatro costados, suponiendo que los costados sean sólo cuatro.
Rodeados estamos de alarmas. Y suenan. Se saltan las alarmas con un trueno, con un trepidar de camión, con un toque de niño jugando.
Alarmas suenan en los celulares. Todas iguales en la reunión, en el bar, en la oficina, en el restaurante donde los abonados (en el buen sentido) se fijan con la esperanza, de que sea el suyo el sonador. Suena la alarma en el microonda. Le avisa, le advierte, lo saca de aquello en que pueda estar sumido, para que atienda ese cacho de pizza que ya está pronto.
Y nos vamos habituando a las alarmas vulgares, tilingas, bobas, inútiles.
Y nadie se alarma cuando se oye: «Â¡Eh, que viene el lobo, que viene el lobo!». Y el lobo viene. Ya está aquí. *
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