La otra silla
Debí haberme sentado en esa silla y no en ésta de espaldas a la calle. Nunca me gustó sentarme dando la espalda a la entrada. No es que tenga algún enemigo que me esté buscando y pueda matarme de a traición, el muy cobarde, pero puedo ser confundido con otro, con ese otro que efectivamente el traicionero anda buscando y que visto de atrás se parece a mí, o lo que es peor yo me parezco a él.
Tengo la ventaja que desde aquí puedo ver parte del mostrador, las puertas de los baños, el televisor, aquella mesa donde hay una joven sola leyendo, pero también, ¡ay!, al viejo del sobretodo que con un cigarro agonizante entre sus dedos amarillos, cabecea un sueño como si quisiera clavar una estaca con la frente, y a esa mujer sola con su antigua soledad que le anida en el pelo mal teñido y en esa mirada que me mira y no me mira, que pasa por sobre mis hombros para curiosear hacia la calle algo que no veo. Estoy frente a los espejos, y aunque no quiero detener la mirada, me miro, me veo reflejado y solo, como ese viejo que ahora se levanta para ir al baño, y mejor que se quedara quieto porque caminando es peor que sentado, parece más cacheteado por la vida. Me veo solo como la chica que lee y no me mira, solo como esa mujer que siempre descubre algo que le llama la atención en la calle, y por eso debí sentarme en esa otra silla, porque la calle es más entretenida y capaz que chocan dos autos y me lo pierdo, o pasan corriendo a un arrebatador, o se contonea una rubia despampanante, aunque esa chica que lee, si levantara la vista y me mirara, pero no, mejor que no porque de cualquier manera tomo el café y me voy, y ahí sale ese horrible viejo del baño, me mira, pasa de largo por su mesa, enfila hacia acá, sonamos. ¡Mozo! *
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