Regreso sin gloria
Valentín Tabeira, soltero, 29 años, retornará a su pueblo natal la próxima semana tras padecer en Montevideo «un año y medio de privaciones y amarguras que jamás hubiera imaginado».
Llegó en busca de empleo, con 4 mil pesos que agotó muy pronto, pero en 18 meses sólo tuvo ingresos regulares durante 90 días y ahora se va con lo puesto porque para mal comer vendió casi toda su ropa.
«Vuelvo vencido a la casita de los viejos, como dice el tango», se lamenta este salteño que arribó a Montevideo con dos gruesas maletas y lo deja prácticamente sin nada, «14 kilos más flaco y con tan pocas cosas que caben en una bolsa de supermercado».
Como Tabeira, muchas otras personas, en su gran mayoría jóvenes, ya emprendieron el camino de retorno a sus lugares de origen o están a punto de hacerlo porque la capital uruguaya les negó lo que vinieron a buscar.
«Más que irnos, huimos», dicen Susana Netto, de 26, y su esposo Ramón Vardaro, de 28, y explican:
«En Tacuarembó no hay nada y por eso nos largamos a Montevideo pero aquí es terrible. Allá la familia te ayuda en algo y se puede sobrevivir con menos plata pero aquí no están ni tu madre ni tu padre y si tenés algún pariente no puede darte mucho porque la situación es crítica para todos. Además, en Montevideo necesitás mucha más plata para vivir y si conseguís trabajo el sueldo se te va en alquiler. Para colmo de males, el trabajo nunca es seguro y en cualquier momento lo perdés. Nosotros vinimos hace dos años y desde hace nueve meses estamos sin empleo. Ya tenemos el desalojo y nos vamos porque no hay perspectiva ninguna. Por eso huimos de Montevideo. No queremos terminar viviendo en un albergue o en la calle, como tanta otra gente. Lo mismo le está pasando a muchos que llegaron del Interior para buscar trabajo».
El engaño
El Grupo Principio, colectivo que nuclea a siete jóvenes investigadores sociales, documentó en los últimos tres años 437 casos idénticos o muy similares a los de Tabeira, Netto y Vardaro.
«Hicimos cientos de entrevistas a migrantes y comprobamos que en la gran mayoría de los casos las situaciones encajaban en un mismo patrón de frustraciones, en un gran porcentaje realmente dramáticas», informa uno de los analistas del grupo, Rodrigo Llovet.
A juicio de Llovet, los resultados de ese trabajo de campo constituyen una muestra representativa que revela aspectos de la migración interna no suficientemente estudiados hasta hoy:
«Un dato de la realidad es que gran cantidad de gente del Interior que viene a Montevideo en busca de trabajo termina viviendo en asentamientos. Otro gran sector regresa triste y silenciosamente a sus pueblos y ciudades y parece indispensable analizar las consecuencias personales y sociales que este hecho provoca», sostiene.
El Grupo Principio entrevistó a 600 personas provenientes de zonas urbanas y rurales de Cerro Largo, Tacuarembó, Paysandú, Río Negro, Salto, Artigas, Rivera, Treinta y Tres y Rocha, ninguna de las cuales tenía menos de 19 años ni más de 37 cuando respondió a la encuesta.
Poco menos del 42 por ciento de ellas había cursado Secundaria, unas 150 poseían nociones avanzadas de computación y 33 querían ingresar a la Universidad o aprender idiomas.
El Grupo Principio comprobó que de todas ellas 121 mujeres y 316 hombres se iban de Montevideo porque aquí «vivían mal, no veían buen futuro y se sentían inseguras».
De los hombres y mujeres que se marchaban, casi el 81 por ciento no ganaba lo suficiente para satisfacer sus necesidades elementales, 68 de cada 100 vivían en pensiones, albergues o asentamientos y sólo una cuarta parte contaba con cobertura médica.
«Más de la mitad de quienes tenían ingresos regulares no figuraba en planillas y carecía por tanto de todos los beneficios sociales. Esa situación de virtual clandestinidad laboral no sólo mermaba sus salarios sino que les infundía una sensación de total inestabilidad. Como lo que buscaban en Montevideo era sobre todo seguridad en materia económica y no la lograron, decidieron irse», precisa Llovet.
En el escaso 20 por ciento cuyos ingresos alcanzaban para cubrir requerimientos básicos, también era muy fuerte la frustración:
«Esas personas declararon que se iban de Montevideo porque aquí apenas ganaban lo mínimo necesario para comer y pagar la vivienda, muchas veces compartida, y no habían encontrado posibilidades de desarrollo personal», subraya el analista.
Según Llovet, la gran mayoría de quienes conformaban ese sector explicó que «comida y casa no era lo único que buscaban, porque mal que bien tenían o podían conseguir eso en sus lugares de origen. Lo que realmente querían era completar o profundizar estudios, obtener nuevos conocimientos y progresar en aspectos no exclusivamente materiales, por ejemplo en el área artística, y como sus ingresos no lo permitían se iban».
Llovet añade:
«Las luces de la gran ciudad habían engañado cruelmente a esas personas. El Montevideo que abre un abanico de posibilidades, y permite escapar de la presunta o real chatura de la vida provinciana, no existía para ellas. Todas se sentían congeladas en una situación de mera sobrevivencia y como nada les decía que conseguirían superarla retornaban al pago chico. Una respuesta clásica a la pregunta de por qué se iban fue que no valía la pena trabajar como bestias para estar igual que en sus departamentos, sin tener la oportunidad de concurrir, por ejemplo, a un taller literario o aprender teatro o cine. Todo eso cuesta dinero y no lo podían ganar aquí».
Más pobres
El 14 por ciento de esas personas tenía pareja y también en este aspecto hubo serios problemas, dice Luis Alberto Sáenz, otro de los analistas del Grupo Principio:
«Los problemas económicos y las dificultades de adaptación crearon serios conflictos. Hubo divorcios, separaciones, largos distanciamientos y hasta situaciones de violencia, que en otras circunstancias probablemente no se hubieran registrado». A juicio de Sáenz, por razones similares también zozobraron amistades viejas o nuevas: «De acuerdo con los datos obtenidos, la desilusión de la gente que no obtuvo en Montevideo lo que quería obtener influyó poderosamente en sus relaciones personales. En no pocos casos detonó estados de ánimo que unidos a otros elementos precipitaron choques agudos no sólo en el seno de las parejas sino también entre amigos», indica.
Pero, coinciden Sáenz y Llovet, el común denominador de los 437 casos es que la abrumadora mayoría se fue de Montevideo más pobre que antes:
«De esas personas, 69 de cada 100 se endeudaron y vendieron casi todo lo que tenían para financiar su aventura montevideana. Aquí les fue mal y regresaron sin nada o con muy poco y ahora enfrentan una situación delicada que les costará mucho remontar. Otras fueron más cautas y no quemaron las naves, pero se fueron, como ellas mismas nos dijeron, ‘con una mano atrás y otra adelante’. Para casi toda esta gente, las pérdidas materiales han sido realmente grandes».
Sin embargo, Sáenz y Llovet también coinciden en que lo peor de todo no se mide en dinero:
«El precio más alto que pagó esta gente fue sin duda la frustración. Siente que vuelve a casa derrotada y reponerse le costará enormes esfuerzos, como siempre sucede», sostienen.
Pero del desastre tal vez surjan enseñanzas positivas:
«Lo que les sucedió quizá ayude a cobrar conciencia de que las salidas puramente individuales ya casi no tienen andamiento en este país. Hay, por supuesto, excepciones, pero cada día son menos y eso confirma que sólo las acciones colectivas pueden generar cambios positivos para cada uno y para todos»
, dicen Llovet y Sáenz. *
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