La crisis puso a la educación privada al borde del colapso
DANIEL MARTINEZ SOTO
Asimismo, cabe acotar que en 1998 había 180 colegios y hoy quedan 165. Sólo en una región crece el número de instituciones: en la Costa de Oro.
Para los responsables de los centros educativos, el fenómeno es consecuencia de la crisis económica. No obstante, el Ministerio de Educación y Cultura y la Federación Uruguaya del Magisterio consideran que la tendencia se origina en la apreciación de que se está cerrando la brecha entre la educación privada y la pública.
De los 80.000 colegiales que en 1998 asistían a unos 180 centros educativos católicos en todo el país, hoy quedan 60.000 y el número desciende más rápido que nunca antes.
La Asociación Uruguaya de Educación Católica mostró su preocupación ante las autoridades nacionales, en tanto afirman que el problema es peor en los barrios periféricos de Montevideo y en el Interior.
El descenso en la matrícula de las zonas aledañas a la capital no se ha reflejado, asimismo, en un incremento similar en las escuelas públicas, por lo que algunos temen que los niños estén directamente abandonando el circuito educativo.
Cinco años atrás se notaba ya un trasiego importante de los colegios privados de máximo nivel a otros más económicos. Pero en el último quinquenio, la «fuga» se intensificó también desde los centros menos pudientes.
En el Interior, el problema se verifica principalmente en la otrora clase media de las capitales departamentales.
«Es importante destacar que en modo alguno consideramos se haya perdido calidad en la educación impartida, punto al que algunos atribuyen el trasiego», afirmó el sacerdote Pedro Incio, integrante de la Asociación Uruguaya de Educación Católica.
Incio descartó de plano versiones en tal sentido y responsabilizó directamente a la crisis económica de lo que ocurre.
También expresó su seria preocupación por el futuro de estos niños, principalmente en las zonas marginales de la ciudad. Explicó que, fuera de los colegios, la educación queda condicionada a la familia, precisamente en zonas donde los núcleos familiares suelen carecer de una estructura adecuada para el desarrollo integral del niño.
«Lo que antes venían haciendo los colegios ahora ha quedado muchas veces en manos de las organizaciones no gubernamentales, que si bien trabajan intensamente, no pueden cubrir la labor docente en su totalidad», apuntó.
Recordó que en áreas semirrurales y también carenciadas de Montevideo, cuotas de 600 pesos mensuales se convirtieron en impagables para los padres. Los colegios han concedido becas, semibecas y beneficios de distinta índole, pero no han logrado revertir la situación.
Se estima que un colegio necesita al menos 30 niños –en régimen de cinco horas–abonando un mínimo de 800 dólares anuales cada uno para poder seguir funcionando.
Los «privados» reconocieron, sin embargo, que aportes del INDA y el Iname están resultando vitales en algunos centros docentes, a fin de permitir que se continúe adelante con la labor.
Varios colegios católicos de primer nivel también están siendo afectados por la crisis, a pesar de lo cual aún resisten el cimbronazo. Algunos, que tenían 600 alumnos, este año han visto mermadas sus matrículas a 200. Ello está imponiendo también la aparición de infraestructuras de primer nivel ociosas durante períodos absolutamente irrecuperables.
En cuanto a las soluciones posibles –más allá de la coyuntura– se entiende que debería haber una redistribución de lo que el Estado invierte en educación.
Apuntan, en tal sentido, a la revisión de las formas en que se emplean los fondos actuales, a fin de salir de una centralización que –entienden– «no hace bien a nadie». Enfatizan también la posibilidad de dar más injerencia a padres, técnicos y educadores a fin de que exista una «posibilidad real en el derecho a elegir la educación». *
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