Una vida forjada en hierro a puro golpe de martillo
Tradicionalmente hemos aceptado que determinados oficios sean desempeñados por hombres y otros específicamente por mujeres. Los cambios en las condiciones económicas han catapultado a la mujer a oficios que, hace unos años, no hubiéramos imaginado.
Ese cambio de comportamiento ha «invadido» actividades insospechadas. Sin embargo, Nyria a fuerza de maceta, hierro y soldadura, ha logrado ser reconocida en la zona del Buceo como «la herrera».
LA REPUBLICA la visitó en su taller, para conocer las intimidades de esta novedosa experiencia. Una puerta humilde, con alambres a mitad del corredor, nos conducen a la herrería.
Dentro del recinto, Nyria Doren Rosamen (62), luciendo pantalones y una camisa, nos recibió para compartir sus vivencias.
–¿Cómo llega una mujer a desempeñarse en un oficio no tradicional para las mujeres?
— Es, ciertamente, una larga historia. En 1961, murió mi padre, que era taximetrista. Soy la mayor de las hijas y con casi veinticuatro años, me enfrenté a la necesidad de salir a trabajar fuera de casa.
Primero trabajé en fabricas textiles, luego en la General Electric y finalmente en otra textil, Lanasur, pero sólo durante seis meses, hasta que vendieron las máquinas. Posteriormente, entré a una parrillada para hacer limpieza y también trabajé como asadora.
Mas tarde, le dije a un cuñado mío que es herrero, si no quería que lo ayudara. Así fue me inicié en ese oficio en 1965.
–¿Sin experiencia previa?
— No sabía nada del tema. Empecé limpiando las pelotillas de la soldadura, pintando y rasqueteando.
— ¿Cuál es la diferencia entre un herrero y una mujer desempeñando el mismo oficio?
–No hay ninguna diferencia, salvo que el hombre tiene más fuerza que la mujer. De todos modos, los años van pasando y ni los brazos ni la vista responden como antes, lo que, naturalmente, también le sucede a los hombres.
Además, hay gajes propios del oficio, como un martillazo, una chispita en el ojo por la tarea de soldado o una raspadura.
— ¿Se requiere mucha fuerza?
–Sí. Hay que mover portones grandes, de chapa, que pueden pesar hasta cien kilos, lo que requiere mucha fuerza. Por esa situación, en algunas ocasiones una demora más, porque hay que trabajar mucho con el martillo para enderezar el hierro.
— ¿Cómo la ven los colegas varones?
— Muy bien. Incluso, me han realizado algunas propuestas para trabajar en otros lados. Además, por ser mujer, una tiene otras cosas para conversar y entonces la relación con el cliente se hace más atractiva.
No somos ni mejores ni peores que otros, pero muchas veces uno tiene que ser hábil en este oficio, tanto para trabajar como para atender al cliente.
–¿Es bueno el trato con el cliente?
–Es necesario ser simpático, aunque algunos dicen que uno roba más con un lápiz que con un cuchillo.
La otra diferencia es que una es más receptiva, mientras que el hombre es más serio. También es cierto que alguno me pregunta por qué no vay a lavar los platos. Yo siempre les respondo lo mismo: lavando platos no gano lo que gano en la herrería.
–¿Cómo toman su trabajo las mujeres?
–Aunque cueste creelo, me han criticado más las mujeres que los hombres. A veces, cuando voy a comprar material para mi trabajo, alguna mujer me ha preguntado si no tenía otro oficio para hacer.
En mi opinión, la aceptación entre los hombres se debe a que siempre visto pantalones y uso el pelo corto.
Incluso, no ha faltado quien me ha confundido con un varón, pero cuando me ven de frente, me piden disculpas.
–¿Cuáles son actualmente los trabajos más habituales para un herrero?
–Se trabaja mucho en cerramientos, verjas, puertas de seguridad y rejas. También hay mucha demanda de respaldos de camas y mesitas de luz.
–¿Han cambiado los gustos y las tendencias?
–Antes se hacían más juegos de patio, hamacas, y espejos, de rizo y fragua, aunque yo no hago fragua porque me quemo los dedos.
–¿Hay menor demanda por la situación económica?
–Sí, realmente hay mucha diferencia. Antes hacíamos quince juegos de patio por semana y más de treinta hamacas, pero como está la cosa hoy, sólo los ricos compran hamacas de jardín.
Antes, un juego de patio costaba tres mil pesos pero duraba más, pero la gente hoy no tiene tanta plata.
–¿Qué se requiere para adoptar un oficio como herrera, aparte de estar dispuesto a darse un martillazo?
— Aparte del martillazo que es inevitable, se requiere tener voluntad para trabajar y ganas de aprender. Es como cualquier oficio. No hay que estudiar nada.
— Pero algún secretito debe tener
— Lo más complicado es la soldadura. Según donde se suelde se puede abrir y no poder sacarse bien las escuadras. De todos modos, no es un oficio complicado.
–¿Le gusta realmente el oficio?
–Digamos que no me disgusta. No es que me guste totalmente, pero tampoco tengo otra opción ni hay tanto trabajo como para hacer otra opción y elegir. También es cierto que no es lo mismo trabajar para otros que para uno mismo como es mi caso, por la relación de trabajo que tenemos con mi cuñado.
Admito que el oficio no es común ni es común que una mujer esté con una maceta y un aguantador, haciendo agujeros y soportando las chispas de la soldadura. Pero cuando no hay para mucho para elegir, se agarra lo que viene. Esa es la realidad.
–¿Es entonces un oficio peligroso?
— Es peligroso si no se toman precauciones, evitando los martillazos en los dedos y protegiéndose la vista durante las tareas de soldadura.
Muchas veces me ha sucedido que, por estar apurada o pensando en otra cosa, no me he protegido adecuadamente y en ese momento es que sobrevienen las lesiones.
Si uno no se cuida, no es raro que te caiga un portón en una pierna o clavarse una astilla en un dedo.
Aparte del parche en el ojo, están los inconvenientes con el seguro que le cuestionan porque no hizo las cosas bien. En muchos casos tienen razón, pero en el apuro uno no piensa.
–Seguramente, los colegas deben estar locos de la vida.
–Sí, cuando uno no puede trabajar, ellos toman el trabajo. De todos modos, algunos colegas con más gente trabajando, sacan la misma producción que nosotros dos.
–¿Cuántas horas trabajan al día?
–Nosotros no nos imponemos un horario. Acá se trabaja en función de la demanda y los pedidos. Cuando hay que meterle duro se hace.
Si pudiera retroceder en su vida, ¿qué oficio elegiría?
–Mi respuesta lo va a sorprender, porque elegiría otro oficio de hombre: carnicero. Cuando era niña, yo siempre andaba con un cuchillo y cuando se traía la carne a casa, la colgaba y le sacaba los huesos y la grasa.
–¿Qué otras actividades le gustan?
–El fútbol siempre me apasionó y jugué cuando trabajaba en Lanasur. Era una fabrica enorme de cuatro o cinco cuadras. Recuerdo que se organizó un torneo de textiles y me anoté.
Jugábamos los sábados y era un momento muy lindo, no sólo por el fútbol también porque nos pagaban el jornal. Es decir, que me divertía y me pagaban.
Fue una época realmente inolvidable, pero evidentemente una tenía cuarenta años menos que ahora.
–Seguramente, debe tener una copa guardada.
–Lo que pasa es que fue un torneo muy corto y las únicas copas que me dieron, me las tomé. Tampoco me vinieron a buscar ni de Peñarol, ni de Nacional ni de ningún otro equipo.
Volviendo a lo del oficio, este tr
abajo no es malo, cierto que es sucio y cansador. Pero ya me acostumbré y a los sesenta y dos años ya no tengo oportunidad de cambiar. A veces me imagino que si yo fuera patrón, tendría un escritorio y haría trabajar a los demás. Sin embargo, no hubo nada, ni escritorio, ni computadora ni nada. Seguimos trabajando y atendiendo a la gente.
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